La esposa de un amigo le pidió que de aniversario no le diera un regalo sino una experiencia, el tipo quedó loco. ¿Cómo ofrece uno una experiencia cuando toda la vida ha dado flores y regalos de carne y hueso? ¿No saben las mujeres después de tanto tiempo que los hombres necesitamos la obviedad?
¿A qué se refería la mujer de mi amigo con “Una experiencia”? Es algo que ni yo ni él hemos podido saber. Pasarse una mañana peleando en el centro de atención al cliente de un operador celular es toda una experiencia, no en vano los centros de atención al cliente del mío se llaman ahora ‘Centros de experiencia’.
Al final mi amigo no se embolató y de años de casados le regaló unos aretes y la llevó a cenar a un buen restaurante. No sabemos qué pensó ella de eso, pero ese no es el punto. El punto es que el lugar común de la humanidad, casi la razón por lo que existe la civilización, es que los hombres nos morimos por las mujeres aunque no tengamos idea de qué quieren.
Parecería que quieren velas y pétalos de rosa sobre la cama antes de hacer el amor, pero quién sabe. Las mujeres quieren enamoramiento, drama en pequeñas dosis y misterio en todas sus formas: viajes sorpresa, detalles escondidos en partes estratégicas de la casa. Uno les da plata y se enzorran, cuando la plata es lo más práctico que se ha inventado. Si yo fuera mujer pediría que los regalos me los dieran en efectivo, y viviría culeando todo el día.
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jueves, 18 de abril de 2013
lunes, 15 de abril de 2013
La nueva pobreza
Estar pegado a la tecnología es la nueva pobreza, pobreza urbana. Y no hablo de pobreza figurativa, que podría, porque estar conectado todo el día todos los días tiene mucho de miserable. Hablo de penurias reales.
No todo el mundo tiene plata para gastar en viajes y objetos suntuosos, pero todos buscamos la forma de pagar un televisor a cuotas, un iPhone, un computador portátil. Y claro, como nos costó conseguirlos, les sacamos jugo; nos pasamos pegados a ellos.
Los lujos del pobre ya no son tirarse en el pasto o sentarse a hablar sino pasarse la vida en redes sociales, pegado a un chat. Se ha vuelto tan necesario que hasta los vendedores ambulantes tienen BlackBerry. En la vida nos la pasamos atentos al celular con full navegación, tuiteando mientras vemos realities y actualizando los estados de Facebook porque nos resulta más barato que irnos a tierra caliente de fin de semana.
Y de la pobreza física pasamos a la de espíritu. Gastamos los días hábiles frente al computador de la oficina para llegar a casa a ver porno y enterarnos de qué ha pasado en redes sociales. Una amiga me dijo que le había cogido fobia al suyo, que llevaba meses sin prenderlo. Yo era así. De hecho, antes no tenía computador y no me hacía falta; salía del trabajo y me dedicaba a otras cosas. Hoy ni lo considero; de hecho, me llevo el computador a los viajes de descanso. Creo estar convencido de que lo hago por gusto, pero qué va, se trata en realidad de una esclavitud horrible.
El internet tumbó las fronteras del mundo, democratizó la información, pero es raro porque al mismo tiempo, después de pasar muchas horas navegando, quedamos hastiados, con la sensación de que en internet no ocurre nada. Cuando mirar páginas pierde el sentido, nos pasamos a Whatsapp en busca de un mensaje que nos salve la vida.
Hay gente que no apaga el computador nunca, simplemente lo pone a dormir; yo creo que el dormido es uno. Los computadores se ven bonitos exhibidos en el almacén, pero cuando compramos uno y empezamos a darle cajeta termina deteriorado, con el teclado lleno de comida y cenizas de cigarrillo. Igual pasa con el celular, nos acostamos en la noche con él al lado, lo hemos sacado del bolsillo, que es su hábitat natural, para cargarlo en la mano. Estamos tan adictos que lo llevamos al baño, por eso oímos de tanta gente a la que el celular se le ha ido por al inodoro. Cuando eso pasa se nos va la vida por el excusado, figurativa y literalmente.
El otro día entré a Twitter y por primera vez reparé en la página de apertura, donde uno pone el usuario y la contraseña. Había una foto bellísima de un atardecer, con nubes, montañas y todo. Me dieron ganas de llorar por lo que soy y por lo que nunca seré. Me la paso encerrado en la casa pegado a la red, creyendo que así estoy conectado al mundo. La verdad es que no sé nada de él.
Publicada en la edición de abril de la revista Enter. www.enter.co
No todo el mundo tiene plata para gastar en viajes y objetos suntuosos, pero todos buscamos la forma de pagar un televisor a cuotas, un iPhone, un computador portátil. Y claro, como nos costó conseguirlos, les sacamos jugo; nos pasamos pegados a ellos.
Los lujos del pobre ya no son tirarse en el pasto o sentarse a hablar sino pasarse la vida en redes sociales, pegado a un chat. Se ha vuelto tan necesario que hasta los vendedores ambulantes tienen BlackBerry. En la vida nos la pasamos atentos al celular con full navegación, tuiteando mientras vemos realities y actualizando los estados de Facebook porque nos resulta más barato que irnos a tierra caliente de fin de semana.
Y de la pobreza física pasamos a la de espíritu. Gastamos los días hábiles frente al computador de la oficina para llegar a casa a ver porno y enterarnos de qué ha pasado en redes sociales. Una amiga me dijo que le había cogido fobia al suyo, que llevaba meses sin prenderlo. Yo era así. De hecho, antes no tenía computador y no me hacía falta; salía del trabajo y me dedicaba a otras cosas. Hoy ni lo considero; de hecho, me llevo el computador a los viajes de descanso. Creo estar convencido de que lo hago por gusto, pero qué va, se trata en realidad de una esclavitud horrible.
El internet tumbó las fronteras del mundo, democratizó la información, pero es raro porque al mismo tiempo, después de pasar muchas horas navegando, quedamos hastiados, con la sensación de que en internet no ocurre nada. Cuando mirar páginas pierde el sentido, nos pasamos a Whatsapp en busca de un mensaje que nos salve la vida.
Hay gente que no apaga el computador nunca, simplemente lo pone a dormir; yo creo que el dormido es uno. Los computadores se ven bonitos exhibidos en el almacén, pero cuando compramos uno y empezamos a darle cajeta termina deteriorado, con el teclado lleno de comida y cenizas de cigarrillo. Igual pasa con el celular, nos acostamos en la noche con él al lado, lo hemos sacado del bolsillo, que es su hábitat natural, para cargarlo en la mano. Estamos tan adictos que lo llevamos al baño, por eso oímos de tanta gente a la que el celular se le ha ido por al inodoro. Cuando eso pasa se nos va la vida por el excusado, figurativa y literalmente.
El otro día entré a Twitter y por primera vez reparé en la página de apertura, donde uno pone el usuario y la contraseña. Había una foto bellísima de un atardecer, con nubes, montañas y todo. Me dieron ganas de llorar por lo que soy y por lo que nunca seré. Me la paso encerrado en la casa pegado a la red, creyendo que así estoy conectado al mundo. La verdad es que no sé nada de él.
Publicada en la edición de abril de la revista Enter. www.enter.co
jueves, 11 de abril de 2013
El mundo está jodido
A mí lo que me aterra es el mal gusto que tiene la gente para la música. Es que da miedo. Y no solo el Gangnam Style, ese que es el video más visto en la historia de internet; el mundo está lleno de pésimos cantantes y peores canciones que vuelven loca a la gente.
Me gusta medir la inteligencia de las personas por lo que oyen, una especie de Hitler de la música. La gente le para muchas bolas a que tal o cual artista haya vendido millones de discos y de inmediato asocian cantidad con calidad. Raro, basta con ver un video de Romeo Santos con Usher que tiene más de 40 millones de reproducciones en Youtube (y es una reverenda porquería) para entender que hay muchos que en la cabeza cargan estiércol en vez de cerebro. Por otro lado, hace poco murió un tipo llamado Jason Molina, que es de lo mejor que he oído en los últimos años. Varios medios de Estados Unidos le dedicaron unas pocas líneas de despedida y Farewell Transmission, una de sus mejores canciones, tiene humildes trescientas mil vistas en Youtube.
Bob Dylan dijo que esta tierra era de todos, pero que el mundo está regido por personas que nunca oyen música. Y claro, si esa gente se la pasa es pensando en números y fusiones e invasiones y globalización, ¿a qué hora van a oír canciones?
Alguna vez le pusieron una canción a Borges y el tipo se puso a llorar; preguntó qué era y le dijeron que los Beatles. No todos podemos ser Borges, cierto, pero los hombres con ambición no oyen a los Beatles y se sueltan a llorar, botan lágrimas si mensualmente ganan una cifra con menos de ocho ceros a la derecha. “El mundo está regido por personas que no oyen música”, la frase tiene sentido cuando le ponemos atención a la que ponen en los bancos.
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Me gusta medir la inteligencia de las personas por lo que oyen, una especie de Hitler de la música. La gente le para muchas bolas a que tal o cual artista haya vendido millones de discos y de inmediato asocian cantidad con calidad. Raro, basta con ver un video de Romeo Santos con Usher que tiene más de 40 millones de reproducciones en Youtube (y es una reverenda porquería) para entender que hay muchos que en la cabeza cargan estiércol en vez de cerebro. Por otro lado, hace poco murió un tipo llamado Jason Molina, que es de lo mejor que he oído en los últimos años. Varios medios de Estados Unidos le dedicaron unas pocas líneas de despedida y Farewell Transmission, una de sus mejores canciones, tiene humildes trescientas mil vistas en Youtube.
Bob Dylan dijo que esta tierra era de todos, pero que el mundo está regido por personas que nunca oyen música. Y claro, si esa gente se la pasa es pensando en números y fusiones e invasiones y globalización, ¿a qué hora van a oír canciones?
Alguna vez le pusieron una canción a Borges y el tipo se puso a llorar; preguntó qué era y le dijeron que los Beatles. No todos podemos ser Borges, cierto, pero los hombres con ambición no oyen a los Beatles y se sueltan a llorar, botan lágrimas si mensualmente ganan una cifra con menos de ocho ceros a la derecha. “El mundo está regido por personas que no oyen música”, la frase tiene sentido cuando le ponemos atención a la que ponen en los bancos.
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jueves, 4 de abril de 2013
Acabo de dejar el corazón
Acabo de dejar el corazón en Barranquilla. En Semana Santa fui a la ciudad donde nací a ver si se me pasaba el amargue, pero amargarme es lo mío. Llegué acompañado y regresé solo. El solo es un decir, porque tengo a la persona en la silla de al lado del avión que me lleva de regreso a Bogotá pero es como si no estuviera. Llevamos tres horas juntos y apenas nos hemos hablado, supongo que es lo que le pasa a la gente que deja de quererse.
En Barranquilla vuelvo a ser Adolfito, a andar en sandalias (cuando no descalzo); duermo siesta, me fían en la tienda y como donde los primos. En Barranquilla bajo mangos de los palos (los mangos tienen la forma del corazón que acabo de dejar). Hay quien va a darle mate a su corazón en Cartagena, pero yo preferí ir a mi ciudad porque nada tan bello como ser derrotado en casa.
El asunto es que me empezó un ataque de angustia desde antes de tomar el avión de ida porque sabía lo que se venía. Es raro cuando la persona que lo era todo deja de serlo en un solo giro, y cuando tomamos decisiones que cambian la vida con la espontaneidad de quien va derecho por una calle y sin más decide voltear por la esquina. Así deberíamos ser para todo.
Entonces fue pasar toda la semana con dolor de estómago, como si algo no estuviera en su sitio. Conviví en silencio con la incertidumbre de haber cometido algún error sin siquiera haber hecho nada. Esa fue la constante de la relación, solo que antes nos queríamos. Ahora, sin besos de por medio, el sentimiento de culpa me resulta muy duro de llevar.
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En Barranquilla vuelvo a ser Adolfito, a andar en sandalias (cuando no descalzo); duermo siesta, me fían en la tienda y como donde los primos. En Barranquilla bajo mangos de los palos (los mangos tienen la forma del corazón que acabo de dejar). Hay quien va a darle mate a su corazón en Cartagena, pero yo preferí ir a mi ciudad porque nada tan bello como ser derrotado en casa.
El asunto es que me empezó un ataque de angustia desde antes de tomar el avión de ida porque sabía lo que se venía. Es raro cuando la persona que lo era todo deja de serlo en un solo giro, y cuando tomamos decisiones que cambian la vida con la espontaneidad de quien va derecho por una calle y sin más decide voltear por la esquina. Así deberíamos ser para todo.
Entonces fue pasar toda la semana con dolor de estómago, como si algo no estuviera en su sitio. Conviví en silencio con la incertidumbre de haber cometido algún error sin siquiera haber hecho nada. Esa fue la constante de la relación, solo que antes nos queríamos. Ahora, sin besos de por medio, el sentimiento de culpa me resulta muy duro de llevar.
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martes, 2 de abril de 2013
Logo corporativo
Hay nueva reforma a la salud y nadie la va a entender, porque las cosas del Gobierno están hechas para que no sepamos de qué se tratan. Ni la de la salud, ni la tributaria, ni la de la justicia. Los tipos de Interbolsa están libres y el que se robó unos cubos de caldo de gallina pagó cárcel, tal es el sistema en el que jugamos.
La de la salud Son 9 capítulos y 68 artículos que no leeremos porque, uno, no los entenderemos; dos, no nos representan, y tres, las EPS seguirán haciendo lo que se les da la gana. Llevamos la vida asistiendo al hospital con la única certeza de que no nos van a atender como nos gustaría y eso no va a cambiar por mucho que cambien la salud. Ahora celebramos porque están diciendo que las EPS van a desaparecer, pero la verdad es que no sabemos nada de nada. Hay quien dice que la nueva reforma va a mejorar el negocio para ellas.
Yo no quiero que cojan un sistema de salud que no entiendo y le hagan reformas para que lo entienda menos. Por lo pronto me conformo con que mi entidad promotora de salud me saque de la lista de morosos porque me sigue cobrando como independiente, cuando hace dos meses pasé (y me aceptaron) la notificación de que ahora cotizo como empleado.
El día de la notificación me desperté lleno de amor por mi mujer y por la vida, pero me tocó ir al centro de atención al cliente porque por internet no supieron resolverme la situación y a la tercera instrucción mal dada en el call center todo el romanticismo se me fue a la mierda.
Luego de dos horas de espera, a los cinco minutos de estar hablando con la niña de la EPS que me atendió me di cuenta de que lo que dicen a uno por teléfono lo refutan en persona. En las grandes entidades todo es confuso, solo pagar es fácil, la plata la reciben como sea. Cualquier otro trámite que se podría hacer chuleando o deschuleando una casilla en internet toma la vida entera.
El asunto es que seguí optimista pese a todo, y el corazón que no me rompieron ni la espera, ni la ineficiencia, ni mi mujer me lo rompieron los ancianos que allí estaban. Parejas de viejos, todos enfermos, cansados, con nada más que el otro para luchar contra el mundo, que parece no quererlos. Era tan deprimente que deseé que en vez de mandarlos al médico los mandaran al verdugo para que dejaran de mendigar por citas y medicamentos.
Guardo una carta de mi papá donde implora a la EPS que le agilice los trámites para tratarse el cáncer que se lo comió vivo. La abro cada tanto para tener presente que ni pagando a tiempo la gente hace cosas por nosotros.
Yo sigo lidiando para que me dejen de cobrar como independiente y como empleado en simultánea. Me molesta, pero es poca cosa comparada con los ancianos de aquel centro de atención al cliente. Nunca vi tantas caras tristes juntas como aquella vez. Imagino que así era Auschwitz, pero sin logo corporativo.
La de la salud Son 9 capítulos y 68 artículos que no leeremos porque, uno, no los entenderemos; dos, no nos representan, y tres, las EPS seguirán haciendo lo que se les da la gana. Llevamos la vida asistiendo al hospital con la única certeza de que no nos van a atender como nos gustaría y eso no va a cambiar por mucho que cambien la salud. Ahora celebramos porque están diciendo que las EPS van a desaparecer, pero la verdad es que no sabemos nada de nada. Hay quien dice que la nueva reforma va a mejorar el negocio para ellas.
Yo no quiero que cojan un sistema de salud que no entiendo y le hagan reformas para que lo entienda menos. Por lo pronto me conformo con que mi entidad promotora de salud me saque de la lista de morosos porque me sigue cobrando como independiente, cuando hace dos meses pasé (y me aceptaron) la notificación de que ahora cotizo como empleado.
El día de la notificación me desperté lleno de amor por mi mujer y por la vida, pero me tocó ir al centro de atención al cliente porque por internet no supieron resolverme la situación y a la tercera instrucción mal dada en el call center todo el romanticismo se me fue a la mierda.
Luego de dos horas de espera, a los cinco minutos de estar hablando con la niña de la EPS que me atendió me di cuenta de que lo que dicen a uno por teléfono lo refutan en persona. En las grandes entidades todo es confuso, solo pagar es fácil, la plata la reciben como sea. Cualquier otro trámite que se podría hacer chuleando o deschuleando una casilla en internet toma la vida entera.
El asunto es que seguí optimista pese a todo, y el corazón que no me rompieron ni la espera, ni la ineficiencia, ni mi mujer me lo rompieron los ancianos que allí estaban. Parejas de viejos, todos enfermos, cansados, con nada más que el otro para luchar contra el mundo, que parece no quererlos. Era tan deprimente que deseé que en vez de mandarlos al médico los mandaran al verdugo para que dejaran de mendigar por citas y medicamentos.
Guardo una carta de mi papá donde implora a la EPS que le agilice los trámites para tratarse el cáncer que se lo comió vivo. La abro cada tanto para tener presente que ni pagando a tiempo la gente hace cosas por nosotros.
Yo sigo lidiando para que me dejen de cobrar como independiente y como empleado en simultánea. Me molesta, pero es poca cosa comparada con los ancianos de aquel centro de atención al cliente. Nunca vi tantas caras tristes juntas como aquella vez. Imagino que así era Auschwitz, pero sin logo corporativo.
jueves, 21 de marzo de 2013
La vida empieza a los 80
Eligieron a un tipo de 76 años para que fuera Papa. Y parece buen negocio ser cura, porque trabajas poco y llegas a la cúspide a la edad en la que los demás se jubilan. O al revés, qué aburrido ser sacerdote y repartir hostias y bendiciones a la edad en la que otros llenan crucigramas en el parque.
Lo cierto es que en la Iglesia empiezas a ser importante cuando rozas los 80 y te jubilas tarde, no por vocación al trabajo, sino porque no haber hecho gran cosa durante décadas te permite desgastarte al mínimo. No digo que no haya curas que libren su propia lucha, evangelizando en medio de la selva y alimentando a niños hambrientos, pero en el Vaticano se debe pasar mejor que en un spa.
En general, la gente que dirige parece ser la que menos se esfuerza, solo así se entiende que haya tanto viejo mandando. Mientras que Francisco I tiene 76, un solo pulmón y luce de maravilla, hay mucho empleado raso con ambos pulmones que ha llegado acabado a los sesenta. No sé su padre, pero el mío empezó una incesante decaída a los 60.
Nada que ver con la Reina Isabel, que tiene 87 años y se ve entera la vieja. El otro día salió del hospital después de superar una gastroenteritis de quinceañera y se ha sabido también que no suele saludar ni despedirse de las personas, supongo que para ahorrar esfuerzos innecesarios.
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Lo cierto es que en la Iglesia empiezas a ser importante cuando rozas los 80 y te jubilas tarde, no por vocación al trabajo, sino porque no haber hecho gran cosa durante décadas te permite desgastarte al mínimo. No digo que no haya curas que libren su propia lucha, evangelizando en medio de la selva y alimentando a niños hambrientos, pero en el Vaticano se debe pasar mejor que en un spa.
En general, la gente que dirige parece ser la que menos se esfuerza, solo así se entiende que haya tanto viejo mandando. Mientras que Francisco I tiene 76, un solo pulmón y luce de maravilla, hay mucho empleado raso con ambos pulmones que ha llegado acabado a los sesenta. No sé su padre, pero el mío empezó una incesante decaída a los 60.
Nada que ver con la Reina Isabel, que tiene 87 años y se ve entera la vieja. El otro día salió del hospital después de superar una gastroenteritis de quinceañera y se ha sabido también que no suele saludar ni despedirse de las personas, supongo que para ahorrar esfuerzos innecesarios.
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jueves, 14 de marzo de 2013
Dejarse ir
Estoy que suelto todo y me voy a vivir a un cuarto, porque recluirse en el cuarto de una casa ajena es el retiro definitivo. Estoy que entrego el apartamento y me les pierdo a todos: amigos, familia, novia, jefe; estoy que renuncio a la vida. Voy a dejar de mandar hojas de vida, de pagar la retefuente y los recibos; pienso salirme del TV cable y del plan de celular (si los operadores me dejan).
Estoy que me voy a Los Mártires, un barrio de Bogotá que suena a pobreza, a una pieza de esas que se pagan por días. Estoy que dejo de cotizar en el fondo de pensiones y me desafilio a la EPS para que el día que me enferme me dejen morir en un hospital de beneficencia. Los hospitales también deberían desistir de salvar vidas, que siete mil millones es un abuso.
Admiro a los que se levantan cada mañana, que no se sueltan por temor a morir de hambre, a quedar en la calle. Es gente que no puede dejarse ir porque hay quien depende de ella. Yo, en cambio, estoy haciendo un plan de retiro donde, además de irme a una pieza, me vestiré con ropa usada, renunciaré a la televisión, leeré libros viejos y escribiré a mano. Cuando lo necesite, me comunicaré con minutos de celular de la calle y calmaré el hambre con perros de $2000 que vienen con gaseosa.
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Estoy que me voy a Los Mártires, un barrio de Bogotá que suena a pobreza, a una pieza de esas que se pagan por días. Estoy que dejo de cotizar en el fondo de pensiones y me desafilio a la EPS para que el día que me enferme me dejen morir en un hospital de beneficencia. Los hospitales también deberían desistir de salvar vidas, que siete mil millones es un abuso.
Admiro a los que se levantan cada mañana, que no se sueltan por temor a morir de hambre, a quedar en la calle. Es gente que no puede dejarse ir porque hay quien depende de ella. Yo, en cambio, estoy haciendo un plan de retiro donde, además de irme a una pieza, me vestiré con ropa usada, renunciaré a la televisión, leeré libros viejos y escribiré a mano. Cuando lo necesite, me comunicaré con minutos de celular de la calle y calmaré el hambre con perros de $2000 que vienen con gaseosa.
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lunes, 11 de marzo de 2013
Me sigue Bastenier
Me empezó a seguir en Twitter Miguel Ángel Bastenier y estoy asustado. Respondió (sin seguirme) un tuit que puse, y a partir de ahí tuvimos una conversación respetuosa que desembocó en que él me diera follow y yo le hiciera follow back.
El día que eso pasó no pude volver a tuitear para no ir a cagarla. Dirá usted que soy un cobarde, pero es que Bastenier parece ser un tipo decente, un hombre duro de esa belleza de periódico que es El País de España. Pero no solo eso: los colombianos solemos ser arrodillados con los extranjeros, y encima hay que ver la cara con la que sale en su avatar, la seriedad con la que tuitea, a los pocos que sigue. Siento que es un privilegio que no puedo darme el lujo de desperdiciar.
El problema es que lo mío en Twitter es la guachada, el chiste fácil, la agresión, el doble sentido y no sé si ese señor esté dispuesto a soportar esas vainas. En esa red social construí un personaje agreste por el que muchos me juzgan, pero quienes me conocen en la vida real saben que no es así. La verdad es que soy un amor pese a mis defectos y mi vida es monótona, aburrida, carente de emociones.
Que Bastenier me siga supone un golpe que no he superado y ha traído viejos fantasmas del pasado. Cada vez que me sigue alguien que usa Twitter con fines serios me da miedo que me deje de seguir al instante. Así se fueron Bruce Mac Master, Jessica de la Peña y William Calderón; por mis agresiones en 140 caracteres Mónica Fonseca aguantó apenas tres minutos. A todos ellos les he pagado con la misma moneda y los he dejado de seguir porque soy de los que da unfollow back por despecho.
Pese a las idioteces que tuiteo aún me siguen Fanny Kertzman y Marianne Ponsford, que tienen fama de ser mujeres de pocos chistes; César Escola y Viña Machado, a quienes les di una semana; Claudia Elena Vásquez, que se ve que es una dama, y Simón Gaviria. Este último en realidad no me sorprende, ya que el director del Partido Liberal tiene fama de no leer de a mucho.
Pero lo que más me inquieta (a niveles que superan ampliamente lo de Bastenier) es que me siga la Embajada de Estados Unidos en Colombia. No porque sea pro o antiyanqui, sino porque próximamente tengo cita para renovar la visa y la idea de que me la nieguen por lo que tuiteo no me deja dormir.
Es que es injusto que lo descalifiquen a uno por lo que dice en una red social llena de subnormales. Por eso celebré cuando escogieron a Fernando Gómez Franco como gerente de la Empresa de Energía de Bogotá y quise protestar cuando supe que habían reversado el nombramiento porque era un grosero en Twitter: ser vulgar dentro de ese contexto no tiene nada que ver con ser capaz para ejercer un trabajo, con ser buena o mala persona. Al final sentí un alivio cuando leí que lo de Gómez Franco se había caído por temas de corrupción y no por sus trinos.
El hecho es que lo de Bastenier me alegra, pero también me estresa. A veces siento la necesidad de meterme a su perfil a ver si todavía me sigue, pero sé que me derrumbaría si descubro que no es así. Pienso entrar a su cuenta apenas termine de escribir esta columna. Si aún me sigue, le mando un DM.
Publicada en la edición de marzo de la revista Enter. www.enter.co
El día que eso pasó no pude volver a tuitear para no ir a cagarla. Dirá usted que soy un cobarde, pero es que Bastenier parece ser un tipo decente, un hombre duro de esa belleza de periódico que es El País de España. Pero no solo eso: los colombianos solemos ser arrodillados con los extranjeros, y encima hay que ver la cara con la que sale en su avatar, la seriedad con la que tuitea, a los pocos que sigue. Siento que es un privilegio que no puedo darme el lujo de desperdiciar.
El problema es que lo mío en Twitter es la guachada, el chiste fácil, la agresión, el doble sentido y no sé si ese señor esté dispuesto a soportar esas vainas. En esa red social construí un personaje agreste por el que muchos me juzgan, pero quienes me conocen en la vida real saben que no es así. La verdad es que soy un amor pese a mis defectos y mi vida es monótona, aburrida, carente de emociones.
Que Bastenier me siga supone un golpe que no he superado y ha traído viejos fantasmas del pasado. Cada vez que me sigue alguien que usa Twitter con fines serios me da miedo que me deje de seguir al instante. Así se fueron Bruce Mac Master, Jessica de la Peña y William Calderón; por mis agresiones en 140 caracteres Mónica Fonseca aguantó apenas tres minutos. A todos ellos les he pagado con la misma moneda y los he dejado de seguir porque soy de los que da unfollow back por despecho.
Pese a las idioteces que tuiteo aún me siguen Fanny Kertzman y Marianne Ponsford, que tienen fama de ser mujeres de pocos chistes; César Escola y Viña Machado, a quienes les di una semana; Claudia Elena Vásquez, que se ve que es una dama, y Simón Gaviria. Este último en realidad no me sorprende, ya que el director del Partido Liberal tiene fama de no leer de a mucho.
Pero lo que más me inquieta (a niveles que superan ampliamente lo de Bastenier) es que me siga la Embajada de Estados Unidos en Colombia. No porque sea pro o antiyanqui, sino porque próximamente tengo cita para renovar la visa y la idea de que me la nieguen por lo que tuiteo no me deja dormir.
Es que es injusto que lo descalifiquen a uno por lo que dice en una red social llena de subnormales. Por eso celebré cuando escogieron a Fernando Gómez Franco como gerente de la Empresa de Energía de Bogotá y quise protestar cuando supe que habían reversado el nombramiento porque era un grosero en Twitter: ser vulgar dentro de ese contexto no tiene nada que ver con ser capaz para ejercer un trabajo, con ser buena o mala persona. Al final sentí un alivio cuando leí que lo de Gómez Franco se había caído por temas de corrupción y no por sus trinos.
El hecho es que lo de Bastenier me alegra, pero también me estresa. A veces siento la necesidad de meterme a su perfil a ver si todavía me sigue, pero sé que me derrumbaría si descubro que no es así. Pienso entrar a su cuenta apenas termine de escribir esta columna. Si aún me sigue, le mando un DM.
Publicada en la edición de marzo de la revista Enter. www.enter.co
jueves, 7 de marzo de 2013
Noticia en desarrollo
Lo que yo necesito es un noticiero que explique lo que ocurre conmigo. Está bien saber que en Siria matan a doscientos de un tirón, que el Barcelona va mal, que Sarmiento Angulo cumplió 80 y que Andrea Serna hizo casting para presentar ‘¿Quién quiere ser millonario?’.
Pero yo quiero es que alguien me cuente qué me pasa. El otro día estuve sentado en el sofá de la casa sin moverme ni hablar durante dos horas. Reuní fuerzas para poner el noticiero y enterarme de que los cafeteros estaban en huelga pero que aún así a Santos lo habían nominado al Nobel de Paz. Se entiende que el mundo es un caos y que por eso los medios no dejan de reportar sobre él, pero uno también está hecho un desastre y ningún periodista viene a preguntar nada.
A esta altura no me interesa si Berlusconi está en problemas o qué es lo que pasó con Chávez, sino por qué aún odiando a la gente siento que los viernes en la noche algo me falta, mientras que los domingos por la tarde, cuando los demás mueren de depresión en sus casas, yo soy feliz.
Lea aquí la entrada completa
Pero yo quiero es que alguien me cuente qué me pasa. El otro día estuve sentado en el sofá de la casa sin moverme ni hablar durante dos horas. Reuní fuerzas para poner el noticiero y enterarme de que los cafeteros estaban en huelga pero que aún así a Santos lo habían nominado al Nobel de Paz. Se entiende que el mundo es un caos y que por eso los medios no dejan de reportar sobre él, pero uno también está hecho un desastre y ningún periodista viene a preguntar nada.
A esta altura no me interesa si Berlusconi está en problemas o qué es lo que pasó con Chávez, sino por qué aún odiando a la gente siento que los viernes en la noche algo me falta, mientras que los domingos por la tarde, cuando los demás mueren de depresión en sus casas, yo soy feliz.
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