jueves, 21 de noviembre de 2013
CR7
El portugués es una cosa de locos, imposible negar su calidad. Cuando el tiempo haga lo suyo, ese señor podrá estar entre los cinco mejores jugadores de la historia. Pero le tocó vivir en estos tiempos, tiempos de Messi, y eso es lo que lo tiene jodido. ¿Han visto cómo celebra los goles ahora, como reafirmándose? Es impotencia, rabia por ser el segundo. Y está bien, porque para un tipo de su calidad estar a la sombra de otro debe ser muy duro. Terriblemente competitivo como es, quiere ser el mejor. Siempre lo fue hasta que llegó a España. Yo digo que no hay nada de malo en ser el segundo del mundo en un deporte practicado por millones.
Es como Argentina, que es una máquina de producir cracks, pero le tocó ser vecina de Brasil, con quien en términos de fútbol no se puede discutir. ¿Entonces qué pasa? Que cada vez que pueden, los argentinos les echan vainazos a los brasileños. Por eso (y por lambón y bruto) Maradona no quiere a Pelé. Por eso, en la transmisión del la final de la última Libertadores, Fernando Niembro (una especie de Carlos Antonio Vélez argentino) no hizo sino deslegitimar el triunfo del Atlético Mineiro.
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jueves, 13 de junio de 2013
Yo no quiero que Colombia vaya al Mundial
Y no quiero que vaya porque yo aspiro a estar en Brasil, y lo rico de viajar al exterior es encontrarse a la menor cantidad de compatriotas posible. Somos una plaga. Los que fueron a Argentina a ver a la selección se quejaron porque a la entrada del estadio les hicieron quitar todo lo que tuviera que ver con Colombia, pero se les olvida que los colombianos somos el terror de los apartamentos de Buenos Aires. Somos una plaga y no saben qué hacer con nosotros.
Además, si Colombia clasifica todo va a ser más difícil y más caro: comprar tiquetes, conseguir hospedaje, tramitar la acreditación de prensa. Yo he cubierto los dos últimos mundiales (nada del otro mundo, nada masivo, todo muy mediocre) y no quiero romper la racha, pero temo que si Colombia entra, la avalancha de influencias para conseguir escarapela FIFA me va a dejar por fuera. A veces pienso que estoy exagerando, pero después recuerdo que vivo en el país de Luis Andrés Colmenares. En mis peores pesadillas, sueño que me niegan la acreditación de periodista para dársela a políticos, hijos de funcionarios del Estado y personas cercanas a las marcas que patrocinan a la Selección.
Yo no quiero ir a Brasil y ver las calles llenas de amarillo, azul y rojo. No soporto ver a un colombiano feliz, triunfalista por cualquier logro porque en esta vida le ha tocado comer tanta mierda que cualquier victoria, aunque sea pequeña, lo vuelve eufórico. ¿No ve cómo apenas salió un delantero de la calidad de Falcao comenzamos a decir estupideces como que era el mejor nueve del mundo?
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jueves, 7 de julio de 2011
Ella está enferma
El clóset de una amiga es más grande que un arco de fútbol (7,32 x 2,44 metros, por si el fútbol no es lo suyo).
Cuarenta pares de zapatos mal contados (muy mal contados), una galería de sacos negros, azules, rojos, blancos, todos iguales y diferentes entre sí. Pantalones, ropa de tierra caliente, chaquetas para otoño e invierno (no son la misma cosa). Bufandas, velos, pashminas, o lo que sea que usen las mujeres.
Otra amiga es igual de complicada a la del clóset, pero por diferentes razones. Sufre de una enfermedad llamada fibromialgia y de otra conocida técnicamente como enfermedad autoinmune no diferenciada (si lo estoy diciendo mal, señores doctores, demándenme).
Me contó en qué consisten sus males pero se me olvidó, lo cierto es que le atacan el corazón, la cabeza o cualquier otro órgano; le causan dolores en las articulaciones y los músculos, en especial cuando el cuerpo está rejalado.
Se trata de una enfermedad que hay que tratar con paciencia y que tiene su lado poético: sus propias defensas la atacan porque la consideran a ella misma un cuerpo extraño.
Siempre supimos que nuestro cuerpo jugaba en nuestra contra (mire el gol que se comió Dayro Moreno frente un arco más pequeño que el clóset de mi otra amiga), pero que nuestras defensas nos consideren un ente ajeno al propio cuerpo que habitamos es un problema que debería ser corregido por teólogos, no por médicos.
Mi amiga, la de la fibromialgia, está enamorada, pero el hombre no le pone atención. Ella, en cambio, no debe perder de vista a su enfermedad, por eso se llena de pastillas. Toma Lyrica, un antiepiléptico que ayuda a mejorar el dolor a largo plazo; Imipramina un antidepresivo que también baja los niveles de dolor; Dimard, que ayuda a que la enfermedad autoinmune no avance más, y Dovir, un opiáceo de lo más fuerte.
Su vida, en lugar de cartas de amor, está llena de recetas médicas. Al llegar la noche, en vez de recibir la llamada del hombre que le gusta, se toma un Zolpidem para dormir. Su tratamiento es costoso, ¿pero qué es el dinero cuando se tiene una enfermedad degenerativa y el corazón destrozado?
Mi otra amiga, la del closet, quiere hijos pero no sabe con quién tenerlos porque no está enamorada. Hizo uno de esos acuerdos que se pactan entre amigos, "Si llegamos a los 35 y estamos solteros...", pero no suena muy convencida. No pierde la esperanza de enamorarse pronto o de regenerar a algún amor del pasado.
Las mujeres son complicadas, lo sabemos, por eso unas sufren enfermedades que solo las atacan a ellas, otras creen poder cambiarnos y otras poseen clósets más grandes que una vivienda de interés social.
He pensado mucho durante estos días en mi amiga y su drama. Ella está enferma (me refiero a la del clóset).