Ahora ando con un sombrero hipster, de esos que se parecen a los que usaban los detectives de las series policíacas gringas. Lo hago no por gusto sino porque me toca: me hice una operación en la cabeza, no me puede dar el sol durante un mes y las gorras de beisbolistas no me sirven porque son muy ajustadas al cráneo.
El punto es que me siento ridículo y vivo explicándole a todo el que se me cruza la razón de mi nuevo atuendo. Mi sicóloga me dice que yo soy inseguro y que me la paso justificando todo lo que digo y hago. Es cierto, me puede la culpa y con cada acto siento que la estoy cagando. Es un infierno vivir así, flagelándose por los errores reales, los imaginarios y los ajenos, excusándose hasta por respirar. Yo me disculpo con el mundo entero por tomar gaseosa en una reunión donde los demás toman vino y por usar un sombrero hipster por necesidad.
Pero no solo por el sombrerito ese es que me avergüenzo. Es que además este es un país conservador, y no lo digo porque se escandalice cuando dos personas del mismo sexo quieren casarse o porque censuren una exposición de vaginas; no voy tan lejos. Los amigos, los suyos y los míos, son tremendamente derechistas así quieran aparentar lo contrario. Acá miran feo a la madre soltera, o peor, a la mujer que no se ha casado a los 35. Salga a la calle con un pantalón anaranjado, peluquéese raro, muestre cierta simpatía por alguna de las medidas tomadas por Gustavo Petro, diga que no cree en Dios o que Andrés Carne de Res es una porquería y lo tacharan de comunista, irreverente, loco y hasta marica (por lo del pantalón naranja).
Por eso lo del sombrerito hipster me tiene jodido y para evitar el bochorno trato de salir a la calle cuando el día está nublado o después de seis. Pero hablando de hipsters, quiero decir que yo los admiro por tener el temple de andar como se les da la gana. Los odio y deseo que se mueran, pero les envidio la personalidad, la delgadez y las hembras con las que andan. Lo que no entiendo es que usen el mismo tipo de sombrero que estoy usando yo, pero por voluntad propia.
Tienen tintes de secta los hipsters, con sus bigotes tipo Dalí (pero sin una pizca de su genialidad), rellenos de productos Apple, montados en bicicletas tipo panadero que les costaron una fortuna porque están engalladas, sus gafas de marco grueso para dárselas de intelectual, todos originales, sensibles y creativos, todos artistas o publicistas. Los hipsters locales creen que esto es Nueva York, oyen música exótica y usan cosas artesanales, no porque les guste sino por dárselas de contraculturales, y así se bañen todos los días lucen como si nunca pasaran por la ducha. Parece que se vistieran con los que a los demás les sobra pero la verdad es que invierten mucho tiempo y una fortuna en lucir descomplicados.
Muy alternativos y lo que sea, pero va mucho hipster a Alimentarte, Estéreo Picnic y Las puertas del cielo, tres eventos masivos diseñados para idiotas, así el primero de ellos sea por una buena causa. En Barranquilla, de donde vengo, no hay hipsters porque no se puede ser hipster y vivir en tierra caliente. Y si existen son segregados, porque si Bogotá se las da de cosmopolita y es en realidad un pueblo del siglo XIX, qué decir de la capital del Atlántico, donde miran raro al que no oye vallenato, no toma whisky y tiene una sola mujer. Allá no me la montarían por andar con cachucha de beisbolista, por ejemplo.
Estoy esperando a que cicatrice mi cabeza para poder retomar mi vida, ya que estos días de convaleciente los vivo como si fueran un espejismo. Tengo siempre el sombrerito hipster a mano por si me toca salir de urgencia. La última vez que pisé la calle me crucé con un tipo de sombrero, bigote y cicla de panadero que me saludó alzando las cejas, como si yo fuera uno de ellos. Debe ser una seña secreta que usan los hipsters. Lo dicho, son una secta.
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miércoles, 1 de octubre de 2014
jueves, 16 de enero de 2014
Llegué a Bogotá
Volví a Bogotá luego de las vacaciones y estoy que me chiflo. Digo, es mi casa porque aunque nací en Barranquilla acá me he hecho (a las patadas). Acá como y tengo amigos (conocidos más bien). Acá me quiero quedar hasta que mi cuerpo aguante y luego largarme para siempre a ese roto destapado que es la capital del Atlántico. Lo bueno de Bogotá es que aunque no produzca nada (solo Presidentes de la República), les da oportunidades a los que llegamos de afuera porque es la única ciudad de Colombia.
Y lo de ciudad es una figura decorativa, porque esta vaina es en realidad un pueblo, y no me refiero a sus trancones y sus calles rotas, a sus taxímetros adulterados ni a sus precios inflados en restaurantes y finca raíz. Hablo de su gente. Bogotá es unipensamiento, llena de reprimidos que se creen de mundo pero que en realidad son bien provincianos. Católicos conservadores defensores de la familia, la tradición y la propiedad. Y aunque tiene 7 millones de habitantes, se mueve por pequeñas castas donde las mismos cuatro gatos se rotan unos con otros.
Son tan atrasados que cuando alguien llega a un restaurante estrato seis muchos voltean a ver quién entró; eso es subdesarrollo. Yo en esta ciudad he visto gente de 60 años preguntarle a otra de qué colegio se graduó, solo para poder referenciarla y saber cómo tratarla.
lunes, 2 de diciembre de 2013
Un pueblo mal alimentado
Siempre he dicho que Bogotá es una tierra tan estéril que lo único que produce es Presidentes de la República. Tiene la gran virtud de darnos a los de afuera las oportunidades que no hubiéramos tenido en nuestras regiones, y por eso le voy a estar eternamente agradecido. Pero si uno mira bien, la tierra como tal no es que dé mucho, en especial músicos populares, futbolistas y comida.
De la comida es que me voy a ocupar porque en Bogotá sí que se come mal. Usted entra a un restaurante en cualquier otro lugar de Colombia y va a la fija, no necesita ir a un sitio de lujo para comer bien y barato. En Bogotá, en cambio, si no es en esos lugares donde cobran como si estuviéramos en París (y eso), la comida es bien regular; insípida, como los bogotanos. Aquí, algunos ejemplos.
* Hace unos meses fue noticia nacional la historia del tipo que se inventó el Chocoramo. Prefiero comer comida de perro vencida que esa vaina. Postre infecto, brownie de pobre que se deshace en boronas apenas se muerde y que ni siquiera está recubierto de chocolate: tiene una cubierta de grasa con color y sabores artificiales.
* Los bogotanos se enorgullecen de sus empanadas y no ve uno por qué, si están llenas de arroz. Uno pide una empanada de carne y es de arroz con trocitos de carne molida; si es de pollo, viene repleta de arroz con tres hebras de pollo. Y para que sepan a algo se les tiene que echar tres litros de ají.
* En Bogotá se come tan mal que la gente hace fila para almorzar en Crepes & Waffles. Es un producto bien armado, cómo negarlo: buenas instalaciones, carta completa, precios decentes. Tengo entendido que las meseras son madres cabeza de familia, lo que hace de la cadena algo de admirar. Sin embargo, la comida es insípida, bonita y limpia, pero sin alma, como para gente con el alma muerta. Sólo en una ciudad con mala comida un restaurante así podía triunfar.
* El ajiaco es una vaina muy buena, así como la fritanga y el lomo al trapo, pero coja usted una sopa como la changua y se daña todo el repertorio. Plato de jubilado, de anciano moribundo. ¿Cómo le van a meter huevo a una sopa? Huevo tienen también la papa rellena y el cachaco cuando se pone a cocinar.
* Existe otro buen plato: el tamal, que aunque en teoría es tolimense, tienen su versión bogotana. Hasta ahí bien, pero, ¿cómo es posible que el tamal con chocolate sea una tradición? Digo, ¿se come un masacote de esos y toca pasárselo con una bebida dulce y caliente? Qué poco estilo.
* Una pregunta. ¿Por qué no dejan de ser tan hijueputas en esta ciudad y cortan ese inmundo hábito de comer cosas saladas rellenas con guayaba y bocadillo?
* Como si esto fuera un menú, de último vienen los postres. Hay que ser muy muerto de hambre para comer dulce de papayuela, merengón, fresas con cremas, brevas con arequipe, cuajada con melao y postre de natas, que además viene coronado por uvas pasas, que es de lo asqueroso que creó Dios. Y encima la gente los compra los domingos en la tarde en baúles de carros viejos parqueados junto a la carretera. Digo, ¿es esa la mejor forma de enfrentar la dura jornada laboral que empieza horas después?
Publicada en la edición de noviembre de Cartel urbano. www.cartelurbano.com
De la comida es que me voy a ocupar porque en Bogotá sí que se come mal. Usted entra a un restaurante en cualquier otro lugar de Colombia y va a la fija, no necesita ir a un sitio de lujo para comer bien y barato. En Bogotá, en cambio, si no es en esos lugares donde cobran como si estuviéramos en París (y eso), la comida es bien regular; insípida, como los bogotanos. Aquí, algunos ejemplos.
* Hace unos meses fue noticia nacional la historia del tipo que se inventó el Chocoramo. Prefiero comer comida de perro vencida que esa vaina. Postre infecto, brownie de pobre que se deshace en boronas apenas se muerde y que ni siquiera está recubierto de chocolate: tiene una cubierta de grasa con color y sabores artificiales.
* Los bogotanos se enorgullecen de sus empanadas y no ve uno por qué, si están llenas de arroz. Uno pide una empanada de carne y es de arroz con trocitos de carne molida; si es de pollo, viene repleta de arroz con tres hebras de pollo. Y para que sepan a algo se les tiene que echar tres litros de ají.
* En Bogotá se come tan mal que la gente hace fila para almorzar en Crepes & Waffles. Es un producto bien armado, cómo negarlo: buenas instalaciones, carta completa, precios decentes. Tengo entendido que las meseras son madres cabeza de familia, lo que hace de la cadena algo de admirar. Sin embargo, la comida es insípida, bonita y limpia, pero sin alma, como para gente con el alma muerta. Sólo en una ciudad con mala comida un restaurante así podía triunfar.
* El ajiaco es una vaina muy buena, así como la fritanga y el lomo al trapo, pero coja usted una sopa como la changua y se daña todo el repertorio. Plato de jubilado, de anciano moribundo. ¿Cómo le van a meter huevo a una sopa? Huevo tienen también la papa rellena y el cachaco cuando se pone a cocinar.
* Existe otro buen plato: el tamal, que aunque en teoría es tolimense, tienen su versión bogotana. Hasta ahí bien, pero, ¿cómo es posible que el tamal con chocolate sea una tradición? Digo, ¿se come un masacote de esos y toca pasárselo con una bebida dulce y caliente? Qué poco estilo.
* Una pregunta. ¿Por qué no dejan de ser tan hijueputas en esta ciudad y cortan ese inmundo hábito de comer cosas saladas rellenas con guayaba y bocadillo?
* Como si esto fuera un menú, de último vienen los postres. Hay que ser muy muerto de hambre para comer dulce de papayuela, merengón, fresas con cremas, brevas con arequipe, cuajada con melao y postre de natas, que además viene coronado por uvas pasas, que es de lo asqueroso que creó Dios. Y encima la gente los compra los domingos en la tarde en baúles de carros viejos parqueados junto a la carretera. Digo, ¿es esa la mejor forma de enfrentar la dura jornada laboral que empieza horas después?
Publicada en la edición de noviembre de Cartel urbano. www.cartelurbano.com
jueves, 31 de octubre de 2013
Todo el mundo quiere sacarle algo a alguien
Voy a decirlo de una vez porque no me gusta andar con rodeos: estoy cansado de que traten de meterme la verga sin mi permiso. Suena feo, pero tengo tal fama de patán que un vergazo más o un vergazo menos no hace la diferencia.
Para empezar, en este momento tengo cuatro cuentas de cobro embolatadas porque a veces parece que quienes lo contratan a uno con tanta urgencia hicieran después todo lo posible para no pagar. Eso sí, el trabajo que encargan se tiene que entregar puntual o no vuelven a llamar. Vivir del freelance me ha enseñado que uno no se tiene que esforzar en escribir el artículo a satisfacción, sino en lidiar con los procesos de las cuentas de cobro, que bien desgastantes que son. De ahora en adelante voy a trabajar igual a los que me encargan trabajo: entrega de artículos solo lunes de 2 a 5 p.m.
Por otro lado, ando buscando apartamento y no puedo más. Me he concentrado en Rosales, que es lo que me gusta porque soy un arribista, pero todo está carísimo. Dicen lo mismo cada vez que me muestran uno: “un cuarto, sala-comedor, cocina, depósito y garaje. Dos millones, más administración. El apartamento está totalmente remodelado y el edificio tiene un bonito jardín”, como si uno a esta edad estuviera para salir a retozar en un jardín comunal. Y lo dicen con ese acento cachaco todo educado, de gente divinamente de toda la vida, pero cuando le botan a uno el precio lo ofenden porque no hay derecho que en este roto de ciudad se manejen esos precios. Cuando la burbuja explote y nos vayamos todos a la mierda la culpa va a ser de ellos, que se hacen los maricas con la excusa de que “A eso está el mercado”, cuando lo cierto es que el mercado lo hacen ellos mismos.
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Para empezar, en este momento tengo cuatro cuentas de cobro embolatadas porque a veces parece que quienes lo contratan a uno con tanta urgencia hicieran después todo lo posible para no pagar. Eso sí, el trabajo que encargan se tiene que entregar puntual o no vuelven a llamar. Vivir del freelance me ha enseñado que uno no se tiene que esforzar en escribir el artículo a satisfacción, sino en lidiar con los procesos de las cuentas de cobro, que bien desgastantes que son. De ahora en adelante voy a trabajar igual a los que me encargan trabajo: entrega de artículos solo lunes de 2 a 5 p.m.
Por otro lado, ando buscando apartamento y no puedo más. Me he concentrado en Rosales, que es lo que me gusta porque soy un arribista, pero todo está carísimo. Dicen lo mismo cada vez que me muestran uno: “un cuarto, sala-comedor, cocina, depósito y garaje. Dos millones, más administración. El apartamento está totalmente remodelado y el edificio tiene un bonito jardín”, como si uno a esta edad estuviera para salir a retozar en un jardín comunal. Y lo dicen con ese acento cachaco todo educado, de gente divinamente de toda la vida, pero cuando le botan a uno el precio lo ofenden porque no hay derecho que en este roto de ciudad se manejen esos precios. Cuando la burbuja explote y nos vayamos todos a la mierda la culpa va a ser de ellos, que se hacen los maricas con la excusa de que “A eso está el mercado”, cuando lo cierto es que el mercado lo hacen ellos mismos.
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miércoles, 9 de octubre de 2013
Buscando a mi madre
Fui a ver la última película de Woody Allen y terminé encontrando a mi madre. La protagonista de la historia es una millonaria que queda casi en la calle luego de que su esposo se arruina y esa una mezcla caricaturizada de ella con mis dos últimas exnovias. De mi mamá tiene el haber conocido el lado duro de la vida luego de que perdiéramos hasta los calzoncillos, mientras que de una de mis ex tiene el parecer una persona normal y salir de pronto con ataques de pánico y otros desequilibrios que uno no entiende. Mi otra exnovia está reflejada en esa habilidad que tienen ciertas mujeres en fijarse en la posición socioeconómica de los hombres con los que se meten, pero hacer como si no fuera importante para ellas.
Y eso pasa porque uno suele buscar lo que vio en casa, sin quererlo o queriéndolo. Yo tengo amigos que dicen de frente que ellos se quieren casar con una mujer igual a su madre, mientras que otros están casados con ella porque así lo persiguieron toda la vida, pero sin saberlo.
Yo lidio con la impresión de haberme metido siempre con las mujeres que no debería, de estar atrapado en una cárcel que escogí voluntariamente. Vivo enamorado de las cachacas estrato seis porque mi mamá lo fue alguna vez. Luego se mudó a Barranquilla y se casó con un costeño clase media, pero nunca perdió su esencia. Durante años ella fue la única cachaca que conocí y cuando me vine a vivir a Bogotá entendí porque nunca había tenido novia en mi ciudad: a mí no me gustan las costeñas ni las caleñas, ni las paisas. A mí lo que me gusta son las bogotanas, ojalá de estrato 6, para que sean bien ricas y bien arpías.
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Y eso pasa porque uno suele buscar lo que vio en casa, sin quererlo o queriéndolo. Yo tengo amigos que dicen de frente que ellos se quieren casar con una mujer igual a su madre, mientras que otros están casados con ella porque así lo persiguieron toda la vida, pero sin saberlo.
Yo lidio con la impresión de haberme metido siempre con las mujeres que no debería, de estar atrapado en una cárcel que escogí voluntariamente. Vivo enamorado de las cachacas estrato seis porque mi mamá lo fue alguna vez. Luego se mudó a Barranquilla y se casó con un costeño clase media, pero nunca perdió su esencia. Durante años ella fue la única cachaca que conocí y cuando me vine a vivir a Bogotá entendí porque nunca había tenido novia en mi ciudad: a mí no me gustan las costeñas ni las caleñas, ni las paisas. A mí lo que me gusta son las bogotanas, ojalá de estrato 6, para que sean bien ricas y bien arpías.
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jueves, 3 de octubre de 2013
A mí me mataron la ilusión
A mí me mataron la ilusión bien chiquito. Nunca me compraron la batería que quería, ni me llevaron a Disneylandia, ni me prestaron el carro de la casa. Suena a poco, pero es porque los adultos solemos minimizar los problemas de los niños. Y no se despiste, porque para un niño, que lo deje el bus del colegio es tan grave como para un adulto perder la casa. Los dos miedos son legítimos porque en ambos casos se siente como si el mundo se cayera.
No haber obtenido durante mi infancia las cosas que deseaba hizo que ahora de adulto sea un resentido que se alegra con la desgracia ajena. Cada vez que usted sufre por bobadas como que su equipo de fútbol perdió una final, yo gozo. Me da más felicidad su amargura que mi propia alegría porque ya estoy muy viejo para empezar a ser feliz.
A mí me rompieron el corazón de niño, y en mi casa, que es lo que más duele. Desde los diez años me despertaba a ver el Tour de Francia y apenas mis piernas pudieron alcanzar los pedales me obsesioné con una bicicleta de carreras. Me inscribía en competencias del colegio pese a tener una bicicleta de cross y, claro, siempre quedaba de último porque no estaba hecha para ser rápida sino para saltar rampas en destapado. Yo esperaba que mi padre se conmoviera con mi situación, que viera mi empeño en volverme en el Luis Herrera costeño y me diera esa bicicleta de carreras; nunca pasó.
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No haber obtenido durante mi infancia las cosas que deseaba hizo que ahora de adulto sea un resentido que se alegra con la desgracia ajena. Cada vez que usted sufre por bobadas como que su equipo de fútbol perdió una final, yo gozo. Me da más felicidad su amargura que mi propia alegría porque ya estoy muy viejo para empezar a ser feliz.
A mí me rompieron el corazón de niño, y en mi casa, que es lo que más duele. Desde los diez años me despertaba a ver el Tour de Francia y apenas mis piernas pudieron alcanzar los pedales me obsesioné con una bicicleta de carreras. Me inscribía en competencias del colegio pese a tener una bicicleta de cross y, claro, siempre quedaba de último porque no estaba hecha para ser rápida sino para saltar rampas en destapado. Yo esperaba que mi padre se conmoviera con mi situación, que viera mi empeño en volverme en el Luis Herrera costeño y me diera esa bicicleta de carreras; nunca pasó.
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jueves, 1 de agosto de 2013
Taras
Lo que me sorprende es que no se note lo inseguro que soy. El otro día llegué a la casa y tenía en Facebook el mensaje de una mujer que decía que me había reconocido en la calle y no se había acercado por miedo. Raro, si al que le aterran los desconocidos es a mí, ¿o por qué cree que tartamudeo tanto?
Ignoro qué pasó en mi infancia o qué tipo de educación recibí para ser así, pero el hecho es que mi inseguridad pasa por muchas cosas: no digo cuándo cumplo porque me siento miserable cuando recibo regalos y reconocimientos. Aún peor, soy tan miedoso que guardo en mi casa al menos una decena de regalos que compré y nunca entregué, convencido de que a la persona no le gustaría.
Salvo una vez, nunca he tenido el sueldo que creo merecer. He vivido resentido en silencio porque gano menos de lo que debería y no tengo los pantalones para protestar ni el emprendimiento para esforzarme más, que me lo reconozcan y me den un aumento. A las persona que nos sentimos subvaloradas nos emputan los restaurantes donde te abren la bebida y en vez de vender comida “brindan experiencias gastronómicas”, porque lo que están es robando. El otro día fui a un sitio donde una hamburguesa costaba $46.000. Para que tenga una idea de cómo está el mercado del periodismo, un artículo podrían pagarlo con cinco hamburguesas de esas (sin gaseosa). De ahí la rabia con la vida.
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Ignoro qué pasó en mi infancia o qué tipo de educación recibí para ser así, pero el hecho es que mi inseguridad pasa por muchas cosas: no digo cuándo cumplo porque me siento miserable cuando recibo regalos y reconocimientos. Aún peor, soy tan miedoso que guardo en mi casa al menos una decena de regalos que compré y nunca entregué, convencido de que a la persona no le gustaría.
Salvo una vez, nunca he tenido el sueldo que creo merecer. He vivido resentido en silencio porque gano menos de lo que debería y no tengo los pantalones para protestar ni el emprendimiento para esforzarme más, que me lo reconozcan y me den un aumento. A las persona que nos sentimos subvaloradas nos emputan los restaurantes donde te abren la bebida y en vez de vender comida “brindan experiencias gastronómicas”, porque lo que están es robando. El otro día fui a un sitio donde una hamburguesa costaba $46.000. Para que tenga una idea de cómo está el mercado del periodismo, un artículo podrían pagarlo con cinco hamburguesas de esas (sin gaseosa). De ahí la rabia con la vida.
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jueves, 4 de abril de 2013
Acabo de dejar el corazón
Acabo de dejar el corazón en Barranquilla. En Semana Santa fui a la ciudad donde nací a ver si se me pasaba el amargue, pero amargarme es lo mío. Llegué acompañado y regresé solo. El solo es un decir, porque tengo a la persona en la silla de al lado del avión que me lleva de regreso a Bogotá pero es como si no estuviera. Llevamos tres horas juntos y apenas nos hemos hablado, supongo que es lo que le pasa a la gente que deja de quererse.
En Barranquilla vuelvo a ser Adolfito, a andar en sandalias (cuando no descalzo); duermo siesta, me fían en la tienda y como donde los primos. En Barranquilla bajo mangos de los palos (los mangos tienen la forma del corazón que acabo de dejar). Hay quien va a darle mate a su corazón en Cartagena, pero yo preferí ir a mi ciudad porque nada tan bello como ser derrotado en casa.
El asunto es que me empezó un ataque de angustia desde antes de tomar el avión de ida porque sabía lo que se venía. Es raro cuando la persona que lo era todo deja de serlo en un solo giro, y cuando tomamos decisiones que cambian la vida con la espontaneidad de quien va derecho por una calle y sin más decide voltear por la esquina. Así deberíamos ser para todo.
Entonces fue pasar toda la semana con dolor de estómago, como si algo no estuviera en su sitio. Conviví en silencio con la incertidumbre de haber cometido algún error sin siquiera haber hecho nada. Esa fue la constante de la relación, solo que antes nos queríamos. Ahora, sin besos de por medio, el sentimiento de culpa me resulta muy duro de llevar.
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En Barranquilla vuelvo a ser Adolfito, a andar en sandalias (cuando no descalzo); duermo siesta, me fían en la tienda y como donde los primos. En Barranquilla bajo mangos de los palos (los mangos tienen la forma del corazón que acabo de dejar). Hay quien va a darle mate a su corazón en Cartagena, pero yo preferí ir a mi ciudad porque nada tan bello como ser derrotado en casa.
El asunto es que me empezó un ataque de angustia desde antes de tomar el avión de ida porque sabía lo que se venía. Es raro cuando la persona que lo era todo deja de serlo en un solo giro, y cuando tomamos decisiones que cambian la vida con la espontaneidad de quien va derecho por una calle y sin más decide voltear por la esquina. Así deberíamos ser para todo.
Entonces fue pasar toda la semana con dolor de estómago, como si algo no estuviera en su sitio. Conviví en silencio con la incertidumbre de haber cometido algún error sin siquiera haber hecho nada. Esa fue la constante de la relación, solo que antes nos queríamos. Ahora, sin besos de por medio, el sentimiento de culpa me resulta muy duro de llevar.
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jueves, 14 de marzo de 2013
Dejarse ir
Estoy que suelto todo y me voy a vivir a un cuarto, porque recluirse en el cuarto de una casa ajena es el retiro definitivo. Estoy que entrego el apartamento y me les pierdo a todos: amigos, familia, novia, jefe; estoy que renuncio a la vida. Voy a dejar de mandar hojas de vida, de pagar la retefuente y los recibos; pienso salirme del TV cable y del plan de celular (si los operadores me dejan).
Estoy que me voy a Los Mártires, un barrio de Bogotá que suena a pobreza, a una pieza de esas que se pagan por días. Estoy que dejo de cotizar en el fondo de pensiones y me desafilio a la EPS para que el día que me enferme me dejen morir en un hospital de beneficencia. Los hospitales también deberían desistir de salvar vidas, que siete mil millones es un abuso.
Admiro a los que se levantan cada mañana, que no se sueltan por temor a morir de hambre, a quedar en la calle. Es gente que no puede dejarse ir porque hay quien depende de ella. Yo, en cambio, estoy haciendo un plan de retiro donde, además de irme a una pieza, me vestiré con ropa usada, renunciaré a la televisión, leeré libros viejos y escribiré a mano. Cuando lo necesite, me comunicaré con minutos de celular de la calle y calmaré el hambre con perros de $2000 que vienen con gaseosa.
Lea aquí la entrada completa
Estoy que me voy a Los Mártires, un barrio de Bogotá que suena a pobreza, a una pieza de esas que se pagan por días. Estoy que dejo de cotizar en el fondo de pensiones y me desafilio a la EPS para que el día que me enferme me dejen morir en un hospital de beneficencia. Los hospitales también deberían desistir de salvar vidas, que siete mil millones es un abuso.
Admiro a los que se levantan cada mañana, que no se sueltan por temor a morir de hambre, a quedar en la calle. Es gente que no puede dejarse ir porque hay quien depende de ella. Yo, en cambio, estoy haciendo un plan de retiro donde, además de irme a una pieza, me vestiré con ropa usada, renunciaré a la televisión, leeré libros viejos y escribiré a mano. Cuando lo necesite, me comunicaré con minutos de celular de la calle y calmaré el hambre con perros de $2000 que vienen con gaseosa.
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lunes, 2 de julio de 2012
Cibertristeza
No estoy bien desde que supe que el amor de mi vida se casó
con un tipo que usa gomina. Se conocieron por Facebook y se enamoraron por chat
de BlackBerry; yo me enteré de su matrimonio por Twitter. Twitter me deprime a
la manera en que se deprimen los adolescentes enamoradizos, nada serio en
realidad.
Tengo, en cambio, una amiga que es adicta a Twitter y sí se
deprime en realidad, en parte porque está médicamente comprobado que la
depresión ataca más a las mujeres que a los hombres.
Tiene unos veinte mil seguidores y me cuenta que pasa horas
en la red social haciendo nada, tuiteando y leyendo tuits. Se acuesta tarde en
la noche y le toma horas dormir porque la agobia el sentimiento de culpa por
haber perdido el tiempo.
Es posible que mi amiga, usted y yo suframos de una
enfermedad llamada Fomo, que no es otra cosa que espiar en internet a otras
personas con la intención de
comprobar que tienen una vida mejor que la nuestra. Todos los días estamos expuestos a
tantas toneladas de videos y fotos de nuestros amigos que no nos queda otra que
envidiarlos. Enfermedades ridículas con nombres ridículos que se adaptan
perfecto a los tiempos ridículos en que vivimos. Parece increíble que podamos
odiar nuestra vida porque a nuestro perfil de Facebook le hacen falta más
álbumes de paseos a tierra caliente.
Hay días en los que me quedo quieto frente al computador,
como un zombie, mirando durante horas el timeline, los retuits y las menciones.
Procrastino y aplazo mis obligaciones. Luego tomo fuerzas y empiezo a trabajar,
pero ya estoy lleno de odio por haber perdido toda la mañana, igual que mi
amiga.
Twitter nos vuelve cínicos, irónicos, y la ironía genera
violencia. Yo tengo días en los que después de tuitear me siento desgastado,
como cuando me iba a los golpes en el colegio o tengo un orgasmo culposo. Se
siente uno una mala persona luego de haber botado energía de mala manera.
Pero Twitter no es malo, da para todo y ni el mismo tipo que
se lo inventó sabe para qué sirve. Gustavo Petro ha gobernado a Bogotá desde su
cuenta, la gente convoca marchas, se indigna por intrascendencias y por temas
serios, propone campañas sociales y populariza hashtags. No importa lo que
creamos y lo mucho que redactemos mensajes de hasta 140 caracteres, el mundo no
se cambia desde Twitter.
Un hashtag es como un adjetivo: sirve para demostrar nuestra
impotencia en el uso del idioma. Existen unos impresentables como
#NoEsQueSeasPerraPero, que tiene el honor de haber sido hace poco el Trending
Topic número uno en Colombia. Hay otros no tan malos, y en ocasiones no puedo
resistirme y participo. Cada vez que uso un hashtag siento que acabo de enterarme de que el amor de mi vida se casó con un tipo que usa
gomina, o que me doy golpes en el colegio. O que tuve un
orgasmo culposo.
No hay hashtags buenos así como no hay orgasmos placenteros.
Todo es una burbuja. De golpe el amor de mi vida no era el amor de mi vida, y
lo que tengo no es despecho sino un grave caso de Fomo. Imposible no odiarse
por ser víctima de esta tristeza de tres pesos, una cibertristeza.
Publicado en la edición de junio de la revista Enter. www.enter.co
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