A los colombianos nos importa mucho lo que de nosotros digan afuera, lo que es una señal de baja autoestima. Pero somos selectivos, damos por cierto lo bueno y desestimamos lo negativo. Dijeron en una encuesta que éramos el país más feliz del mundo y fue noticia nacional, hasta las marcas aprovecharon la fiesta y nos empezaron a llenar de cuñas referentes al asunto para aumentar sus ventas. Nadie reparó en que tal vez sea cierto eso de que entre más inteligencia se tenga, más infeliz se es.
La próxima semana sale el nuevo ranking de la FIFA y Colombia será cuarta, tercera si Italia no gana la Copa Confederaciones. Bien que la selección esté a punto de volver a un Mundial; es un buen equipo, pero preferimos celebrar antes de sentarnos a pensar si es cierto que apenas dos equipos nacionales en el mundo son mejores que el nuestro. Seguro porque sabemos que es mentira.
Pasa lo mismo con García Márquez. Si el tipo no se hubiera ido a escribir al exterior ni hubiera publicado ‘Cien años de soledad’ con una editorial argentina, no sería quien es hoy. De haberse quedado en Colombia, hubiera sido un escritor más luchando por salir adelante mientras trabajaba para un periódico y vendía escasos ejemplares de sus libros, los cuales obtendrían reseñas benévolas de sus amigos periodistas influenciados por las editoriales.
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jueves, 27 de junio de 2013
jueves, 20 de junio de 2013
La gente está jodida
No sé cómo no llegué antes a esa conclusión, que es la más obvia y acertada. Siéntese usted a hablar con alguien (a oírlo, no a hablar en primera persona, que es lo que todos hacemos) y entre más conversen más se dará cuenta de que su interlocutor está jodido.
Su madre, su jefe, su hermano, un desconocido, no importa, a todos se les sale la fritez (¿fritura?) por algún lado. El viernes en la noche estuve hablando con una amiga que me confesó que mientras no solucionara sus problemas con su hermano nunca iba a tener una relación estable, y que a su hermano le pasaba lo mismo, solo que no lo sabía. Y no es que ella esté enamorada de su hermano o viceversa, sino que la cabeza hace conexiones que sobrios y de día no somos capaces de entender.
Otra amiga acaba de pisar los 30 y está en crisis porque no sabe qué hacer con su vida. Hace poco tuvo una entrevista en una empresa que no le gusta, pero tiene claro que si la escogen aceptará el trabajo. Mientras, se la pasa fumando porro en la playa. En apariencia vive relajada, pero por dentro se muere, que es lo que nos pasa a todos.
Una tercera se siente frustrada porque está gorda y no hace nada por remediarlo. En vez de salir a correr a las seis de la mañana, que es lo que quiere, ha duplicado sus raciones de comida. Siente que su vida es un desperdicio y que no ha hecho con ella lo que soñaba. Cuando le dije que lo suyo no era flojera sino miedo, no me entendió y me respondió que no tenía sentido sentirle miedo a ser exitosa y bonita.
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Su madre, su jefe, su hermano, un desconocido, no importa, a todos se les sale la fritez (¿fritura?) por algún lado. El viernes en la noche estuve hablando con una amiga que me confesó que mientras no solucionara sus problemas con su hermano nunca iba a tener una relación estable, y que a su hermano le pasaba lo mismo, solo que no lo sabía. Y no es que ella esté enamorada de su hermano o viceversa, sino que la cabeza hace conexiones que sobrios y de día no somos capaces de entender.
Otra amiga acaba de pisar los 30 y está en crisis porque no sabe qué hacer con su vida. Hace poco tuvo una entrevista en una empresa que no le gusta, pero tiene claro que si la escogen aceptará el trabajo. Mientras, se la pasa fumando porro en la playa. En apariencia vive relajada, pero por dentro se muere, que es lo que nos pasa a todos.
Una tercera se siente frustrada porque está gorda y no hace nada por remediarlo. En vez de salir a correr a las seis de la mañana, que es lo que quiere, ha duplicado sus raciones de comida. Siente que su vida es un desperdicio y que no ha hecho con ella lo que soñaba. Cuando le dije que lo suyo no era flojera sino miedo, no me entendió y me respondió que no tenía sentido sentirle miedo a ser exitosa y bonita.
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lunes, 17 de junio de 2013
El protocolo del chat
Tengo una amiga con la que me mando cosas por chat. Cosas, ustedes entienden. Mi amiga tiene novio, pero es de las que cree (hace bien) que hacer vainas por internet no es poner los cachos.
Hace poco le envié una foto por Whatsapp y quedó fría. No porque no hubiera visto algo similar antes, sino porque, según me explicó, había configurado su iPhone con el iPad de su novio, así que, en ocasiones, lo que le llega a ella le llega a él. Parece que nada pasó porque el asunto quedó de ese tamaño.
El asunto es que vivimos pegados al chat pero no conocemos el protocolo para usarlo. Por un lado, Los chats de Whatsapp están llenos de fotos de genitales porque lo que la gente quiere es sexo. Si uno pudiera meterse en la red y ver las imágines íntimas que vienen y van, se le explotaría la cabeza. Por eso mismo, Twitter es el burdel más grande del mundo, allí todos se buscan y luego se ponen citas en Skype
Lo que hiere es que mientras uno asume los chats sexuales con la seriedad con la que no aborda los demás temas de la vida, hay mujeres que los toman a la ligera. Me ha tocado ver a amigas que le siguen el juego a tipos que al otro lado del teléfono están que se incendian, y mientras ellos dicen barbaridades y amenazan con mandar fotos desnudos, ellas les siguen el juego desde la oficina, con ropa y sin ningún tipo de apetito sexual. Pobres manes, me pregunto cuántas veces habré estado yo en su lugar.
La otra es que cuando una mujer no sabe qué decir o quiere zafarse de la charla, pone un emoticón. Uno se deshace en frases, propuestas, fantasías, y ellas mandan de vuelta una carita feliz; dan ganas de reventarlas.
Y uno se soporta todo eso solo por el sexo, por la ilusión del sexo, mejor dicho. Fantasear con sexo siempre ha sido mejor que tenerlo. Por eso se aguanta que el teclado de las pantallas touch sea intratable y que termine mandando mensajes que no se parecen en nada a lo que se quería decir originalmente.
También está el tema de los chulitos. Que si uno es que se mandó el mensaje, que si dos es que el otro lo recibió. Ni idea, pero se me antoja que en el último lustro las parejas de enamorados han peleado más por los chulitos del Whatsapp que por cualquier otra cosa.
Pero no es solo sexo, la verdad. Pese a sus falencias, el Whatsapp es una cosa bendita, tan eficaz que acabó con el pin de Blackberry. Uno debería hacer todo por chat: cuadrar citas, hacerlas, gobernar países, echar gente. Y tener sexo, claro. Yo vivo con pánico de que me roben el celular. No por los contactos, que eso se recupera, sino porque, no sería capaz de explicar tanta porquería junta.
Publicada en la edición de junio de la revista Enter. www.enter.co
Hace poco le envié una foto por Whatsapp y quedó fría. No porque no hubiera visto algo similar antes, sino porque, según me explicó, había configurado su iPhone con el iPad de su novio, así que, en ocasiones, lo que le llega a ella le llega a él. Parece que nada pasó porque el asunto quedó de ese tamaño.
El asunto es que vivimos pegados al chat pero no conocemos el protocolo para usarlo. Por un lado, Los chats de Whatsapp están llenos de fotos de genitales porque lo que la gente quiere es sexo. Si uno pudiera meterse en la red y ver las imágines íntimas que vienen y van, se le explotaría la cabeza. Por eso mismo, Twitter es el burdel más grande del mundo, allí todos se buscan y luego se ponen citas en Skype
Lo que hiere es que mientras uno asume los chats sexuales con la seriedad con la que no aborda los demás temas de la vida, hay mujeres que los toman a la ligera. Me ha tocado ver a amigas que le siguen el juego a tipos que al otro lado del teléfono están que se incendian, y mientras ellos dicen barbaridades y amenazan con mandar fotos desnudos, ellas les siguen el juego desde la oficina, con ropa y sin ningún tipo de apetito sexual. Pobres manes, me pregunto cuántas veces habré estado yo en su lugar.
La otra es que cuando una mujer no sabe qué decir o quiere zafarse de la charla, pone un emoticón. Uno se deshace en frases, propuestas, fantasías, y ellas mandan de vuelta una carita feliz; dan ganas de reventarlas.
Y uno se soporta todo eso solo por el sexo, por la ilusión del sexo, mejor dicho. Fantasear con sexo siempre ha sido mejor que tenerlo. Por eso se aguanta que el teclado de las pantallas touch sea intratable y que termine mandando mensajes que no se parecen en nada a lo que se quería decir originalmente.
También está el tema de los chulitos. Que si uno es que se mandó el mensaje, que si dos es que el otro lo recibió. Ni idea, pero se me antoja que en el último lustro las parejas de enamorados han peleado más por los chulitos del Whatsapp que por cualquier otra cosa.
Pero no es solo sexo, la verdad. Pese a sus falencias, el Whatsapp es una cosa bendita, tan eficaz que acabó con el pin de Blackberry. Uno debería hacer todo por chat: cuadrar citas, hacerlas, gobernar países, echar gente. Y tener sexo, claro. Yo vivo con pánico de que me roben el celular. No por los contactos, que eso se recupera, sino porque, no sería capaz de explicar tanta porquería junta.
Publicada en la edición de junio de la revista Enter. www.enter.co
jueves, 13 de junio de 2013
Yo no quiero que Colombia vaya al Mundial
Una parte de mí no quiere que Colombia clasifique al Mundial de fútbol. La parte pesimista, seguro, la que no soporta ver a la gente feliz. Otra porción, la menor, goza con los triunfos del equipo y sueña con volver a verlo en un Mundial. Pero qué va, la parte negativa, que es a la que obedezco, la ahoga cada vez que trata de aflorar. Igual, es desear lo inevitable porque, con 23 puntos, Colombia prácticamente está clasificada.
Y no quiero que vaya porque yo aspiro a estar en Brasil, y lo rico de viajar al exterior es encontrarse a la menor cantidad de compatriotas posible. Somos una plaga. Los que fueron a Argentina a ver a la selección se quejaron porque a la entrada del estadio les hicieron quitar todo lo que tuviera que ver con Colombia, pero se les olvida que los colombianos somos el terror de los apartamentos de Buenos Aires. Somos una plaga y no saben qué hacer con nosotros.
Además, si Colombia clasifica todo va a ser más difícil y más caro: comprar tiquetes, conseguir hospedaje, tramitar la acreditación de prensa. Yo he cubierto los dos últimos mundiales (nada del otro mundo, nada masivo, todo muy mediocre) y no quiero romper la racha, pero temo que si Colombia entra, la avalancha de influencias para conseguir escarapela FIFA me va a dejar por fuera. A veces pienso que estoy exagerando, pero después recuerdo que vivo en el país de Luis Andrés Colmenares. En mis peores pesadillas, sueño que me niegan la acreditación de periodista para dársela a políticos, hijos de funcionarios del Estado y personas cercanas a las marcas que patrocinan a la Selección.
Yo no quiero ir a Brasil y ver las calles llenas de amarillo, azul y rojo. No soporto ver a un colombiano feliz, triunfalista por cualquier logro porque en esta vida le ha tocado comer tanta mierda que cualquier victoria, aunque sea pequeña, lo vuelve eufórico. ¿No ve cómo apenas salió un delantero de la calidad de Falcao comenzamos a decir estupideces como que era el mejor nueve del mundo?
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Y no quiero que vaya porque yo aspiro a estar en Brasil, y lo rico de viajar al exterior es encontrarse a la menor cantidad de compatriotas posible. Somos una plaga. Los que fueron a Argentina a ver a la selección se quejaron porque a la entrada del estadio les hicieron quitar todo lo que tuviera que ver con Colombia, pero se les olvida que los colombianos somos el terror de los apartamentos de Buenos Aires. Somos una plaga y no saben qué hacer con nosotros.
Además, si Colombia clasifica todo va a ser más difícil y más caro: comprar tiquetes, conseguir hospedaje, tramitar la acreditación de prensa. Yo he cubierto los dos últimos mundiales (nada del otro mundo, nada masivo, todo muy mediocre) y no quiero romper la racha, pero temo que si Colombia entra, la avalancha de influencias para conseguir escarapela FIFA me va a dejar por fuera. A veces pienso que estoy exagerando, pero después recuerdo que vivo en el país de Luis Andrés Colmenares. En mis peores pesadillas, sueño que me niegan la acreditación de periodista para dársela a políticos, hijos de funcionarios del Estado y personas cercanas a las marcas que patrocinan a la Selección.
Yo no quiero ir a Brasil y ver las calles llenas de amarillo, azul y rojo. No soporto ver a un colombiano feliz, triunfalista por cualquier logro porque en esta vida le ha tocado comer tanta mierda que cualquier victoria, aunque sea pequeña, lo vuelve eufórico. ¿No ve cómo apenas salió un delantero de la calidad de Falcao comenzamos a decir estupideces como que era el mejor nueve del mundo?
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martes, 11 de junio de 2013
El cáncer del fútbol
Me hace más feliz el fútbol que el sexo, aunque sea mejor en lo segundo que en lo primero. Me gusta, a pesar de que esté lleno de mentiras como “la jerarquía” de lo equipos y “la pasión” de los hinchas, porque la verdad es que las hinchadas son el cáncer del fútbol.
Uno no detesta a un equipo por el equipo en sí, sino por sus hinchas, aunque eso de odiar (y más a un club de fútbol) sea de tontos; pero así somos.
Los hinchas de Millonarios o de América creen que a uno no le gustan sus equipos por su grandeza (como si la grandeza se ganara perdiendo cuatro finales de Libertadores). Los de Nacional hacen llamar a su equipo ‘Rey de copas’, pero si le quitan la Libertadores del 89, queda es una recua de títulos sin importancia. Primero, no son grandes porque el fútbol colombiano es mediocre; segundo, son insoportables por la soberbia de sus fanáticos, que se atribuyen logros que no les pertenecen.
Porque los equipos son empresas y sus seguidores no son hinchas sino clientes. Sin ellos, el fútbol seguiría existiendo. Sería diferente, claro. No se llenarían estadios ni los jugadores ganarían fortunas, pero la gente seguiría jugando para luego irse a trabajar a una oficina. Por eso, los clubes necesitan seguidores, exposición mediática, patrocinadores. Y claro, jugadores y dirigentes tienen que agradecer cada tanto a los hinchas porque es bueno para el negocio. “Ganamos”, dicen los fanáticos. Mentira. Ganaron los jugadores.
Y son muy bobos, además. Se matan en la tribuna mientras en la cancha los jugadores se saludan y sonríen después del juego. El primer requisito para hacerse hincha de un equipo es ser tarado. No tiene lógica ir de antemano por los rojos o por los azules, odiar a los verdes porque sí o pedir penal cada vez que alguien de blanco cae en el área sin analizar si fue falta o no.
Cuando un equipo gana algo, sus seguidores hacen fieros y presumen, como si hacerse hincha de un equipo fuera tan difícil como entrar a Harvard. Y no entienden tampoco que los jugadores son profesionales y no hermanitas de la caridad. Ser hincha implica insultar al jugador que cambió de club porque sencillamente se le dio la gana. No entiendo cómo no han descubierto que la mejor forma de disfrutar del fútbol es verlo sin importar quién gana.
¿Cómo identificar a un imbécil? Porque le dice D10s a Messi, CR7 a Cristiano Ronaldo y se la pasa exclamando: “Vamos por la 14”, “Vamos por la séptima”, “Vamos por la octava”, que en vez de campañas de apoyo parecen rutas en la ciudad para evitar trancones.
Otra cosa. ¿Tiene presente las notas con hinchas que hacen en los noticieros? ¿Ha visto a alguno que no haga el ridículo? ¿Le ha tocado ver a alguno que diga algo medianamente coherente? ¿Cómo harán para que los hijos no les pierdan el respeto después de verlos en televisión?
Peores son los hinchas locales de equipos extranjeros. Ya había hablado en este espacio de los que desde Colombia siguen al Barcelona como si fueran catalanes separatistas, pero ahora quiero contarles que me encontré una cuenta en Twitter de seguidores de la Roma de Italia. Se autodenominan ‘Giallorossi cafeteros’ y le quitan a uno las ganas de vivir. Nunca he entendido eso de celebrar los títulos de un equipo.
Crecí viendo al Junior, lo he visto ser campeón cinco veces y no me ha hecho más o menos feliz de lo que ya soy, no me ha convertido en una mejor persona porque entiendo que fueron los jugadores los que entrenaron, jugaron y cobraron. Igual hubieran ganado sin mí. Con el tiempo he aprendido que lo único que queda de los títulos del equipo que uno quiere es que la vida sigue y que el lunes siguiente toca ir a trabajar, como si nada.
Publicada en la edición de enero de revista Soho. www.soho.com.co
Uno no detesta a un equipo por el equipo en sí, sino por sus hinchas, aunque eso de odiar (y más a un club de fútbol) sea de tontos; pero así somos.
Los hinchas de Millonarios o de América creen que a uno no le gustan sus equipos por su grandeza (como si la grandeza se ganara perdiendo cuatro finales de Libertadores). Los de Nacional hacen llamar a su equipo ‘Rey de copas’, pero si le quitan la Libertadores del 89, queda es una recua de títulos sin importancia. Primero, no son grandes porque el fútbol colombiano es mediocre; segundo, son insoportables por la soberbia de sus fanáticos, que se atribuyen logros que no les pertenecen.
Porque los equipos son empresas y sus seguidores no son hinchas sino clientes. Sin ellos, el fútbol seguiría existiendo. Sería diferente, claro. No se llenarían estadios ni los jugadores ganarían fortunas, pero la gente seguiría jugando para luego irse a trabajar a una oficina. Por eso, los clubes necesitan seguidores, exposición mediática, patrocinadores. Y claro, jugadores y dirigentes tienen que agradecer cada tanto a los hinchas porque es bueno para el negocio. “Ganamos”, dicen los fanáticos. Mentira. Ganaron los jugadores.
Y son muy bobos, además. Se matan en la tribuna mientras en la cancha los jugadores se saludan y sonríen después del juego. El primer requisito para hacerse hincha de un equipo es ser tarado. No tiene lógica ir de antemano por los rojos o por los azules, odiar a los verdes porque sí o pedir penal cada vez que alguien de blanco cae en el área sin analizar si fue falta o no.
Cuando un equipo gana algo, sus seguidores hacen fieros y presumen, como si hacerse hincha de un equipo fuera tan difícil como entrar a Harvard. Y no entienden tampoco que los jugadores son profesionales y no hermanitas de la caridad. Ser hincha implica insultar al jugador que cambió de club porque sencillamente se le dio la gana. No entiendo cómo no han descubierto que la mejor forma de disfrutar del fútbol es verlo sin importar quién gana.
¿Cómo identificar a un imbécil? Porque le dice D10s a Messi, CR7 a Cristiano Ronaldo y se la pasa exclamando: “Vamos por la 14”, “Vamos por la séptima”, “Vamos por la octava”, que en vez de campañas de apoyo parecen rutas en la ciudad para evitar trancones.
Otra cosa. ¿Tiene presente las notas con hinchas que hacen en los noticieros? ¿Ha visto a alguno que no haga el ridículo? ¿Le ha tocado ver a alguno que diga algo medianamente coherente? ¿Cómo harán para que los hijos no les pierdan el respeto después de verlos en televisión?
Peores son los hinchas locales de equipos extranjeros. Ya había hablado en este espacio de los que desde Colombia siguen al Barcelona como si fueran catalanes separatistas, pero ahora quiero contarles que me encontré una cuenta en Twitter de seguidores de la Roma de Italia. Se autodenominan ‘Giallorossi cafeteros’ y le quitan a uno las ganas de vivir. Nunca he entendido eso de celebrar los títulos de un equipo.
Crecí viendo al Junior, lo he visto ser campeón cinco veces y no me ha hecho más o menos feliz de lo que ya soy, no me ha convertido en una mejor persona porque entiendo que fueron los jugadores los que entrenaron, jugaron y cobraron. Igual hubieran ganado sin mí. Con el tiempo he aprendido que lo único que queda de los títulos del equipo que uno quiere es que la vida sigue y que el lunes siguiente toca ir a trabajar, como si nada.
Publicada en la edición de enero de revista Soho. www.soho.com.co
jueves, 6 de junio de 2013
Menos yoga y más folle
A veces el asunto con las mujeres es que, a diferencia de los hombres, no tienen un hobby. Alguna vez estuve con una que me decía que su hobby era yo, calcule.
Muchas no tienen una pasión, una razón diferente a estudiar o trabajar para levantarse de la cama cada mañana, por eso las ve uno meterse a yoga, pilates, pole dance, crossfit ahora; pero sin alma, sin ganas, como si les tocara hacer algo en la vida para no quitársela.
Es como si no tuvieran hacia dónde volcar su energía, por eso están las que compran mascotas y luego las visten, o las que van a la peluquería porque cambiarse el pelo es más fácil que encontrarle sentido al milagro de existir. Uno va a un restaurante y en las mesas de mujeres están hablando de hombres: de con quién terminó, con quién está saliendo ahora (algún imbécil del promedio, seguro), con quién anda la ex pareja. Esas son las que terminan mal casadas con cualquier idiota con plata porque creen esa era su misión en la vida. El otro día una amiga dijo que lo más importante en la vida eran las clases de pony de su hija.
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Muchas no tienen una pasión, una razón diferente a estudiar o trabajar para levantarse de la cama cada mañana, por eso las ve uno meterse a yoga, pilates, pole dance, crossfit ahora; pero sin alma, sin ganas, como si les tocara hacer algo en la vida para no quitársela.
Es como si no tuvieran hacia dónde volcar su energía, por eso están las que compran mascotas y luego las visten, o las que van a la peluquería porque cambiarse el pelo es más fácil que encontrarle sentido al milagro de existir. Uno va a un restaurante y en las mesas de mujeres están hablando de hombres: de con quién terminó, con quién está saliendo ahora (algún imbécil del promedio, seguro), con quién anda la ex pareja. Esas son las que terminan mal casadas con cualquier idiota con plata porque creen esa era su misión en la vida. El otro día una amiga dijo que lo más importante en la vida eran las clases de pony de su hija.
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jueves, 30 de mayo de 2013
Como si todo estuviera bien
Decimos ser intolerantes con la violencia infantil, con la de género, pero no nos molesta la violencia de clase. Vemos a un niño sufrir, a una mujer abusada y nos unimos (en Twitter, digo, porque no es que levantemos el jopo de la silla), pero un presidente de empresa gana 50 veces más que un practicante y no pasa nada. Estamos llenos de violencia de clase. La generamos y no nos damos cuenta de que por culpa de ella el mundo es un orinal.
Violencia de clase es, por ejemplo, que sepamos que alguna ropa es barata porque es hecha en Asia por niños y mujeres en condiciones de miseria, e igual nos limpiemos el culo con esa información. Lo importante es lucir bien a ver si se nos sube la autoestima, pero ni así. Podrían forrar el planeta de almacenes de Zara y seguiríamos siendo inseguros.
Violencia de clase es que el consumidor final tenga que pagar al contado en los grandes almacenes de cadena y que ellos les paguen a sus proveedores a 30, 60, 90 días, tiempo que (me han dicho) usan para que la plata rinda intereses. Digan lo que digan las reglas y los ideales de la sociedad, cuando usted trabaja con la plata de otro para volverse más rico está contribuyendo a la desigualdad del mundo, así genere empleo.
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Violencia de clase es, por ejemplo, que sepamos que alguna ropa es barata porque es hecha en Asia por niños y mujeres en condiciones de miseria, e igual nos limpiemos el culo con esa información. Lo importante es lucir bien a ver si se nos sube la autoestima, pero ni así. Podrían forrar el planeta de almacenes de Zara y seguiríamos siendo inseguros.
Violencia de clase es que el consumidor final tenga que pagar al contado en los grandes almacenes de cadena y que ellos les paguen a sus proveedores a 30, 60, 90 días, tiempo que (me han dicho) usan para que la plata rinda intereses. Digan lo que digan las reglas y los ideales de la sociedad, cuando usted trabaja con la plata de otro para volverse más rico está contribuyendo a la desigualdad del mundo, así genere empleo.
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jueves, 23 de mayo de 2013
Escribir, jugar fútbol y follar
No más Rosales, no más Chicó, no más Parque el Virrey. No más viejas del Marymount, ni del Femenino, ni de Los Portales. Me voy a Venecia, a Morato, a Barrios Unidos. Llevo la vida buscando a la misma mujer -un fantasma-, persiguiendo el culo de siempre por El Coq y por La T, La G y El Bandido; últimamente por Gordo y Bruto. No más. No más ese círculo vicioso de arpías deliciosas y sin culo, cachacas de pelo liso y aretes pequeños que son el símbolo de su superioridad moral. Creen que con su belleza y con la bondad que no poseen van a salvar el mundo.
Llega un día en el que se puede prescindir del mundo en el que crecimos, es posible vivir de escribir, jugar fútbol y follar sin que el resto de las cosas nos afecten. Yo elegí dejar todo y dedicarme a teclear, correr detrás de un balón y fornicar sin corazón (pero con ganas). No hago bien ninguna de las tres, pero ahí voy.
Escribir para comer, no por talento, porque escribir es muy difícil. Teclear, sí es sencillo, por eso hay tanto columnista. Es tan fácil que cualquier hijo de puta publica un libro (yo tengo dos y voy para el tercero, ninguno la gran cosa). Darle a unas teclas y ser publicado es tan fácil que por eso a los que lo hacemos nos pagan tan mal. Haga un cohete, eso sí es difícil; constrúyalo y se hará rico. Los que no somos capaces de hacer cosas tangibles (cohetes, edificios, familias) nos ponemos a escribir.
Luego viene el futbol, que está por encima del sexo. El fútbol en todas sus formas, quiero decir. Yo nunca soy tan feliz como cuando juego a las ocho de la mañana afuera de la ciudad y el aire es liviano y la neblina está aún a ras de pasto. El primer mundial que cubrí me la pasé llorando cada vez que entraba a un estadio. Yo no sé qué es la felicidad, pero tiene que estar muy cerca a eso. Da igual verlo por televisión. El otro día llegó la primavera a Londres y justo pasaron Tottenham-Southampton. Todo se veía tan perfecto. Es probable que no haya nada más bonito (ni la camiseta negra de la Sampdoria, ni un coño bien depilado) que una buena cancha con sol.
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Llega un día en el que se puede prescindir del mundo en el que crecimos, es posible vivir de escribir, jugar fútbol y follar sin que el resto de las cosas nos afecten. Yo elegí dejar todo y dedicarme a teclear, correr detrás de un balón y fornicar sin corazón (pero con ganas). No hago bien ninguna de las tres, pero ahí voy.
Escribir para comer, no por talento, porque escribir es muy difícil. Teclear, sí es sencillo, por eso hay tanto columnista. Es tan fácil que cualquier hijo de puta publica un libro (yo tengo dos y voy para el tercero, ninguno la gran cosa). Darle a unas teclas y ser publicado es tan fácil que por eso a los que lo hacemos nos pagan tan mal. Haga un cohete, eso sí es difícil; constrúyalo y se hará rico. Los que no somos capaces de hacer cosas tangibles (cohetes, edificios, familias) nos ponemos a escribir.
Luego viene el futbol, que está por encima del sexo. El fútbol en todas sus formas, quiero decir. Yo nunca soy tan feliz como cuando juego a las ocho de la mañana afuera de la ciudad y el aire es liviano y la neblina está aún a ras de pasto. El primer mundial que cubrí me la pasé llorando cada vez que entraba a un estadio. Yo no sé qué es la felicidad, pero tiene que estar muy cerca a eso. Da igual verlo por televisión. El otro día llegó la primavera a Londres y justo pasaron Tottenham-Southampton. Todo se veía tan perfecto. Es probable que no haya nada más bonito (ni la camiseta negra de la Sampdoria, ni un coño bien depilado) que una buena cancha con sol.
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lunes, 20 de mayo de 2013
la inutilidad del iPad
No sé a qué hora me convertí en un influenciador, un tipo de esos que dice bobadas en redes sociales y la otra gente le copia. Yo, que estudié comunicación y quería escribir libros, terminé expresándome en 140 caracteres. Las grandes empresas, que lo saben todo y que más que vendernos cosas son nuestras dueñas, se dieron cuenta y cada tanto me llaman para que pose de espontáneo y las ayude a hacer plata, que es a lo que se dedican.
Y yo digo que sí. Hay que aprovechar que Twitter es una burbuja donde te pueden pagar millones por poner tres pendejadas diarias. No sabemos cuánto dure, así que mejor chupar de la teta mientras dé.
La cosa es que hay ya tanto tuitero vendido (inclúyome) que cada vez ofrecen menos plata y más pagos en especie. A mí pasaron de pagarme cifras con seis ceros a ofrecerme canjes: ropa, bonos de gimnasio, descuentos en almacenes de cadena, cenas en restaurantes finos. A todos dije que no porque uno no tuitea para las corporaciones por amor, que el amor es para la novia, sino por metal. Si quieren hacer plata, que inviertan.
Me dan ganas de mandarlos a la mierda cada vez que proponen pagarme en especie, pero necesito las conexiones, así que declino amablemente las propuestas. La última vez me ofrecieron un iPad a cambio de un mes de tuits. No he conocido cosa más inútil que ese aparato, remedo de computador, iPhone con ínfulas. El otro día alguien dijo que un iPad era como coger un iPhone y aplastarlo para hacer un patacón. Y peor, lo que me ofrecieron fue un iPad mini, doblemente ridículo.
Es más fácil demostrar la existencia de Dios que la utilidad del iPad. Quien tenga uno va a tratar de justificar su compra a toda costa: que es rápido y liviano, que tiene cámara, que la conectividad, que las aplicaciones. No saben ni lo que dicen. Se expresan como si su vida fuera valiosa, como si se la pasaran salvando el mundo y no tuvieran tiempo que perder. ¿Para qué quieren algo más rápido y ligero que un computador? ¿Para alcanzar a pasar más niveles en Angry Birds?
Un amigo tiene uno de segunda generación y se la pasa hablando pestes de su computador: que es muy pesado, que se demora en cargar. Defiende la causa del iPad diciendo que ahora lee en la cama más fácil. Díganme romántico, pero para leer en la cama nada mejor que un libro, porque ni el Kindle ha pegado. Y si no se tiene libro, no le veo problema al portátil, que ha demostrado hasta el hartazgo que sí facilita la vida. Y al final, por mucho iPad que tengamos, necesitamos en computador. Es decir, se trata de un juguete bonito y caro.
Y hablo del iPad mini porque me sonó más que la otra opción que me dieron para ser influenciador: un viaje para dos a Santa Marta. Imposible pegarse el viaje hasta allá, ¿ha visto usted cómo tienen el mar las carboneras?
Sigo entonces tuiteando a placer desde casa, a la espera de una marca que quiera pagarme con billetes, como debe ser. Aprovecho esta tribuna para poner a la venta mis servicios. Mientras, veo cómo los de ‘La red’ fingen que hacen cosas importantes con su iPad en cada una de las emisiones del programa. Y si lo usan los de ‘La red’ (como en su momento lo implementaron para los jurados de ‘Yo me llamo’), quiere decir que es una vaina muy inútil.
Publicada en la edición de mayo de la revista Enter. www.enter.co
Y yo digo que sí. Hay que aprovechar que Twitter es una burbuja donde te pueden pagar millones por poner tres pendejadas diarias. No sabemos cuánto dure, así que mejor chupar de la teta mientras dé.
La cosa es que hay ya tanto tuitero vendido (inclúyome) que cada vez ofrecen menos plata y más pagos en especie. A mí pasaron de pagarme cifras con seis ceros a ofrecerme canjes: ropa, bonos de gimnasio, descuentos en almacenes de cadena, cenas en restaurantes finos. A todos dije que no porque uno no tuitea para las corporaciones por amor, que el amor es para la novia, sino por metal. Si quieren hacer plata, que inviertan.
Me dan ganas de mandarlos a la mierda cada vez que proponen pagarme en especie, pero necesito las conexiones, así que declino amablemente las propuestas. La última vez me ofrecieron un iPad a cambio de un mes de tuits. No he conocido cosa más inútil que ese aparato, remedo de computador, iPhone con ínfulas. El otro día alguien dijo que un iPad era como coger un iPhone y aplastarlo para hacer un patacón. Y peor, lo que me ofrecieron fue un iPad mini, doblemente ridículo.
Es más fácil demostrar la existencia de Dios que la utilidad del iPad. Quien tenga uno va a tratar de justificar su compra a toda costa: que es rápido y liviano, que tiene cámara, que la conectividad, que las aplicaciones. No saben ni lo que dicen. Se expresan como si su vida fuera valiosa, como si se la pasaran salvando el mundo y no tuvieran tiempo que perder. ¿Para qué quieren algo más rápido y ligero que un computador? ¿Para alcanzar a pasar más niveles en Angry Birds?
Un amigo tiene uno de segunda generación y se la pasa hablando pestes de su computador: que es muy pesado, que se demora en cargar. Defiende la causa del iPad diciendo que ahora lee en la cama más fácil. Díganme romántico, pero para leer en la cama nada mejor que un libro, porque ni el Kindle ha pegado. Y si no se tiene libro, no le veo problema al portátil, que ha demostrado hasta el hartazgo que sí facilita la vida. Y al final, por mucho iPad que tengamos, necesitamos en computador. Es decir, se trata de un juguete bonito y caro.
Y hablo del iPad mini porque me sonó más que la otra opción que me dieron para ser influenciador: un viaje para dos a Santa Marta. Imposible pegarse el viaje hasta allá, ¿ha visto usted cómo tienen el mar las carboneras?
Sigo entonces tuiteando a placer desde casa, a la espera de una marca que quiera pagarme con billetes, como debe ser. Aprovecho esta tribuna para poner a la venta mis servicios. Mientras, veo cómo los de ‘La red’ fingen que hacen cosas importantes con su iPad en cada una de las emisiones del programa. Y si lo usan los de ‘La red’ (como en su momento lo implementaron para los jurados de ‘Yo me llamo’), quiere decir que es una vaina muy inútil.
Publicada en la edición de mayo de la revista Enter. www.enter.co
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