jueves, 14 de febrero de 2013

Esa porquería

La semana pasada habíamos quedado en que el amor era una porquería. 24 horas después mi hermana me avisaba por DM que había roto fuente. Isabel será una niña amada por sus padres y también por su tío, que la querrá a su manera. Haré lo mejor que pueda porque, aunque sería un padre de puta madre, ella será lo más cercano a una hija que pienso tener ya que no me agrada la gente y no me gusta contaminar.

El amor es finito, no alcanza para todos. Mientras más ama uno a los seres cercanos, entre más paciencia y devoción les tiene, más odia a los extraños. Uno necesita odiar, y odiar a un desconocido es muy fácil así haya hermanos que no se puedan ni ver. Entre más amor hay en los comerciales de Coca-Cola, más podrido está el mundo.

¿Por qué admiramos a los que demuestran amor a sus padres, a sus hijos, si querer a un familiar es fácil? Somos raros, mataríamos a cualquier desconocido que se acercara a la ventana del carro si tuviéramos una pistola a la mano, pero nos derretimos por los animales, por ejemplo. Todos nos enternecimos con la noticia del perro que se la pasa en la tumba de su dueño fallecido, pero es una compasión de mentiras. Cosas como esa se convierten en la historia del día porque la gente es estúpida. Los perros también.

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lunes, 11 de febrero de 2013

Es muy difícil salirse

Suena el teléfono, es una amiga, me pide que la acompañe al lanzamiento del disco de su ex novio. Yo le aconsejo que no vaya, que le va a hacer daño. Ella sabe que tengo razón pero termina asistiendo porque nunca ha tenido el temple suficiente para zafarse de las relaciones de un solo impulso, ¿quién lo tiene?

A mí me cuesta soltar, ya no una relación sentimental, sino mi plan de celular. En la compañía a la que estoy suscrito desde hace once años hacen todo lo posible por retenerme cada vez que he amenazado con irme.

Mi empresa de telefonía móvil me ha cobrado llamadas a larga distancia que no he hecho, megas de internet que no he navegado, me ha colgado cuando llamo a quejarme y ahora no me deja colgar fotos en Twitter, pero yo sigo ahí porque tengo entendido que la competencia es igual de perversa. La última vez traté de pasarme de pospago a prepago y me dijeron que si lo hacía perdería mis beneficios. (¿Qué beneficio diferente a pagar la factura sin falta cada mes tenemos los usuarios?).

Cuando llegamos a comprar un celular nos dicen que sí a lo que pidamos, todo es “como tú quieras”. Luego nos pasan una manotada de papeles y firmamos como si nos estuvieran pidiendo autógrafos; podríamos estar firmando un permiso para que nos extrajeran el hígado e igual aceptaríamos porque un smartphone nuevo es una de esas cosas que dan alegría, aunque no debería.

El hecho es que el trámite para salirse no es tan sencillo. La vuelta no se puede hacer por teléfono, para empezar, sino en persona, y usted sabe lo que es el caos en un centro de atención al cliente. Así lo van desmotivando a uno. Los que nos atrevemos recibimos, después de haber hecho una fila que no resuelve nada, un bombardeo de llamadas donde nos regalan minutos a precio de huevo, que no son otra cosa que promociones que con el tiempo dejarán de serlo. De hecho a mí me ofrecieron una buena tarifa por no cambiarme de pos a pre, aunque no la acepté solo para no darles el gusto. Luego de un par de meses terminé volviendo y aceptando sin chistar todas las políticas y condiciones de uso porque no me quedaba de otra y además venían en una letra muy chiquita.

Salirse de la familia es imposible, no hay cómo negar a la madre; abandonar el crimen es también tarea difícil, vea usted si no cuántas desmovilizaciones de paramilitares falsas se han hecho en este país. Grecia no se ha salido de la Zona Euro porque le valdría $276.000 millones. A nosotros, que andamos en bus y somos medianamente honrados, desprendernos de la EPS, del fondo de pensiones, de la compañía de televisión por cable son tareas que nos sobrepasan. Nos cuesta incluso renunciar al empleo que odiamos. No así las empresas, que un día, no importa lo responsables que hayamos sido, nos mandan a recoger el cheque final a recursos humanos.

La cosa es tan difícil que yo, que alguna vez terminé un noviazgo por Messenger, he tenido el mismo número celular durante once años, lo que constituye mi relación más larga y estable, así como la más tormentosa. Si eso no es amor, no sé de qué estamos hablando.

Publicada en la edición de febrero de la revista Enter. www.enter.co

jueves, 7 de febrero de 2013

Todo está arreglado

Cada vez me siento más robado, y ya no solo se trata de que abusen con el precio de la finca raíz y de los restaurantes. No creo que exista en Bogotá un taxímetro que no esté adulterado, por ejemplo; no entiendo por qué las aerolíneas cobran por cambiar la fecha de un vuelo, y cobran aún más duro si lo que se quiere cambiar es el nombre de pasajero, como si importara si el que viaja soy yo o mi vecino.

Por eso ir al supermercado dejó de ser un placer. No entiendo que un litro de helado cueste veinte mil, lo mismo que un tarro mediano de aceite de oliva. Los paquetes de salchichas traen cada vez menos pero cuestan más, las lechugas y el pollo se han venido encogiendo con los años. Y no sé si me estoy volviendo loco, pero sospecho que para maximizar las ganancias, los fabricantes bolsas de basura decidieron subirles el precio pero hacerlas más delgadas. No descarto que hayan hecho también un gran recorte de personal.

Todo está arreglado para tumbarnos. Las cosas no cuestan lo que vale hacerlas sino lo que estamos dispuestos a pagar, por eso unas gafas de sol pueden costar un salario mínimo. Y el robo no es solamente en punto de venta; nos roban la realidad también, que no tiene nada de malo mientras no sepamos qué es la realidad ni en qué consiste esto que llamamos vida.

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lunes, 4 de febrero de 2013

Unas palabras sobre las tetas

Mi habilidad es adivinar la talla del brasier de las mujeres con solo verles las tetas por debajo de la ropa. Nunca fallo, y para alguien tan poco romántico como yo, tal don tiene el mismo efecto que llevarles flores.

Mi vida, como la de cualquier otro hombre, se basa en la obsesión por las tetas. Ir a la universidad, hacer un posgrado, trabajar toda la vida, conocer el mundo, todas son excusas para llegar a ellas. No las entendemos, pero las deseamos. No importa cuántas hayamos visto, siempre queremos más, por eso existen revistas como esta. Si existiera el genio de la botella, yo no necesitaría tres deseos, me bastaría uno: saber cómo son todas las tetas del mundo. Veo a una mujer en la calle y lo primero que pienso es en cómo las tendrá. Eso, y luego en la cara que hace mientras tiene sexo. 

Es difícil dar con el momento en que nos obsesionamos. Seguro ocurrió en la lactancia, pero esa es una operación de rutina, inconsciente. En la primera infancia nos aferramos a ellas sin saber qué son e ignoramos que nunca podremos superarlas. Mi primera Playboy la compré a los 12 años, porque traía las fotos de una italiana llamada Sabrina que cantaba la canción Boys. Cantar era un decir, porque la única certeza es que en el video salía en un bikini blanco moviendo las tetas. Vi la revista a escondidas de mis padres durante mucho tiempo y empecé a coleccionarla mes a mes para ver qué tetas traía. El gusto por leer los artículos llegó después.

Y si eso somos los hombres, qué decir de las mujeres. Las adolescentes esperan ansiosas a que les crezcan, se miran desde pequeñas en el espejo y por debajo de la blusa a ver cómo van. Comen maní y usan brasieres con relleno. Muchas se desarrollan y cuando notan que no van a alcanzar las dimensiones que esperaban, terminan operándose. Se operan primero y entienden después que aumentar de talla sube el ego, pero no la autoestima.

El asunto es que no se trata del tamaño, sino de la forma. No importa que las tetas sean grandes o pequeñas, sino que sean bonitas. No sabría cómo explicar eso, pero tiene algo que ver con que sean más redondas que ovaladas, tengan pezones pequeños y un poco puntudos (ojalá rosados), que sean suaves y que vengan con la caída justa. Las más bonitas que vi alguna vez pertenecían a mi exnovia; eran tal cual las acabo de describir y no pasaban del 32B (adiviné la talla en la primera cita).

Pero ya sean de nacimiento o hechas en el quirófano, lo que nosotros queremos es verlas. Por eso aburre que las mujeres insistan en desnudarse por una causa (el maltrato de animales, el hambre del mundo) y que muchas se justifiquen en que el desnudo fue artístico. Nosotros admiramos a las que reconocen sin pudor que mostraron las tetas porque se les dio la gana. 

Un par bien usado sirve para lo que sea: forja carreras en televisión y vende repuestos para carros; de ahí a que no exista taller sin fotos de mujeres desnudas. La prueba de que vivimos en una sociedad machista es que no existe mujer tetona que esté en la olla.

Publicada en la edición de diciembre de revista SoHo. www.soho.com.co

jueves, 31 de enero de 2013

Perdimos contra el sistema

La semana pasada fui a mi antiguo trabajo a pedir una certificación para un nuevo empleo que comienzo en unos días y sentí el miedo entre los que eran mis compañeros. La empresa cambió de dueño, ahora es de un tipo que está metido en finanzas, y los están auditando, parece que se vienen recortes y despidos grupales porque quieren hacer la compañía más rentable de lo que ya es (más eficiente, dicen, para que la causa suene noble).

Todos creen que van a ser despedidos: los recién contratados, los que se ganan no más de dos salarios mínimos, los que se ganan millonadas, tipos que llevan 40 años haciendo lo mismo y que se saludan de mano con el gerente, el gerente mismo. El pánico está esparcido.

Cosas así pasan porque perdimos contra el sistema, le entregamos el poder a los bancos de manera voluntaria: no nos pusieron armas en la cabeza sino comerciales en la televisión y nosotros caímos porque pensamos que nos estaban haciendo un favor.

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martes, 29 de enero de 2013

Obsoletos

La otra noche vi el documental ‘Comprar, tirar, comprar’ que habla de una cosa llamada obsolescencia programada. Lo vi completo pese a que dura más de una hora y en estos tiempos uno no tiene mucho que hacer pero se lo inventa para no tener que soportar algo tan largo. Porque la constancia no es lo nuestro; mejor ver videos de tres minutos, hablar en 140 caracteres o tener conversaciones por Whatsapp que se contestan cada dos horas.

El documental hablaba de cómo las empresas hacen las cosas para que se dañen y, una vez descompuestas, sea más fácil cambiarlas que arreglarlas. A usted le puede sonar obvio, y de golpe lo es, pero para mí resultó ser una revelación.

En la obsolescencia programada todo está cuadrado para que la nevera deje de enfriar, las tijeras pierdan el filo, la carcasa metálica del ventilador de piso de oxide, el computador amanezca un día sin ganas de prender. Es más o menos lo que dice el documental, que muestra que se pueden hacer bombillas que duren un siglo pero las marcas sacan al mercado unas que se funden a las mil horas (y nos hacen creer que son la gran cosa). Medias de nylon que podrían aguantar años e impresoras que vienen con un chip contador que hacen que el aparato se pare después de un cierto número de impresiones hacen también parte del menú.

Y no sabe uno qué pensar porque, sí, ¿dónde están la ética y el progreso si hacemos cosas para que se dañen? Pero también, ¿qué pasaría con la economía, con su trabajo y el mío, si la gente comprara una cosa y no tuviera que reemplazarla sino décadas después?

‘Comprar, tirar, comprar’ habla de la santísima trinidad del mercado: la publicidad, la obsolescencia programada y el crédito, una necesidad creada, una droga que nos han dado durante años sin que nos demos cuenta. El sistema está hecho para que comprar una casa o sacar una visa sea imposible si no tenemos vida crediticia, como si carecer de ella nos hiciera malas personas. Estamos jodidos; nos tienen arrodillados pero igual damos las gracias.

El otro día quise mandar a arreglar mis zapatos preferidos y angostar un pantalón que me gusta pero que parece de rapero y me costó encontrar a alguien que hiciera el trabajo. Di con tres tipos, todos viejos, que trabajaban en talleres pequeños y desordenados. El negocio de la reparación al menudeo no va bien y es ejercido por dinosaurios, gente obsoleta que terminará por desaparecer. De eso se trata también la obsolescencia programada.

Ya no sabe uno si recomiendan cambiar el cepillo de dientes cada tres meses por salud o por negocio, y entiende que los carros cambian de modelo cada año porque sí. Igual los equipos de fútbol, que tienen un uniforme nuevo para cada temporada y lo que hacen los fabricantes es cambiarle el cuello, ponerle líneas más delgadas o más gruesas, según convenga. Y nosotros vamos como locos a cambiar el carro y la camiseta de nuestro equipo, cueste lo que cueste, porque somos unos descerebrados. Hay que ver cómo la gente hizo horas de fila y acampó a la entrada de los almacenes para comprar el iPhone 5, como si el 4S fuera una porquería inservible.

Al terminar el documental entiende uno lo que ya sabía: que nos ven la cara de idiotas y que estamos llenos de cosas que no necesitamos. Véalo antes de que se le dañe el computador, que es una reliquia, ¿no ve que tiene ya dos años de uso y apenas 250 GB de memoria?

Publicada en la edición de enero de la revista Enter. www.enter.co

jueves, 24 de enero de 2013

Algún día alguien se dará cuenta

A veces lo que necesitamos es una buena follada. Cuando el día comienza mal y sigue peor lo único que puede salvarnos es un orgasmo, cura intensa y pasajera para nosotros que, como el planeta, no necesitamos ser salvados.

La gente sale todos los días a trabajar y mata a otra gente por sexo. Perseguimos el orgasmo a toda costa y hay momentos en los que sentimos que hay que conseguir uno como sea. Yo no puedo pensar, ni comer, ni moverme ni seguir con mi vida normal (que no es que sea la gran cosa) hasta que logro uno. Hay días en los que no puedo empezar la jornada si no me masturbo, por eso llego tarde a las citas inventándome un trancón, una vuelta bancaria, una cita previa, cuando lo normal es que me he estado tocando. Esas horas de excitación previas al orgasmo no son vida; el sexo es una cárcel y eyacular es la salida.

Por eso, cuando piense en amar a una mujer, casarse con ella, tener hijos y todo lo demás, hágase una paja y verá cómo todo se desvanece: la masturbación como terapia nos quita los sueños de grandeza, las ganas de trascender. Un orgasmo borra todo indicio de violencia y nos vuelve mansos. Las empresas deberían haberlo descubierto y permitir que sus empleados se masturbaran en sus baños así como hay máquinas de café.

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jueves, 17 de enero de 2013

No se deje engañar




La mujer de la foto está cumpliendo 23 años, el de la derecha es su novio desde hace cuatro y se lo está celebrando. Son las dos de la mañana, la copa hace las veces de ponqué y la chispa, supongo, es para agregarle magia al momento.

Toca meterle fuego al asunto porque el amor es una cosa jodida. Ni siquiera el amor, sino lo que pasa cuando las mujeres se mezclan con los hombres. Las mujeres siempre tienen la razón así nosotros les hayamos metido en la cabeza que no. Son nobles, felices y confiadas hasta que dan con el primer imbécil de sus vidas.

Las calles están llenas de amargadas, mal casadas, mal folladas; y no porque no sepan escoger a los hombres sino porque no hay más. Los hombres somos idiotas a cualquier edad, no entiendo por qué siguen esperando cosas de nosotros.

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jueves, 10 de enero de 2013

Faltan dos minutos


La piel es el órgano más grande del cuerpo, lo que le resta protagonismo al corazón. El corazón es como Dios: está sobrevalorado y le atribuimos virtudes de las que carece.

La de la mujer que me gusta ahora es impresionante. Y suena como si cada semana me gustara una diferente, que no es así. Gustar, gustar, quiero decir. Uno se la pasa enamorándose de mujeres que ve en la calle, y es normal, porque los hombres somos fácilmente impresionables. La gente en general. Una vez salí un mes con una mujer que estuvo enamorada de mí unos 45 minutos.

Es excepcional la piel de esta mujer, explicaba. No sé qué tiene porque no soy experto en el tema, pero acaba de pisar los 30  y la tiene perfecta, al menos al ojo. Puede uno recorrerla de punta a punta, anverso y reverso, sin mayores obstáculos, lo que termina siendo un placer para la mano. Y tiene un color extraordinario, parte de cuna, parte por el sol. Los dermatólogos recomiendan huir de él por las manchas y el cáncer de piel, pero esta mujer es de hacer lo que se le da la gana.

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