Usted y yo tenemos en el estómago ácido clorhídrico, una sustancia muy corrosiva y ácida que suele usarse como reactivo químico. En proporciones específicas podría matar a una persona, lo que quiere decir que usted y yo andamos por ahí cargando un arma mortal.
Aguanta de todo el estómago, no solo la comida basura que le metemos. A veces, para elogiar a alguien le decimos que tiene estómago, y cuando estamos enamorados afirmamos que sentimos mariposas en el estómago, cuando en realidad es el ácido clorhídrico que nos consume. Es un órgano apasionante y no le damos la importancia que le corresponde. Dicen del estómago que es el segundo cerebro porque tiene unas 100 millones de neuronas. En el de una mujer encontraron cuatro kilos de su propio pelo, mientras que en Inglaterra un señor se tragó un anillo de compromiso que no podía pagar, así que trató de robárselo. En China, a un niño de dos años le sacaron del estómago un feto que resultó ser su hermano gemelo, mientras que Novak Djokovic tuvo que descubrir que era intolerante al gluten para cambiar de dieta y convertirse en el tenista número uno del mundo.
El cloruro de hidrógeno, que es una forma del ácido clorhídrico que cargamos en la panza, se usa para tratar metales, curtir cueros e incluso puede ser liberado por volcanes. Y que tales sustancias no nos maten habla muy bien del estómago, pero muy mal de nosotros. Somos unos individuos duros, unos hijos de puta con estómago (literal). Podemos tener sexo con la esposa de nuestro mejor amigo, acabar con selvas y matar a un hombre y después acostarnos a dormir como un bebé.
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jueves, 24 de octubre de 2013
jueves, 7 de marzo de 2013
Noticia en desarrollo
Lo que yo necesito es un noticiero que explique lo que ocurre conmigo. Está bien saber que en Siria matan a doscientos de un tirón, que el Barcelona va mal, que Sarmiento Angulo cumplió 80 y que Andrea Serna hizo casting para presentar ‘¿Quién quiere ser millonario?’.
Pero yo quiero es que alguien me cuente qué me pasa. El otro día estuve sentado en el sofá de la casa sin moverme ni hablar durante dos horas. Reuní fuerzas para poner el noticiero y enterarme de que los cafeteros estaban en huelga pero que aún así a Santos lo habían nominado al Nobel de Paz. Se entiende que el mundo es un caos y que por eso los medios no dejan de reportar sobre él, pero uno también está hecho un desastre y ningún periodista viene a preguntar nada.
A esta altura no me interesa si Berlusconi está en problemas o qué es lo que pasó con Chávez, sino por qué aún odiando a la gente siento que los viernes en la noche algo me falta, mientras que los domingos por la tarde, cuando los demás mueren de depresión en sus casas, yo soy feliz.
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Pero yo quiero es que alguien me cuente qué me pasa. El otro día estuve sentado en el sofá de la casa sin moverme ni hablar durante dos horas. Reuní fuerzas para poner el noticiero y enterarme de que los cafeteros estaban en huelga pero que aún así a Santos lo habían nominado al Nobel de Paz. Se entiende que el mundo es un caos y que por eso los medios no dejan de reportar sobre él, pero uno también está hecho un desastre y ningún periodista viene a preguntar nada.
A esta altura no me interesa si Berlusconi está en problemas o qué es lo que pasó con Chávez, sino por qué aún odiando a la gente siento que los viernes en la noche algo me falta, mientras que los domingos por la tarde, cuando los demás mueren de depresión en sus casas, yo soy feliz.
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jueves, 7 de junio de 2012
Empalada
Lo
que llama la atención de la muerte de Rosa Elvira Cely es que haya sido
empalada. No es que violar a una mujer sea poca cosa, pero es que crecimos con
la palabra, nos acostumbramos tanto a ella que más de 700 mil colombianas han
sido violadas. El ultraje como deporte nacional.
Empalada,
como en la Edad Media. A mí me hablan de empalamiento y pienso en Drácula, no
el personaje de ficción, sino en el príncipe Vlad, ‘El empalador’, conocido por
su fanatismo a atravesar a sus enemigos con una estaca. Yo me enteré de que una
mujer había sido empalada y pasé de la sorpresa a la tristeza, de la tristeza
al desconcierto y de ahí al pánico: lo mismo puede pasarle a mi madre, a mi
hermana.
Luego
salió el traumado que vive en mí y me acordé del afiche de una película llamada
‘Holocausto Caníbal’. Nunca la vi pero no olvidaré que en el afiche promocional
salía una mujer empalada; desnuda y bañada en sangre. De niño, ese póster me
causaba excitación y terror en igual medida.
Siempre
supe que la imagen marcaría el resto de mi vida, aunque me decepcioné cuando
salió la noticia de que la película, que se vendía como un documental real, era
en realidad una historia de ficción. Yo hubiera preferido que fuera verdadera
porque así me excitaba más. Desde entonces tengo fantasías muy cochinas, muy
bajas, ideas que nunca haré realidad, es la única forma de tener una vida
sexual sana. A diferencia del violador de Rosa Elvira, que al parecer es el
tipo de persona que disfruta que su víctima sufra.
Empalada.
Nos conmovimos porque estamos acostumbrados a la violencia política, a que los
carteles de la droga se maten entre sí, pero esta violencia sicópata que parece
importada de Estados Unidos nos vuelve vulnerables. Ya no basta retar a la
muerte por andar en cosas ilícitas, es suficiente salir a la calle. A Rosa
Elvira Cely la violaron por el hecho de ser mujer y la dejaron morir por ser
pobre.
El
crimen también desnudó al periodismo, que se cansó de usar los términos
acuñados “atroz crimen” y “brutal asesinato”, con sus variaciones “atroz
asesinato” y “brutal crimen”. Usar adjetivos es violar el idioma. La semana
pasada no fue buena para el país: una mujer fue asesinada y los periodistas
volvimos a demostrar que no sabemos expresarnos.
La
conmoción fue tal que hasta el Procurador repudió el hecho pese a ser un
nostálgico de los tiempos de la Inquisición, que empalaba a los impíos a la
mejor manera del príncipe Vlad. Se pronunció el Presidente y cada ciudadano.
Todos celebraron cuando capturaron al agresor de Rosa Elvira en Galerías (otra
razón para no simpatizar con ese barrio), y mientras el primero pidió que se
pudriera en la cárcel, algunos de los segundos exigieron que empalaran al
victimario.
¿No
es Colombia un país católico? ¿No enseña esa religión a perdonar, a ofrecer la
otra mejilla? Yo me doy licencias para odiar porque no creo en nada, ¿pero qué
hay de los creyentes? ¿Se puede amar a Dios y desearle la muerte a un
semejante? ¿Qué piensa Dios de los católicos que se alegran por el cáncer de
Hugo Chávez?
El
sábado todos, llenos de odio, pidieron que Javier Velasco Valenzuela se muriera,
se pudriera. El domingo fueron a misa y luego marcharon para celebrar lo buenas
personas que son.
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