Dos tipos de periodistas vienen a cubrir el mundial, dos estratos: el seis y el Sisbén. Al primer grupo pertenecen los de televisión, principalmente. Vienen en combo, grupos numerosos de técnicos, camarógrafos, asistentes, presentadores, narradores y comentaristas. Sus empresas les dan los tiquetes aéreos, viáticos, carros, les alquilan buenos apartamentos o los hospedan en hoteles de cuatro estrellas para arriba. Las cadenas de televisión son las que más facturan por publicidad y además tienen los derechos de transmisión, por eso se dan el lujo de traer un ejército. Univisión, por ejemplo, llegó a Brasil con 300 personas.
Luego estamos los que escribimos, que venimos al mundial y vemos los partidos desde el estadio igual, pero no nos sobran los lujos. No es que nos estemos muriendo de hambre, pero lo que no hacemos por nosotros mismos no nos lo hace nadie. Al mundial asistimos por gomosos y porque el director del medio nos sigue la cuerda, pero salvo excepciones (El Tiempo), toca rebuscársela para aguantar el mes entero.
Nos hospedamos en apartamentos modestos, nos medimos en los gastos, no vamos a restaurantes de lujo y andamos con un morral a toda hora. Porque eso sí, viajero de combate que se respete anda siempre con un morral, una especie de kit portátil por si se presenta cualquier emergencia. Repito, no nos estamos muriendo de hambre, pero si nos podemos ahorrar un real por este lado y dos por el otro, regio.
En mi caso, por ejemplo, estamos diez en un apartamento para seis. Es como un inquilinato: tres cuartos, dos baños, aunque en realidad es uno, porque el segundo es de emergencia. Es estrecho, queda al lado de la cocina y tiene la ducha encima del inodoro. Pagamos por un mes de arriendo lo que costaría en Bogotá un apartamento estrato seis, y dormimos de a tres en cuartos hechos para dos. Al principio de nuestra estadía, había que cerrar la entrada de gas de la estufa para que saliera agua caliente en la ducha, pero al tercer día el calentador sacó la mano. Llamamos a la dueña para que lo arreglará, pero no volvió a contestar el teléfono, así que ya nos resignamos y nos estamos bañando con agua fría.
Lea la entrada completa aquí
Mostrando entradas con la etiqueta El Tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Tiempo. Mostrar todas las entradas
miércoles, 25 de junio de 2014
lunes, 18 de noviembre de 2013
El Community Manager
Se armó un tierrero porque desde la cuenta de Twitter de adidas llamaron “descerebrados” a los que criticaron la nueva camiseta de la selección Colombia de fútbol. Ya saben cómo es la gente de delicada. No nos gustan los cambios y lloramos cada vez que se presenta uno. Hay que ver la que se armó cuando rediseñaron la página de El Tiempo, o las quejas cuando cambian la interfase de Facebook.
Siempre es lo mismo: matoneo verbal, lamentaciones, amenazas con cerrar la cuenta o con que nunca se va a volver a comprar el producto. Que yo sepa, el único cambio significativo que se ha tenido que reversar es el de la fórmula de la Coca-Cola; de resto, puras amenazas de consumidor dolido.
Y sí, no se debió usar ese lenguaje desde la cuenta oficial de una multinacional de prestigio, pero tengo entendido que fue un error del community, que quiso mandar el tuit por su cuenta personal y puso mal el dedo. Se trata de una equivocación que hubiera podido cometer cualquiera pero que quién sabe si se lo perdonaron. Ser community manager es de esos oficios que tienen mucho nombre y poco sueldo, como el ejecutivo de cuenta o el editor. De hecho, el community manager suele ser el coime de todos en la empresa, hasta de los periodistas, que ya es mucho decir.
Si me preguntan, bien que el tuit se haya ido por la cuenta de adidas y no por la personal del que mandó el tuit. Ni la marca de ropa ni la selección Colombia son públicos; son entes privados y uno mira si los consume o no. Si no le gusta la nueva camiseta de Colombia, pues no la compre. Y, repito, fea no es, para nada, lo que pasa es que la gente no sabe qué hacer cuando le cambian la receta.
Además, ¿qué esperaban del tipo que puso el tuit, si es un community manager? Y no se trata de pordebajear al gremio. A ese gente le pagan una miseria y le exigen al máximo. Todos le ponen tareas en las que “no se demora nada” pero que consumen todas las horas libres, y encima esperan que rindan y responda como si fuera el presidente de la empresa. Muchas veces, el medio o compañía para la que trabaja tiene un producto mediocre, pero si no se mueve bien en redes sociales culpan al community y no al que hizo el producto que se trataba de promocionar.
Ahora resulta que en las universidades existe la carrera de Community Manager y yo desde acá hago un llamado para que nadie la estudie. Con esos sueldos que pagan les va a tocar trabajar hasta los 80 años para pagar lo que debe valer un semestre de esa vaina.
Y raro, porque los community parecen ser necesarios, ve uno a todo hora que viven poniendo anuncios donde se necesita uno. Poco antes de escribir este artículo había uno en Twitter que decía: “Busco CM senior con enfoque creativo y 2 años de experiencia certificada. Enviar HV urgente. #TrabajoSíHay”. Se veía necesitado el que lo escribió, me muero por saber ver las monedas que le deben estar pagando y la leche que le deben estar sacando al elegido. Trabajo sí hay, lo que no hay es plata.
Publicada en la edición de noviembre de la revista Enter. www.enter.co
Siempre es lo mismo: matoneo verbal, lamentaciones, amenazas con cerrar la cuenta o con que nunca se va a volver a comprar el producto. Que yo sepa, el único cambio significativo que se ha tenido que reversar es el de la fórmula de la Coca-Cola; de resto, puras amenazas de consumidor dolido.
Y sí, no se debió usar ese lenguaje desde la cuenta oficial de una multinacional de prestigio, pero tengo entendido que fue un error del community, que quiso mandar el tuit por su cuenta personal y puso mal el dedo. Se trata de una equivocación que hubiera podido cometer cualquiera pero que quién sabe si se lo perdonaron. Ser community manager es de esos oficios que tienen mucho nombre y poco sueldo, como el ejecutivo de cuenta o el editor. De hecho, el community manager suele ser el coime de todos en la empresa, hasta de los periodistas, que ya es mucho decir.
Si me preguntan, bien que el tuit se haya ido por la cuenta de adidas y no por la personal del que mandó el tuit. Ni la marca de ropa ni la selección Colombia son públicos; son entes privados y uno mira si los consume o no. Si no le gusta la nueva camiseta de Colombia, pues no la compre. Y, repito, fea no es, para nada, lo que pasa es que la gente no sabe qué hacer cuando le cambian la receta.
Además, ¿qué esperaban del tipo que puso el tuit, si es un community manager? Y no se trata de pordebajear al gremio. A ese gente le pagan una miseria y le exigen al máximo. Todos le ponen tareas en las que “no se demora nada” pero que consumen todas las horas libres, y encima esperan que rindan y responda como si fuera el presidente de la empresa. Muchas veces, el medio o compañía para la que trabaja tiene un producto mediocre, pero si no se mueve bien en redes sociales culpan al community y no al que hizo el producto que se trataba de promocionar.
Ahora resulta que en las universidades existe la carrera de Community Manager y yo desde acá hago un llamado para que nadie la estudie. Con esos sueldos que pagan les va a tocar trabajar hasta los 80 años para pagar lo que debe valer un semestre de esa vaina.
Y raro, porque los community parecen ser necesarios, ve uno a todo hora que viven poniendo anuncios donde se necesita uno. Poco antes de escribir este artículo había uno en Twitter que decía: “Busco CM senior con enfoque creativo y 2 años de experiencia certificada. Enviar HV urgente. #TrabajoSíHay”. Se veía necesitado el que lo escribió, me muero por saber ver las monedas que le deben estar pagando y la leche que le deben estar sacando al elegido. Trabajo sí hay, lo que no hay es plata.
Publicada en la edición de noviembre de la revista Enter. www.enter.co
lunes, 16 de septiembre de 2013
El circo
Creo que ya había dicho que Twitter es una red de subnormales, así la veo y así me comporto. No tengo lío con el que se la toma en serio, solo que me parece que la vida ya es demasiado solemne como para asumir Twitter de la misma manera. Yo abrí cuenta para decir bobadas, y en vez de ponerme un seudónimo y una foto cualquiera, me inscribí con mi identidad y cara verdaderas. En parte porque creo que hay que poner la cara, en parte porque es bueno para el negocio. Por mis tuits me han insultado y descalificado, pero también me han contratado para que escriba artículos, que es de lo que vivo.
El hecho es que hace poco puse una de mis pesadeces características, algo así como que iba a montarme a Transmilenio a coger culos (un medio que la gente usa también para colarse sin pagar y robar celulares), y una mujer se lo tomó en serio, muy. Empezó entonces una serie de críticas donde me denunció públicamente y me acusaba con el Alcalde de Bogotá, a quien le preguntó si era posible evitar que yo cometiera tal delito.
Poco le importó a esa persona que yo haya publicado casi 40.000 tuits, cada uno más idiota que el anterior, que le explicara que llevo ocho años sin coger un Transmilenio, que nunca haya tenido problemas con la justicia, y que en realidad ese día hubiera trabajado en una oficina hasta la una de la mañana. Ella siguió, y además de acusarme con Petro, me trató de acosador sexual y me denunció también con la cuenta de Twitter de El Tiempo, diario para el que trabajé.
Hay que ser muy idiota para tomarse una barbaridad de esas en serio y muy mala leche para sapear a alguien con un empleador para que lo despidan o dejen de contratarlo para escribir artículos ocasionalmente. Nunca he entendido a los creen que Twitter es la vida real, y se indignan, y convocan marchas, y piden la renuncia de un Senador, la revocatoria de un mandato o la cancelación del TLC. Si lo que quieren es cambiar el mundo, ¿por qué no dejan de joder a personas como yo (imbéciles, pero inofensivas), levantan el jopo de la silla y van detrás de los malos?
Es que se toman todo en serio, literal. Una vez escribí que Roberto Gómez Bolaños había muerto mientras veía un reality show donde concursantes encarnaban a sus personajes más famosos (una forma de decir que el programa era malo y las interpretaciones destrozaban a los personajes) y la gente lo entendió al pie de la letra. Salí en las noticias de por lo menos cinco países, en la edición digital de la revista People, me entrevistaron por radio y el mismo Gómez Bolaños tuvo que salir a desmentir que había fallecido. Y aún así, todavía hay quien me conoce como el hombre que mató a Chespirito. Yo sigo creyendo que lo mataron aquellos que no saben interpretar las cosas.
Si a esta altura usted no se ha dado cuenta de que yo soy una especie de Silvestre Dangond de las redes sociales, un chabacán, un irresponsable, pero que eso no es más que una postura, un personaje, está jodido. Ustedes de mí pueden decir las cosas malas que quieran, menos que uso de a dos y tres hashtags y lleno los tuits de hipervinculitos azules. Soy un idiota del promedio, pero no tanto como para unirme a un TT tipo #iSad, que fue el que usaron cuando murió Steve Jobs.
Soy periodista, vivo de escribir, pero usted nunca verá en mi perfil nada de eso. En Twitter soy Adolfo Zableh, a secas, respondo por mí, no por los medios para los que trabajo. No entiendo por qué despiden a periodistas que han puesto tuits considerados inadecuados si, no importa lo que digan los expertos de redes sociales, una cosa no tiene que ver con la otra. Es como la creencia esa de que una persona adúltera no puede ser buen Presidente de un país.
El otro día vi una valla que promocionaba ‘El Alquimista’, de Paulo Coelho, y anunciaba que el libro ya había vendido 65 millones de copias. Me parece una cifra insignificante, la verdad. En el mundo hay muchos más imbéciles, y casi todos estamos en Twitter.
Publicada en la edición de septiembre de la revista Enter. www.enter.co
El hecho es que hace poco puse una de mis pesadeces características, algo así como que iba a montarme a Transmilenio a coger culos (un medio que la gente usa también para colarse sin pagar y robar celulares), y una mujer se lo tomó en serio, muy. Empezó entonces una serie de críticas donde me denunció públicamente y me acusaba con el Alcalde de Bogotá, a quien le preguntó si era posible evitar que yo cometiera tal delito.
Poco le importó a esa persona que yo haya publicado casi 40.000 tuits, cada uno más idiota que el anterior, que le explicara que llevo ocho años sin coger un Transmilenio, que nunca haya tenido problemas con la justicia, y que en realidad ese día hubiera trabajado en una oficina hasta la una de la mañana. Ella siguió, y además de acusarme con Petro, me trató de acosador sexual y me denunció también con la cuenta de Twitter de El Tiempo, diario para el que trabajé.
Hay que ser muy idiota para tomarse una barbaridad de esas en serio y muy mala leche para sapear a alguien con un empleador para que lo despidan o dejen de contratarlo para escribir artículos ocasionalmente. Nunca he entendido a los creen que Twitter es la vida real, y se indignan, y convocan marchas, y piden la renuncia de un Senador, la revocatoria de un mandato o la cancelación del TLC. Si lo que quieren es cambiar el mundo, ¿por qué no dejan de joder a personas como yo (imbéciles, pero inofensivas), levantan el jopo de la silla y van detrás de los malos?
Es que se toman todo en serio, literal. Una vez escribí que Roberto Gómez Bolaños había muerto mientras veía un reality show donde concursantes encarnaban a sus personajes más famosos (una forma de decir que el programa era malo y las interpretaciones destrozaban a los personajes) y la gente lo entendió al pie de la letra. Salí en las noticias de por lo menos cinco países, en la edición digital de la revista People, me entrevistaron por radio y el mismo Gómez Bolaños tuvo que salir a desmentir que había fallecido. Y aún así, todavía hay quien me conoce como el hombre que mató a Chespirito. Yo sigo creyendo que lo mataron aquellos que no saben interpretar las cosas.
Si a esta altura usted no se ha dado cuenta de que yo soy una especie de Silvestre Dangond de las redes sociales, un chabacán, un irresponsable, pero que eso no es más que una postura, un personaje, está jodido. Ustedes de mí pueden decir las cosas malas que quieran, menos que uso de a dos y tres hashtags y lleno los tuits de hipervinculitos azules. Soy un idiota del promedio, pero no tanto como para unirme a un TT tipo #iSad, que fue el que usaron cuando murió Steve Jobs.
Soy periodista, vivo de escribir, pero usted nunca verá en mi perfil nada de eso. En Twitter soy Adolfo Zableh, a secas, respondo por mí, no por los medios para los que trabajo. No entiendo por qué despiden a periodistas que han puesto tuits considerados inadecuados si, no importa lo que digan los expertos de redes sociales, una cosa no tiene que ver con la otra. Es como la creencia esa de que una persona adúltera no puede ser buen Presidente de un país.
El otro día vi una valla que promocionaba ‘El Alquimista’, de Paulo Coelho, y anunciaba que el libro ya había vendido 65 millones de copias. Me parece una cifra insignificante, la verdad. En el mundo hay muchos más imbéciles, y casi todos estamos en Twitter.
Publicada en la edición de septiembre de la revista Enter. www.enter.co
jueves, 7 de marzo de 2013
Noticia en desarrollo
Lo que yo necesito es un noticiero que explique lo que ocurre conmigo. Está bien saber que en Siria matan a doscientos de un tirón, que el Barcelona va mal, que Sarmiento Angulo cumplió 80 y que Andrea Serna hizo casting para presentar ‘¿Quién quiere ser millonario?’.
Pero yo quiero es que alguien me cuente qué me pasa. El otro día estuve sentado en el sofá de la casa sin moverme ni hablar durante dos horas. Reuní fuerzas para poner el noticiero y enterarme de que los cafeteros estaban en huelga pero que aún así a Santos lo habían nominado al Nobel de Paz. Se entiende que el mundo es un caos y que por eso los medios no dejan de reportar sobre él, pero uno también está hecho un desastre y ningún periodista viene a preguntar nada.
A esta altura no me interesa si Berlusconi está en problemas o qué es lo que pasó con Chávez, sino por qué aún odiando a la gente siento que los viernes en la noche algo me falta, mientras que los domingos por la tarde, cuando los demás mueren de depresión en sus casas, yo soy feliz.
Lea aquí la entrada completa
Pero yo quiero es que alguien me cuente qué me pasa. El otro día estuve sentado en el sofá de la casa sin moverme ni hablar durante dos horas. Reuní fuerzas para poner el noticiero y enterarme de que los cafeteros estaban en huelga pero que aún así a Santos lo habían nominado al Nobel de Paz. Se entiende que el mundo es un caos y que por eso los medios no dejan de reportar sobre él, pero uno también está hecho un desastre y ningún periodista viene a preguntar nada.
A esta altura no me interesa si Berlusconi está en problemas o qué es lo que pasó con Chávez, sino por qué aún odiando a la gente siento que los viernes en la noche algo me falta, mientras que los domingos por la tarde, cuando los demás mueren de depresión en sus casas, yo soy feliz.
Lea aquí la entrada completa
Suscribirse a:
Entradas (Atom)