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jueves, 16 de enero de 2014

Llegué a Bogotá

Volví a Bogotá luego de las vacaciones y estoy que me chiflo. Digo, es mi casa porque aunque nací en Barranquilla acá me he hecho (a las patadas). Acá como y tengo amigos (conocidos más bien). Acá me quiero quedar hasta que mi cuerpo aguante y luego largarme para siempre a ese roto destapado que es la capital del Atlántico. Lo bueno de Bogotá es que aunque no produzca nada (solo Presidentes de la República), les da oportunidades a los que llegamos de afuera porque es la única ciudad de Colombia.

Y lo de ciudad es una figura decorativa, porque esta vaina es en realidad un pueblo, y no me refiero a sus trancones y sus calles rotas, a sus taxímetros adulterados ni a sus precios inflados en restaurantes y finca raíz. Hablo de su gente. Bogotá es unipensamiento, llena de reprimidos que se creen de mundo pero que en realidad son bien provincianos. Católicos conservadores defensores de la familia, la tradición y la propiedad. Y aunque tiene 7 millones de habitantes, se mueve por pequeñas castas donde las mismos cuatro gatos se rotan unos con otros. 

Son tan atrasados que cuando alguien llega a un restaurante estrato seis muchos voltean a ver quién entró; eso es subdesarrollo. Yo en esta ciudad he visto gente de 60 años preguntarle a otra de qué colegio se graduó, solo para poder referenciarla y saber cómo tratarla.

lunes, 2 de julio de 2012

Cibertristeza

No estoy bien desde que supe que el amor de mi vida se casó con un tipo que usa gomina. Se conocieron por Facebook y se enamoraron por chat de BlackBerry; yo me enteré de su matrimonio por Twitter. Twitter me deprime a la manera en que se deprimen los adolescentes enamoradizos, nada serio en realidad. 

Tengo, en cambio, una amiga que es adicta a Twitter y sí se deprime en realidad, en parte porque está médicamente comprobado que la depresión ataca más a las mujeres que a los hombres.

Tiene unos veinte mil seguidores y me cuenta que pasa horas en la red social haciendo nada, tuiteando y leyendo tuits. Se acuesta tarde en la noche y le toma horas dormir porque la agobia el sentimiento de culpa por haber perdido el tiempo.

Es posible que mi amiga, usted y yo suframos de una enfermedad llamada Fomo, que no es otra cosa que espiar en internet a otras personas con la intención de  comprobar que tienen una vida mejor que la nuestra.  Todos los días estamos expuestos a tantas toneladas de videos y fotos de nuestros amigos que no nos queda otra que envidiarlos. Enfermedades ridículas con nombres ridículos que se adaptan perfecto a los tiempos ridículos en que vivimos. Parece increíble que podamos odiar nuestra vida porque a nuestro perfil de Facebook le hacen falta más álbumes de paseos a tierra caliente.

Hay días en los que me quedo quieto frente al computador, como un zombie, mirando durante horas el timeline, los retuits y las menciones. Procrastino y aplazo mis obligaciones. Luego tomo fuerzas y empiezo a trabajar, pero ya estoy lleno de odio por haber perdido toda la mañana, igual que mi amiga.

Twitter nos vuelve cínicos, irónicos, y la ironía genera violencia. Yo tengo días en los que después de tuitear me siento desgastado, como cuando me iba a los golpes en el colegio o tengo un orgasmo culposo. Se siente uno una mala persona luego de haber botado energía de mala manera.

Pero Twitter no es malo, da para todo y ni el mismo tipo que se lo inventó sabe para qué sirve. Gustavo Petro ha gobernado a Bogotá desde su cuenta, la gente convoca marchas, se indigna por intrascendencias y por temas serios, propone campañas sociales y populariza hashtags. No importa lo que creamos y lo mucho que redactemos mensajes de hasta 140 caracteres, el mundo no se cambia desde Twitter.

Un hashtag es como un adjetivo: sirve para demostrar nuestra impotencia en el uso del idioma. Existen unos impresentables como #NoEsQueSeasPerraPero, que tiene el honor de haber sido hace poco el Trending Topic número uno en Colombia. Hay otros no tan malos, y en ocasiones no puedo resistirme y participo. Cada vez que uso un hashtag siento que acabo de enterarme de que el amor de mi vida se casó con un tipo que usa gomina, o que me doy golpes en el colegio. O que tuve un orgasmo culposo.

No hay hashtags buenos así como no hay orgasmos placenteros. Todo es una burbuja. De golpe el amor de mi vida no era el amor de mi vida, y lo que tengo no es despecho sino un grave caso de Fomo. Imposible no odiarse por ser víctima de esta tristeza de tres pesos, una cibertristeza.

Publicado en la edición de junio de la revista Enter. www.enter.co

lunes, 2 de enero de 2012

El amor es el cáncer

Antonella Petro trae loca a la gente; su cara, su vestidito de flores y su saquito de lana están en todos los medios. Gustavo, su padre, la usó ayer como caballo de batalla para que pensáramos que es humano. No lo es, los políticos son menos que personas, que ya es mucho decir. Ya sea usted un dirigente elegido por votos o un terrorista, usar como escudo a una niña de cinco años es inhumano.

Y todo porque el amor filial está sobrevalorado. Todo el amor lo está. El amor es, en realidad, el cáncer del mundo.

Cuando usted ama mucho se vuelve egoísta, violento, uno hace lo que sea por amor, y “lo que sea” son también cosas malas. Gustavo Petro ha hecho todo en esta vida por sus hijos, y lo seguirá haciendo. Se entiende, es humano.

Hace unos meses, Antanas Mockus me contó la historia de un político corrupto con el que coincidió en un avión. Me dijo que en un comienzo se resistió a hablarle, que fue sentir rabia apenas verlo, pero que a mitad del vuelo no pudo más y se acercó para reclamarle por sus actos.

Pero empezaron a hablar, y Mockus descubrió que era un padre amoroso, un hombre de familia capaz de dar todo por su mujer y sus hijos, y que de inmediato pensó que ojalá todos los papas de Colombia fueran así.

Yo creo lo contrario. Ojalá ningún ser humano fuera así, porque de nada sirve amar a la gente cercana y despreciar al de la esquina; es una actitud que genera infelicidad. Aterra pensar que la gente se muere de hambre para que los políticos corruptos que adoran a sus hijos puedan darles una vida a todo dar. Amar a la madre sobre todas las cosas y pasarse por el forro al resto de la humanidad no nos hace mejores personas. El amor a Dios es quizá lo peor que nos ha pasado.

Los padres hacen lo que sea por sus hijos y eso no siempre es bueno, aunque no siempre es malo. Hay una amiga que en este momento tiene la vida al revés: está cansada de su trabajo y de su matrimonio, su hija de siete años es lo único que la motiva a levantarse cada mañana. Cuando está con ella finge comer frutas y verduras, dormir temprano, se esfuerza para que la vida parezca un cuento feliz; cuando no la ve, come grasa, duerme a deshoras y llora por lo que pudo ser y no fue. Dice mi amiga que un hijo nos hace ser mejores a la fuerza. A la fuerza, es cierto, si de nosotros dependiera seríamos unos cabrones las 24 horas del día

Lo que da miedo con Antonella es que siga los pasos de Simón Gaviria, de Junior Turbay, de Andrés y Santiago Pastrana, y que de la ternura pasemos al asco. No nos derritamos con la pequeña cachetoncita, que el que nos gobierna es el papá.