miércoles, 16 de mayo de 2012

Martes de humor

No paro de reírme con las cosas que pasaron el martes pasado en Colombia. Risa nerviosa, quiero decir.

A primera hora de la mañana se supo que un senador de apellido Merlano había esgrimido argumentos contundentes para no ser sometido a una prueba de alcoholemia: “¿Cómo le van a hacer esto a un Senador de la República, si por mí votaron 50.000 personas?”. Alardeaba como los reguetoneros, que en todas sus canciones hablan del número de discos que venden y de las mujeres con las que se acuestan. El tema de los congresistas y los carros no es nuevo en el país, todos recordamos el subsidio a la gasolina por el que clamaba el senador Corzo. Corzo & Merlano como quien dice Ñejo & Dálmata.

También en la mañana, Santiago Cruz anduvo de gira por los medios de comunicación promocionando su nueva canción. Yo a ese señor no lo soporto, musicalmente hablando. Seguro es una gran persona y un mejor amigo, pero una cosa no tiene que ver con la otra. Hay quienes dicen que su música es depresiva, y les creo: yo oigo a Santiago Cruz y se me quitan las ganas de vivir.

El asunto de Merlano opacó la entrada en vigencia del TLC después de años de suspenso. Lo que me llamó la atención no es si el trato favorecerá a unos y arruinará a otros, sino que cantaron el himno nacional para despedir al primer contendor que salió del puerto de Buenaventura rumbo a Estados Unidos. Hay que ser demagogo para hacer tal cosa, para creer que los logros se deben al accidente de haber nacido en algún lugar. 

Cuando Brasil fue campeón del mundo en México 70, el gobierno militar que regía por entonces el país se tomó el crédito, así como en Venezuela se agarraron del triunfo de Pastor Maldonado el pasado fin de semana en la Fórmula 1: “"Toda Venezuela está celebrando la victoria de ese joven aragüeño, joven venezolano, joven bolivariano de esta generación que ha llamado el presidente Chávez la generación de oro", dijo Nicolás Maduro al respecto. ¿Qué tiene que ver un triunfo con la grandeza o pequeñez de una nación?


Hablando de tamaño, esa misma tarde Diego Simeone, entrenador del Atlético de Madrid que vino a jugar contra varios equipos colombianos, nos dio a los periodistas de este país una lección sobre no hacer preguntas estúpidas. La clase magistral quedó registrada en video. Hay que sentirse muy poco a gusto con uno mismo para preguntarle a un extranjero qué piensa de la tierra donde tocó nacer, como buscando elogio, o consuelo.

Lea el artículo completo en http://bit.ly/Kuydls

lunes, 14 de mayo de 2012

La muerta

Estoy acostado en mi cama y de la nada viene a mi cabeza el recuerdo de una amiga de la adolescencia que se suicidó. Se llamaba Carolina Pérez, era bonita e inteligente. Yo creía que lo tenía todo para ser feliz, pero terminó siendo una de esas personas que parecen llenas de vida y que un día piden permiso para ir al baño y terminan botándose del octavo piso (Carolina se botó del noveno).

Estoy enamorado de ella desde entonces. Antes me gustaba como puede a uno gustarle el helado de chocolate y la música de los Beatles, pero fue terminar con las vísceras regadas sobre la calle para que me enamorara irremediablemente.

La conocí una tarde a los once años y es como si hubiera dado con un ángel. La recuerdo en su uniforme de colegio: blanca, pecosa, de ojos claros y pelo negro, como me gustan las mujeres. O al revés, me gustan las mujeres porque así era Carolina.

Tengo claro desde que murió que meterse con una mujer viva es perder el tiempo. Con una viva siempre existe la opción de cagarla, de ponerle lo cachos, de odiarla porque sí. Yo terminé de convencerme de que las muertas son lo mío el día que el amor de mi vida se casó con un man que usa gomina.

Con las vivas, además, terminamos enamorándonos de un fantasma. Esa mujer que creemos amar no es más que el vago recuerdo de una vecina, de nuestra profesora de segundo de primaria, de una amiga de nuestra madre o de nuestra misma madre. Con una muerta no hay pierde porque el fantasma que perseguimos es el de ella misma.

Tendría 18 años la última vez que vi a Carolina, recuerdo que fuimos a una finca y que nos quedamos hablando hasta tarde. Ella habló del cunnilingus, cosa que yo había practicado un par de veces pero que ignoraba que se llamaba así. Tocó el tema con tanta gracia que no causó en mí excitación alguna. Ahora que está muerta imagino que ella abre las piernas y se lo hago; no es necrofilia lo que me mueve, es amor puro.

Hace poco salí con una mujer que se llama Carolina Pérez, pero no fui capaz de contarle todo esto para no convertirla en el fantasma de un fantasma. Hubo química entre los dos, tanta, que fui capaz de ser yo mismo y comer con total libertad (cuando conozco a una mujer y la cosa no fluye, comer se convierte en un acto fingido, un ejercicio agotador).

Voy a volver a ver a Carolina Pérez, la viva. Iremos a cine y si todo sale bien, pasaremos a otro nivel; nos besaremos y tendremos sexo. Eso por un lado, porque por el otro tengo claro que algún día me voy a casar con Carolina Pérez, la muerta.

jueves, 10 de mayo de 2012

El odio es amor disfrazado

¿Cómo no odiar a Martín Santos? ¿Cómo no ser resentido con gente así, que se va a la finca en helicóptero del ejército y anda con las jóvenes más bonitas de este país?

La repulsión que siento hacia él es un problema mío, no suyo; Martín está viviendo la vida que le tocó vivir, como a todos. Lo bueno es que es un odio inofensivo, porque yo soy un niño, y los niños no odiamos a nadie. Pero es que es ver su cara, su destino de delfín, la ropa que usa, las novias, los trabajos que tiene (hace una pasantía en la ONU según leí en la prensa), las cosas que le pasan por haber nacido donde nació, igual que a su padre.


Hay gente que nace encarrilada, gente que hereda. A mí nadie me da un chicle, no sólo no voy a heredar nada, sino que ayudo a mi familia cuando puedo pese a tener sueldo de periodista y voy a morir solo en una pensión. Por eso soy un resentido, imposible culparme.


Mientras el día de instalarme en mi cuarto de pensión llega, puedo decir que vivo en el mismo barrio de Martín, pero ni así tenemos algo en común. Él ocupa un apartamento cerca al mío con escoltas y ejército que lo cuida; yo estoy en arriendo y vivo con el sueldo del mes, el día que pierda mi empleo tendré que abandonar Rosales como el perro miserable que soy.


Lea el artículo completo en http://bit.ly/IZmLiu

domingo, 6 de mayo de 2012

Dame tu pin

Estoy estrenando BlackBerry, justo ahora que RIM se está yendo al carajo y la gente empieza a llamarla RIP. Durante años me resistí a tener un teléfono que sirviera para algo diferente a hablar, pero las necesidades de la vida moderna me ganaron. (Las necesidades de la vida moderna son inventadas, adquiridas, terminan matándonos, pero igual dejamos que se nos cuelen). Así, en pleno 2012 estoy entrando apenas a una tecnología que lleva más de una década en el mercado, aunque yo me siento de última tecnología. Me creo el primer hombre en llegar a Marte. 

Y soy feliz con mi aparato pese a las malas noticias que salen en la prensa. El otro día leí que el fundador de RIM se había tenido que ir de la compañía por malos resultados, que durante el primer trimestre de 2012 habían vendido 4.200 millones de dólares, 1.400 millones menos que en el mismo período del año pasado, lo cual fue un fracaso.
 

Vea usted no más los líos que conlleva ser una multinacional y no una persona natural. Usted llega a vender 4.200 millones de dólares de lo que sea, no ya en tres meses sino en 50 años, y brinca en una sola pata todos los días de su vida.

El hecho es que la compañía tuvo pérdidas y cedió terreno en la participación del mercado. Pero sobre todo, las personas en la calle no hablan bien de los BlackBerry, y eso es lo peor. Ya sabe uno cómo es la gente: jodida, ingrata, te agarra y no te suelta hasta que quedes hecho nada. Lo que antes era una maravilla de la tecnología es hoy una basura inservible. Y cuando el rumor de que ya no eres el de antes se sube al tren del voz a voz no hay rescate del gobierno capaz de salvarte de la quiebra.

Pero digan lo que digan yo soy feliz con mi Blackberry Curve; humilde, utilitario. No codicio un iPhone, mucho menos un Android. Un Android no es más que un iPhone chiviado.
Lo malo es que estoy adicto y hasta ahora me doy cuenta del mal que me hice. Yo, que disfrutaba pasar horas desconectado de internet, ahora no puedo despegarme un minuto. Tengo sincronizados tres correos, las cuentas de Twitter y Facebook y cinco tipos de chat en ese pequeño aparato. No soporto ver encendida esa luz roja que avisa que algo ha llegado porque tengo que contestar enseguida. Veo luces rojas por todos lados, hasta en el viejo Alcatel que usaba hasta hace pocos días y que a duras penas sirve para hablar por teléfono. Rara vez hago o recibo llamadas desde el Blackberry, y eso también es raro. Tan raro como teclear con los pulgares en lugar de los índices.
Y la pila, hay que ver la pila. No ha empezado uno a chatear y ya se ha comenzado a descargar. La primera vez la cargué 24 horas (las instrucciones decían 12, pero no quise correr riesgos) y logré que durara 72 horas. Toda una hazaña teniendo en cuenta que hay gente que tiene que cargarla dos veces al día (al iPhone, parece, no le va mejor en ese aspecto). 
Tengo BlackBerry y me volví como esas personas que odio: voy por la calle y lo saco del bolsillo a ver qué ha llegado, como si de eso dependiera la vida del planeta. Llego a una reunión y lo pongo sobre la mesa “por si algo pasa”; nunca pasa nada. Y lo peor, estoy convencido de que es una herramienta de conquista. Las tres últimas mujeres a las que les dije “dame tu pin” me echaron gas pimienta y luego salieron corriendo.

Publicada en la edición de abril de la revista Enter. www.enter.co

domingo, 29 de abril de 2012

Cajeros de banco y músicos de Auschwitz

Abro el periódico y me encuentro con una breve que me llama la atención: no más de tres renglones difíciles de percibir en medio de la avalancha de información sobre el juicio a los Nule y los desórdenes de TransMilenio. Hablan sobre el presidente de un banco al que se le ocurrió contratar músicos para que toquen en las sucursales mientras los usuarios hacen fila.

Pero qué idea más idiota. Eso se me llega a ocurrir a mí, que no terminé Comunicación Social, y aplico para el Nobel de Economía; pero si sale de la boca de tipo experto en el tema y con un sueldo pornográfico clasifica para cárcel. No es mi papel meterme en su trabajo, digo, pero si yo dirigiera un banco, antes de contratar músicos me preocuparía por tener el mismo número de cajas y de cajeros, que en cualquier sucursal bancaria de este país suele haber ocho de lo primero y tres de lo segundo. 


Días después de leer la noticia tuve que mamarme una fila de 45 minutos para pagar mi tarjeta de crédito. Ya sé que hoy todo se puede hacer por internet, pero yo soy de la vieja escuela que necesita una cara humana, un papel y un sello, de lo contrario no quedo tranquilo. El hecho es que la cara de desconsuelo de los que estábamos haciendo la fila ese viernes por la tarde con lluvia no nos la hubiera cambiado ni el mismo Paul McCartney. 

La idea de solucionar las congestiones en las filas con cajeros de vallenato en vez de cajeros de banco no debería sorprender en un país como este, que produce noticias como la de unos niños en el Chocó que prefirieron suicidarse antes que seguir aguantando hambre, pero sorprende. Y lo hace porque por otro lado sale la noticia de que uno de nuestros bancos tuvo una ganancia neta de 1,7 billones de pesos durante el año pasado. Por cosas así es que dan ganas de sacar la plata de la cuenta de ahorros y meterla bajo el colchón.

No olvide usted que el sistema financiero es una de las mafias más poderosas del planeta junto con la de los políticos, el Vaticano y la Fifa, y que ahora pretende volverse más fuerte copiando el sistema de usar músicos para hacer olvidar al usuario las falencias del sistema, estrategia ya probada con éxito en el también poderoso gremio de los buses. Es decir, nos van a seguir cobrando intereses de usura y quitando nuestras casas, pero nos van a mandar a la calle con una canción en el corazón.

No es nuevo eso de usar melodías para que no nos demos cuenta de las cosas malas que pasan en el mundo. La orquesta del Titanic tocó hasta que el barco se hundió para que los pasajeros no perdieran la calma, mientras que los músicos de Auschwitz interpretaban canciones mientras los presos trabajaban ya que, aparentemente y entre otras cosas, el ritmo aumentaba la productividad.

Su banco de confianza no ha entrado aún en ese son (nunca mejor dicho), pero ya casi. Parece que para desestimular la desbandada de clientes pondrá boleros para las consignaciones y death metal para los retiros. 

Publicada en la edición de abril de la Revista SoHo. www.soho.com.co

jueves, 26 de abril de 2012

¿Qué pasa cuando se cae un avión?


¿Qué piensa una persona que sabe que se va a dar contra La Tierra? ¿Qué se siente morir rodeado de extraños? ¿Qué hacen los pasajeros durante la caída? ¿Hablan con el de al lado? ¿Cuántos deciden que en esos últimos segundos lo mejor es confesar algo para que el secreto se lo lleve a la tumba otro y no él? ¿Alguien piensa en que, si ya se va a morir, lo mejor es tener sexo y toma por la fuerza a la del 24D? ¿Hay quien, por instinto de supervivencia, trata de romper la ventana y saltar? ¿Cuántos, mientras rezan por su alma, descubren que Dios no existe?
¿En qué momento las lamparitas del techo y el centro de entretenimiento que va en el espaldar de la silla de adelante dejan de funcionar? ¿En qué momento los pasajeros entienden que no se trata de una turbulencia más sino que el avión ha empezado a caer? ¿Por qué no les dan paracaídas a los pasajeros? ¿Sirve seguir las instrucciones que imparten al comienzo del vuelo para sobrevivir?

Lea el artículo completo en http://bit.ly/IeXLkP

jueves, 19 de abril de 2012

El paraíso

El paraíso es que Forsquare deje de funcionar. Que Shakira se calle, que Suso el paspi se retire y Don Jediondo regrese al humor. El paraíso es no tener tatuajes y la soledad de los domingos. Los partidos de la liga inglesa a las seis y media de la mañana; el sol que entra a mi estudio a las ocho.

El porno en internet es el paraíso. Hacerse la paja hasta quedarse dormido, es el paraíso. Besar la baja espalda de una mujer, metérsela por primera vez, dormir sin ropa junto a ella. El paraíso es ver quebrar a un poderoso, a Uribe loco por la ausencia de poder, que un hipster reconozca que es un imbécil y capitule.

El paraíso es el helado de chocolate de Popsy, 16 salchichas Americanita y un litro de Milo al almuerzo, las chocolatinas Jet derretidas. El paraíso es chupar tetas, Nick Drake en los audífonos, ‘The Only living boy in New York’ mientras despega el avión.

Lea el artículo completo en http://bit.ly/J5LyP4


jueves, 12 de abril de 2012

Viajar es mejor que cambiar

Viajar es mejor que cambiar, es escapar de uno mismo a costa de olvidar quién se es.
Tenía 26 años la primera vez que salí del Colombia. Y típico, como todo lo que llega tarde en la vida, me volví adicto a viajar; igual que esas mujeres que les prohiben todo en la casa y una vez conocen la calle se enloquecen.
El hecho es que soy un nuevo rico de los viajes, un tipo sin estilo que cada tanto se la pasa montado en aviones, recorriendo sin necesidad países durante uno, dos, tres meses. Nada de lujos, eso sí. Mucho quedarse donde amigos para ahorrarse lo del hotel, mucha aerolínea de bajo costo: he volado el equivalente a no sé cuantas vueltas a La Tierra y he viajado una sola vez en primera.  
Viajar solía llenarme de orgullo, hablaba con falsa modestia de los lugares que conozco, pero ya me está cansando. Me cansa pero me sigue gustando, no sabría cómo explicarlo.

Lea el artículo completo en http://bit.ly/IphVZz