viernes, 10 de diciembre de 2010

Me robaron

Duisburgo es zona de desastre por estos días. Hace una semana hubo 21 muertos por asfixia en el Loveparade, y cuando la ciudad apenas se reponía de la catástrofe, recibe la noticia de que allí se robaron mi maleta de viaje.

Todo lo inútilmente importante que tenía se perdió para siempre. Dos jeans, tres pantalones, ocho camisetas, dos camisas, dos sacos, seis calzoncillos (tres de ellos sucios), nueve pares de medias, los implementos de aseo (es lo que menos me preocupa, la higiene no es lo mío) y regalos, toneladas de regalos que llevaba a Colombia: artesanías africanas, una réplica de la camiseta de Inglaterra del Mundial 86 que era la cosa más bonita que había visto sobre la tierra, y tres muñecos de peluche de Paul, el pulpo, que había comprado en el acuario de Oberhausen.

También se perdieron unos euros que tenía escondidos en caso de que algún día se robaran mi maleta de mano, que es en donde llevo las cosas que importan, en su orden: pasaporte, tarjetas, computador, libreta de notas, cámara, iPod.

No se cómo pasó. O sí. Después de haber sobrevivido a África, y confiado por la seguridad que se respira en Europa, dejé mi equipaje en uno de los compartimentos superiores del tren en el que viajaba y me eché una siesta, que bastante la merecía. Abrí los ojos por un segundo cuando llegamos a Duisburgo y la maleta seguía ahí; volví a dormir y cuando miré de nuevo dos estaciones después, se la habían llevado (adjunto foto).

¿Qué hacer cuando a doce mil kilómetros de casa, en un país donde no se conoce a nadie y no se habla el idioma, le roban lo poco que tiene en este mundo y el tren en el que viaja a ciento cincuenta kilómetros por hora es manejado por una computadora? ¿A quién hay que ir a llorarle, dónde se pone ese denuncio?

Al llegar a mi lugar de destino hablé con un funcionario de la Deutsche Bahn que me recomendó volver a la estación más cercana a donde me la habían robado porque, según él, muchas veces los ladrones se llevan lo de valor y dejan lo demás allí para que la compañía de trenes lo almacene en una bodega de objetos perdidos. Regresé ilusionado por sus palabras, no a buscar los euros que ya se debían haber bebido los ladrones, sino a Paul.

Tras un día de búsqueda, de llamar a las estaciones cercanas y de poner el denuncio en la policía (cuando llegue a Colombia voy a enmarcar ese denuncio junto a mi diploma de guardería), no hallaron nada. Y yo que admiraba al sistema ferroviario alemán por encima de todas las cosas.

A la mañana siguiente compré cuatro trapos, desodorante, un cepillo de dientes y una máquina de afeitar para las tres semanas de viaje que restan. El único consuelo es que todo lo que se llevaron es reemplazable.

Pero lo que más me duele de todo lo que se llevaron es la maleta misma, un morral negro que estuvo conmigo en 21 países, vio dos mundiales de fútbol, viajó cuatro veces a Europa, tres a Asia, estuvo en África y llegó hasta al estrecho de Bering. La llamaba Adolfa, de cariño, y juntos pasamos momentos inolvidables.

El asunto es que Adolfa no era mía, sino de un amigo que gentilmente me la prestó durante cuatro años, ya que él está en el nivel socioeconómico de viajar con maleta de rueditas.

Ahora se la tengo que pagar, pero primero tendré que explicarle que me la robaron por imbécil. No se qué le voy a decir para que no le de tan duro, como cuando se tiene que avisar la muerte de un ser querido. Uno no llega a decirle a alguien: “se murió tu hermano”, así sin anestesia no más. Se necesita tacto, que es una de esas muchas cosas con las que no nací.

“Tu maleta se quedó a vivir en Alemania”, es la mejor excusa que se me ha ocurrido hasta ahora. No se si me crea; con lo difícil que está sacar la visa de residente en estos tiempos.

Lo que hay que ver en Budapest

Budapest es la casa del actor porno italiano Rocco Siffredi, con quien pasé un par de días. Vine a entrevistarlo, pero fue raro porque yo, que me intimido ante cualquier persona medianamente famosa, estuve inusualmente cómodo con él. No sentí que estuviera trabajando, sino de vacaciones. Almorzamos, fuimos a su mansión, donde vive con su esposa y sus dos hijos, y a sus estudios, en los que rueda poco más de una docena de películas al año.

Se trata de un tipo afable, sencillo, terriblemente amable. De solo verlo no se imaginaría uno que ha actuado en más de mil películas y se ha acostado con cinco mil mujeres, lo que quiere decir en matemática pura que por nuestras manos ha pasado un gran total de cinco mil tres mujeres. Mal no nos ha ido.

Más allá de yo preguntar y él responder, nos dedicamos a morbosear húngaras como si fuéramos dos amigotes. Ese señor piensa en sexo todo el día, y basta con ver una de sus películas para ver lo que es capaz de hacerle a una de ellas.

Simón Posada, autor del libro Días de porno y experto en el tema, me dijo que Siffredi era el único actor elegante del género. Y si por elegancia entendemos meterle nuestro miembro por el ano a una mujer durante media hora, luego sacárselo para que otra lo lama y al final eyacular en la cara de ambas, entonces sí, Rocco es la tapa de la elegancia y el refinamiento, y nosotros hemos perdido el tiempo celebrando la vida y obra de Coco Chanel.

Asuntos sofisticados a un lado, Budapest nació de la unión de dos ciudades, Buda y Pest. Aunque alquilé un apartamento en Pest, hubiera preferido alojarme en Buda. Seguramente de haber estado en Buda hubiera pagado el doble con tal de poder dormir en Pest. Así somos.

En un anticuario de Pest compré Alicia en el país de la maravillas en húngaro para reivindicarme con una amiga que tiene la manía de coleccionar ese libro en todos los idiomas posibles. En viajes pasados le había prometido llevarle una versión en coreano, en hindú y en afrikáans, pero no había cumplido mi juramento hasta hoy. Confirmado, Juliana, llego a Colombia con Alice Csodaországban y qué pena avisarte por acá, pero es que no respondías mis correos.

Yo no colecciono el mismo libro una y otra vez, tengo taras más simples, como beber hasta el hastío Coca Cola con sabor a cereza cada vez que doy con ella, que no es muy a menudo. En Europa solo la he visto en Polonia y en Hungría. Y es raro que en países de la ex Cortina de Hierro, donde antes era difícil comprar media libra de queso en el supermercado, haya abundancia de Cherry Coke. En cuatro días me tomé quince litros y quedé estreñido.

En la otra mitad de la ciudad fui al castillo de Buda, un lugar majestuoso con miles de escalones y caminos de adoquín donde me topé una y otra vez con dos viejitas que se movilizaban en unas scooters sin placas. Era curioso, no importaba en qué torre estuviera ni cuántos escalones subiera, las dos venerables ancianas estaban ahí cuando yo llegaba, tomando fotos y cubriendo con sus vehículos motorizados los estrechos corredores reales. Ignoro cómo se las arreglaban para llegar antes, pero me hacían morir de la rabia, y la envidia.

Pero lo que nunca olvidaré de mi visita a Budapest fue que ese día descubrí que Palota significa Palacio, lo que quiere decir que Peter Palotas, uno de mis jugadores preferidos de la Hungría de 1954, era apellido Palacios, como cualquier hijo de vecino en Santa Marta.

Oscurecía tarde a causa del verano, más allá de las nueve de la noche. A casa llegaba después de la puesta del sol, cansado de tanto caminar (lo que no me hubiera pasado de haber tenido una motoneta), prendía la televisión y me ponía a escribir. Es increíble lo populares que son las telenovelas latinoamericanas por estos lados. Dramas mexicanos, culebrones venezolanos, y también coproducciones colombianas. Gracias a que transmiten en horario prime "Hijos ricos, pobres padres" pude ver a mi amiga Mónica Pardo hablando en húngaro.

Dejé Budapest esta mañana luego de cuatro días. El último se lo dediqué a tomarle fotos a los detalles de las estatuas. La ciudad está repleta de monumentos a sus héroes nacionales: príncipes, reyes, meros soldados, guerreros montados a caballo. Es raro que a un país que celebra tanto su pasado belicoso, sus vecinos le hayan dado en la jeta, marica, cada vez que se les ha dado la gana. Es como si por toda Alemania se encontraran construcciones conmemorando las dos guerras mundiales perdidas.

La noche antes de mi partida comí solo en un restaurante en el centro de la ciudad. Pedí gulash, el plato nacional de Hungría, una especie de sopa espesa con carne y verduras picadas. Me lo llevó a la mesa una mujer rubia, de ojos claros y bronceado recién estrenado de no más de 25 años. Me tenía atontado, más de lo normal, y a punta de caritas y buen servicio se ganó una buena propina. Me despedí de ella con unas pocas palabras en español que por supuesto no entendió: “las cosas que te haría Rocco”, le dije entre dientes mientras ella sonreía y recibía de buena gana mis mil florines.

Lo que hay que ver en París

Minucias. En la entrada principal del Museo de Louvre tienes que estar pendiente de no meterte por accidente en la foto de ningún turista, que seguramente estará retratando a su esposa en frente de la pirámide y te pedirá con algo de mala gana que te hagas a un lado. No debes olvidar tampoco tener la delicadeza de no tropezar con nadie cuando estés haciendo tus propias fotos.

Esta gran ciudad te ahoga, no da descanso. Siempre hay un museo que visitar, una joya de la arquitectura que ver, una línea de metro que tomar, un recuerdo para llevar a casa, un fabuloso restaurante donde comer después de haber hecho media hora de fila. No importa si duermes en un hotel cinco estrellas o en el sofacama de la sala del apartamento de una amiga, cada mañana despiertas muy temprano para aprovechar el día, y al final regresas con tus pies adoloridos, deseando que fueran de otros, listo para dormir no más de seis horas y levantarte a la mañana siguiente como un zombi para seguir con la rutina.

Hay un momento en que todo deja de ser placentero para convertirse en una vorágine sin sentido, porque después de devorar en una semana una ciudad de 12 millones de habitantes y dos mil años de historia, quedas entre maravillado y desconcertado, pensando si al final valió la pena venir.

Si estás en tu día, puedes encontrar en la oficina de Air France de la Avenida de la Ópera a Patricia Ércole pidiendo en francés un cambio en su fecha de regreso a Colombia. Viendo lo bien que se conserva, con ese vestido que la forra y le deja ver unas piernas firmes que dan ganas de abrirlas en ángulo de 180º, te animas a hablarle. En el recorrido de apenas unos metros te imaginas diciéndole que eres colombiano, que de niño viste todas sus novelas, que si necesita algo no dude en pedírtelo, y que te estás quedando en casa de una amiga (te reservas el detalle que estás durmiendo en el sofacama de la sala).

Pero el cobarde que siempre ha habitado en ti aflora cuando estás a punto de llegar a ella, y decides tomar el desvío rumbo al dispensador de agua fría. Es que aquí el calor del verano es criminal.

Terminas y te diriges a la Isla de la Cité, donde has quedado de encontrarte con unos amigos para cenar en un restaurante. La mesa parece una convención de la ONU: tres colombianos, tres ingleses, una salvadoreña, un australiano y un suizo. La comida es buena, nada del otro mundo, pero te la cobran como si la hubieran traído del séptimo anillo de Saturno solo para ti. Cuando sacas contra tu voluntad los billetes para pagar, y extrañas aquel cuasiencuentro con la Ércole, alzas la cabeza para descubrir que Eric Cantona estuvo toda la noche cenando tranquilamente en el restaurante de enfrente. Dejas tu parte de la cuenta, sacas la cámara de la maleta y caminas por la calle como si fueras un turista desprevenido (que lo eres). Cuando el ex futbolista está llevándose una cucharada de postre a la boca le tomas una foto de paparazzo porque una vez más te dio vergüenza acercarte a alguien famoso.

Rumbo a tu casa, donde exhalarás a placer después de quitarte los zapatos, te subes a un repleto vagón de metro en el que descubres olores con los que no te habías topado antes, pese a ser aficionado a los zoológicos, en especial a las jaulas de los micos.

Si estas plazas hablaran; estas calles, estos almacenes, estos vagones de metro, estos Arcos del Triunfo y Torres Eiffel, nos gritarían a todos los visitantes que nos fuéramos de una vez por todas y los dejáramos descansar.

Eventualmente un día les haces caso (a las voces en tu cabeza también) y abandonas la ciudad, quién sabe si para volver. En la fila del aeropuerto crees que la cordura ha vuelto a tu vida hasta que ves un video institucional sobre qué debe llevarse en el avión y qué no. En la pantalla del televisor, un niño juega con unos carritos en la alfombra de la habitación mientras un hombre le pasa a su esposa unos pantalones, un tarro de veneno, un par de zapatos, un cuchillo con el que se podría destripar un búfalo, luego unas toallas y por último un tubo de gas inflamable en spray. En cada ítem el video se pausa y dibuja un chulo si es permitido, y una X si no. Miras a tu alrededor y no encuentras a nadie con quién reírte, igual lo haces. Luego te preguntas qué pasa con las familias de ahora y en qué lugar del mundo podría un ser humano necesitar por igual una camisa playera y una nueve milímetros.

Momentos después crees ver en la fila al Padre Chucho, a quien has reconocido pese a vestir de civil. Esta vez estás decidido a tener el coraje que te faltó con Eric y Patricia. Mientras te acercas piensas en la foto que le vas a tomar, el autógrafo que le vas a pedir, en todas las historias de viaje que le vas a contar durante el vuelo, pero cuando estás a pocos metros de él notas que no se trata del cura estrella de la televisión colombiana, sino de alguien muy parecido.

Ahora sí, todo tiene sentido. ¿Qué mundo sería este si la embajada francesa empezara a darle visas a personas como él?

Escribir es como masturbarse

No sé qué odio más, si masturbarme o escribir. Al final de lo primero me invade la culpa, a la vez que me deprimo después de lo segundo. Lo peor es que no puedo dejar de hacer ninguna de las dos cosas.

Escribir es como masturbarse, y viceversa. Está bien que a uno le guste llenar de palabras las hojas, pero es mejor ser fanático de autocomplacerse. Realizar ambas con regularidad es sinónimo de salud mental.

A mí me sirven para sacarme las obsesiones de encima, los malos pensamientos, las imágenes perturbadoras que no me dejan dormir. Nada como una pajilla nocturna para poder cerrar los ojos diez minutos después de haber puesto la cabeza en la almohada. Tanta práctica me ha convertido incluso en ambidiestro, lo que me permite hacer las dos cosas al tiempo cuando me entra la gana.

Me libero de las malas ideas cada vez que escribo, y cuando me masturbo –que no lo hago de arrecho, no vaya usted a pensar mal– logro expulsar de mi cabeza escenas de sexo con mis exnovias, mis amigas, mis compañeras de oficina, las desconocidas que veo por la calle. Es automático, lo hago y dejo de desear.

No creo que el mundo mejoraría si más gente escribiera, porque basta con ir a una librería o entrar a internet para descubrir que cualquier hijo de su madre tiene un libro, o un blog, pero sí creo que éste sería un lugar mejor si más personas se masturbaran sin sentimiento de culpa.

Toda ambición malsana se esfuma con la paja, y no es paja. Inténtelo usted, hombre de grandes metas, que aspira a que lo acepten en una especialización en Harvard, sueña con un carro lujoso, un penthouse, un sueldo con siete ceros a la derecha y esa mujer por la que se ha derretido desde el colegio. Mastúrbese una y otra vez. Verá que al final todo carece de sentido y que se contentará con los pequeños detalles que hacen que la vida valga la pena, como amanecer vivo cada mañana.

Si Álvaro Uribe se la jalara a diario, seguramente no habría aspirado a una segunda reelección, incluso no habría deseado ser presidente nunca. O tal vez sí, porque a veces creo que nuestro ex presidente se masturba como loco, pero pensando en fincas, cultivos de palma africana y caballos de paso. Debe eyacular de sólo imaginarse una carretera destrozada, pero sin guerrilla.

Tengo una amiga. Es pacifista y está estresada porque a su hijo de cuatro años le gusta dispararle a todo con una pistola de juguete que le regaló el papá. Un día me preguntó (no sé por qué, si soy soltero y no tengo hijos) qué debía hacer, cuál sería la mejor forma de desfogarse. Y yo, sintiéndome comprometido con la educación del niño, no tuve otra opción que responderle sin rodeos que masturbarse. Hubo silencio en la sala, donde estaban también los abuelos del infante, que en ese momento jugaba en el jardín de la casa con su pistola mientras les gritaba a unas hormigas que las iba a matar a todas.

Ante el estupor que causó mi afirmación no me quedó otra que poner cara de serio, como si le acabara de dar el consejo que cualquier psicólogo le habría dado, y agregué que no se preocupara, que era mejor que su hijo fuera belicoso ahora, durante su infancia, para que llegada la adolescencia se volviera escritor, o masturbador. Así, garantizamos que de adulto no vaya a querer ser ministro de defensa primero, y presidente después, como Juan Manuel.

Publicado en la revista Cartel Urbano. www.cartelurbano.com

50-50

La realidad es exactamente lo opuesto a lo que creemos estar viviendo, una cosa es lo que debería ser la vida, y otra diferente lo que en efecto es. El pasado once de julio, por ejemplo, casi cien mil personas asistimos a lo que creíamos era la final del mundial de fútbol. Yo podría jurar que así fue. Tengo la boleta de entrada, las fotos que tomé, el frío que aguanté, el recibo de lo que pagué por una gaseosa sin gas y un perro caliente hecho con pan rancio.

Pero todo fue un montaje. Me niego a creer que fútbol es esto que me ha tocado vivir. De niño leí la historia de los mundiales y aprendí que en las finales los equipos daban lo mejor de sí, y que muchas selecciones salieron campeonas después de remontar un marcador adverso.

Me parece entonces que la última final se jugó en 1986, y que a partir de allí lo que nos han vendido como el partido más importante de cada cuatro años no ha pasado de ser un juego entre amateurs. Entre las seis finales que se jugaron después de ese Argentina - Alemania en Ciudad de México nos ha tocado ver dos definidas en los penales, dos en la que los goles se marcaron solo en jugada de pelota quieta, cinco en las que el perdedor no anotó, e incluso una en la que el vencedor tampoco marcó. Fue en el Mundial de Estados Unidos, donde el partido decisivo resultó ser, como dijo un escritor días después, una reverenda porquería.

No se trata de decir que la de este mundial africano fue un asco, pero queda el sabor amargo de que Holanda se dedicó a reventar balones en la final, como si con el empate fuera a salir campeón, y que España, justo vencedor de este asunto, ganó sus últimos cuatro partidos por 1-0. En estos tiempos de escasez de goles, la Suecia de 1958 habría salido campeona del mundo dos veces con los que marcó en esa final contra Brasil.

Con el Apartheid ocurre lo mismo que con el fútbol. Creemos que su fin, hace ya dos décadas, es una verdad de a puño, pero uno podía sentir la tensión racial con solo pararse en cualquier esquina de Sudáfrica. Los meseros, los taxistas, los cajeros de supermercado, los del aseo, los que cuidan carros y en general los que tienen los trabajos menos calificados y peor remunerados, eran negros, y se les notaba una mezcla de miedo, resentimiento y servilismo forzado hacia el blanco. No creo que todos las personas seamos hermanas ni que queramos lo mejor para la otra, yo creo que en el fondo todos nos odiamos de una manera visceral, y que en lugares donde el tema racial debe manejarse con pinzas de cirujano, el odio es más evidente.

Lacia, el taxista negro que me llevó al aeropuerto, trabajó en Pretoria como pintor de fachadas todos los días durante doce horas hasta hace un año, y renunció porque su empleador blanco le pagaba 10 euros diarios y no le reconocía prestaciones ni el transporte. Cuando le pregunté cómo veía el asunto del Apartheid, contestó que aun existía, solo que era ilegal, y que si un blanco quería hacerle daño él tenía ahora el derecho a luchar por su vida. Agregó que recuerda los tiempos de la segregación cuando era joven, y que algunos blancos que en ese entonces lo trataban como a un ser inferior, aun lo siguen haciendo, solo que con una pizca de sutileza.

Ulrich, el alemán que me dio posada durante la copa, le da un chance de 50- 50 a Sudáfrica. Trabaja en finanzas y cree que es posible aprovechar todas las riquezas del país para convertirse en una potencia mundial, pero ve igual de factible que la tensión racial explote y que el país termine como Zimbabwe, donde la corrupción, la violencia y la pobreza reinan. Está feliz en Johannesburgo, donde tiene un buen empleo, una linda casa con jardín y piscina, y una esposa negra, pero dice también tener todo planeado para dejar el país en cuestión de días en caso de que ocurra lo segundo. No en vano nació en Alemania.

El Mundial fue una burbuja dentro de esa otra burbuja que es la Sudáfrica turística, ahora ya no quedan turistas ni equipos de fútbol. Lentamente, los mendigos que ocultaron durante la copa vuelven a pedir limosnas en los semáforos de siempre, todo vuelve a su precio normal. Por manejar hasta el aeropuerto, Lacia me cobró poco más de la mitad que lo que le pagué a Solly, el taxista que me llevó hasta a la casa de Ulrich el día que llegué a Sudáfrica. Antes de subirme al avión compré tres vuvuzelas con el mismo dinero que una semana atrás solo me hubiera alcanzado para una.

Alias Shakira

Así como a los colombianos en el exterior nos incomoda que nos relacionen con Pablo Escobar, a mí me enerva sobremanera que me identifiquen con Shakira apenas digo mi nacionalidad. Es hora de que la comunidad internacional entienda que no todos los que nacimos en Colombia somos narcotraficantes o músicos mediocres. La tierra produce también periodistas mediocres.

Llámenme apátrida, o completo imbécil, como se les de la gana, pero a mí me da pena decir que Shakira es lo mejor que tenemos para ofrecer al mundo en materia musical.

Su música me parece de mala calidad, no transmite nada, y se ha convertido en un producto internacional sin alma que bien podría ser colombiano, estadounidense, nigeriano o indio. Cosas de la globalización, supongo.

Lo que sí le concedo es que es una mujer seria, profesional, perseverante que tuvo que luchar contra un millón de obstáculos y al final nos calló la jeta a todos. Nadie en Barranquilla daba un peso por ella. La conocí cuando éramos niños, estudié el colegio con su primo, Moisés, y puedo decir de primera mano que ningún habitante de esa ciudad aguantaba una fiesta, una comparsa, un bazar o un concierto más con esa niña.

Se trataba de un ser intenso y peludo que quería cantar y bailar en público a toda hora. Ni las compañeras de colegio le soportaban su faceta artística. Cuando sacó su álbum Magia todos celebramos, pensando que ya había calmado fiebre y que al fin se dedicaría a estudiar algo serio.

Y vedla hoy, convertida en un personaje de fama mundial con el record de videos vistos en Yuotube y el honor de dar conciertos en dos finales de Mundial consecutivas. A donde llega le abren las puertas, tiene citas privadas con Barack Obama (¿será por la relación Barack – Mebarak?) y hasta se va casar con el hijo de un expresidente argentino. El tipo no hace nada en esta vida, su título oficial es “novio de Shakira”, pero puede decir que su papá fue el hombre más importante de un país.

Y es una lástima que haya tenido éxito, porque por dedicarse a la música se perdió una gran profesional de la bacteriología. Porque no nos echemos cuento, y los que la conocieron en su juventud no me dejarán mentir, la Shakira adolescente tenía una pinta de bacterióloga que no podía con ella.

Ahora, no nos confundamos, éxito no equivale a calidad. La música no es una ciencia exacta donde el mejor es el que más vende. Entre Tom Waits y Lou Reed no han vendido los mismos discos que Shakira, pero la barranquillera no clasifica ni para ama de llaves de la casa de ninguno de los dos. Lo digo, eso sí, con todo el cariño y respeto que siento por ella.

Muchos creen que Shakira es su nombre artístico, pero no, me consta que la bautizaron así. Una novia tenía una yegua que se llamaba Shakira, y cada vez que oigo su nombre pienso en la finca en Tabio donde tiene su establo. Y conociendo a los colombianos como creo conocerlos, me extraña que no exista un paramilitar de esos bien bravo que se llame “Alias Shakira”.

Hace cuatro años escribí también un artículo sobre ella antes de la final del Mundial. Recuerdo que en aquella ocasión mi papá me llamó a mi regreso a Colombia a decirme que no debía haber hecho eso, que el papá de Shakira y él eran amigos. Padre, excúsame la próxima vez que te veas con William, y dile que lo lamentas mucho, pero que no te puedes hacer responsable por mi bocota.

El fútbol ya no es lo que era y me gustaba más España cuando…

El fútbol ya no es lo que era: el único equipo que terminó invicto el Mundial fue Nueva Zelanda.

El fútbol ya no es lo que era: Alemania pierde dos partidos oficiales seguidos contra España.

El fútbol ya no es lo que era: a Italia la eliminaron con un gol de saque de banda.

El fútbol ya no es lo que era: Tres de los cuatro volantes de Brasil son defensivos.

El fútbol ya no es lo que era: Holanda y España sacaron la casta.

El fútbol ya no es lo que era: Inglaterra lleva dos Mundiales con técnicos extranjeros.

El fútbol ya no es lo que era: el artillero del Mundial se puede coronar con cinco goles.

El fútbol ya no es lo que era: Y de la mano de Puyol la vuelta vamos a dar, cantan los españoles.

El fútbol ya no es lo que era: Un equipo europeo ganará un Mundial por fuera de su continente.

El fútbol ya no es lo que era: hace rato un equipo de la ex cortina de hierro no se mete en semifinales.

El fútbol ya no es lo que era: Alemania se quiebra en los momentos decisivos.

El fútbol ya no es lo que era: Grecia hizo gol.

El fútbol ya no es lo que era: a Suiza le han hecho un gol en sus últimos siete partidos mundialistas. En 1994, Colombia le marcó dos en un solo juego.

El fútbol ya no es lo que era: dos equipos de Oceanía se clasificaron a este Mundial, aunque técnicamente fue solo uno.

El fútbol ya no es lo que era: nos divertimos viendo jugar a Alemania.

El fútbol ya no es lo que era: Shakira brilló más que muchos de los jugadores.

***

Me gustaba más España cuando era normal que se quedara en primera fase de un Mundial.

Me gustaba más España cuando no nos pedía visa para entrar.

Me gustaba más España cuando su prensa deportiva era menos prepotente que la de Argentina.

Me gustaba más España cuando Cardeñosa se comía goles imposibles.

Me gustaba más España cuando colonizaba indios y robaba oro.

Me gustaba más España cuando Arconada regalaba goles en finales.

Me gustaba más España cuando censuraban a La polla records.

Me gustaba más España cuando Almodóvar hacía buenas películas.

Me gustaba más España cuando jugaba Luis Enrique.

Me gustaba más España cuando ganaba un Tour de Francia cada quince años y no cada vez que se le daba la gana.

Me gustaba más España cuando Gil y Gil estaba vivo.

Me gustaba más España cuando la señal internacional de TVE pasaba Estudio Estadio los domingos por la noche.

Me gustaba más España cuando sus curas iban a Latinoamérica a fundar colegios.

Me gustaba más España cuando la entrenaba Javier Clemente

Me gustaba más España cuando le llamaban La Furia y no La Roja.

Me gustaba más España cuando no ganaba a todo lo que jugara.

Pasó esta tarde

La Plaza Mandela estaba repleta. El sol del sábado por la tarde caía sobre la torre del Hotel Michelangelo, sede de los cuarteles generales de la FIFA durante la Copa, y su sombra cubría parte del lugar.

Los restaurantes repletos, en el centro de la plaza el gran stand donde Sony presenta partidos de fútbol en 3D, cientos de turistas haciendo fila para tomarse una foto junto a la descomunal estatua de Nelson Mandela (el gran ausente de este Mundial a causa de su avanzada edad) y en un tercer nivel, dominándolo todo con su vista, los estudios de televisión con vista panorámica de la cadena ESPN.

Por un lado, hinchas holandeses manchando todo de naranja, cantando en su idioma inteligible vivas a su selección; por el otro, la marea roja cantando “A por ellos, oé”. Los menos despistados se percataron de la presencia del ex Real Madrid Fernando Hierro en uno de los restaurantes, y empezaron a llamarlo en voz alta. El rumor se corrió y los comensales de lugares cercanos se pararon a tomarse fotos con él.

Menos popular, pero no por so peor jugador que el español, el brasileño Edmundo caminaba con una cara de turista indescriptible, sin que nadie notara que estaba allí.

De repente todo se opacó por la llegada de un grupo holandés de instrumentos de viento: un par de trombones, una tuba, un ejército de trompetas y un gran bombo marcando el ritmo. Todos nos paralizamos y empezamos a tomar fotos, a hacer videos aficionados. Los hinchas holandeses que almorzaban se pararon de sus mesas, rodearon al grupo y empezaron a cantar. España había quedado opacada.

Después de tres canciones y miles de fotos, un productor de ESPN se acercó a ellos para que subieran al estudio y tocaran en vivo en plena transmisión. Los más curiosos se quedaron en la plaza viéndolo todo. Yo, en cambio, me vine a la sala de prensa del Soccer City a tratar de contar lo que acababa de ver.

El pulpo Adolfo

Si lo tomamos en términos inversamente proporcionales, le estoy haciendo una competencia impresionante al pulpo Paul. Mientras el adorable cefalópodo no se ha descachado en medio resultado de este mundial, yo, menos adorable y menos cefalópodo que él, he acabado con la vida, suerte y honra de todo aquel que nombro.

Para no quedar como un tipo acomodado sino arriesgado, llevo meses anticipándome a los hechos, diciendo que Portugal se iba a quedar en primera ronda, que Costa de Marfil llegaría a semifinales, que Brasil iba a ser campeón, que España iba a decepcionar, que Kaká era mejor que Messi (que lo sigo pensando: en esta copa no hubo mucha diferencia entre ellos, y creo también que la mejor versión de Kaká es superior a la mejor versión de Messi).

Solo acerté en dos cosas y media: que Ozil iba a ser figura y que la incompetencia de Maradona iba a quedar en evidencia. La media consistió en que dije que Inglaterra iba a ganar el Mundial solo porque la historia era una señora caprichosa y jodida que iba a permitir que se coronara en una de sus antiguas colonias. No pasó nada con los ingleses, pero los holandeses, que también dominaron estas tierras y se inventaron esa cosa llamada Apartheid, están en la final.

En lo que sí acerte sin margen de error fue en el hecho de que me iban robar. Mis amigos me decían que no fuera pendejo, que era paranoia, que al estar acreditado por FIFA nada malo iba a pasarme. Todos cerraban con la máxima: “si no lo han atracado en un país como Colombia, mucho menos va a pasarle algo por allá”.

Y a fe que todos estaban equivocados, menos yo. Pasó en Durban, hace dos días, cuando al carro en el que viajaba le rompieron el vidrio y le sacaron el GPS (adjunto foto). Así, tuvimos que emprender el camino de seis horas de vuelta a Johannesburgo en una carretera llena de neblina, sin nada que nos guiara y con el frío de la madrugada entrando a placer.

Pero es totalmente coherente todo lo que ha pasado dentro y fuera de las canchas estando yo por estos lados. Soy un tipo negativo que llama al infortunio y encuentra placer en las calamidades propias y ajenas. Una especie de profeta de la desgracia.

Ahora este pulpo solo quiere que pierdan los españoles. Tienen un equipazo, pero si salen campeones del mundo no le vuelven a dar una visa a nadie.