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viernes, 21 de marzo de 2014

No me cambio

Quiero decirle a la gente que DirecTV que me dañó la vida. Compró la exclusividad de la liga inglesa y me dejó desparchado los fines de semana. Porque a mí ni el sexo, ni viajar, ni comer, ni dormir, ni leer, ni escribir me hacen tan feliz como el fútbol. También tiene las ligas de España y Colombia, pero esas sí se las regalo. La española es aburridísima, con dos equipos goleando a todo el mundo, mientras que la de acá es invendible. ¿Quién quiere ver un torneo con Envigado, Itagüí, Patriotas, La Equidad, Fortaleza, Alianza Petrolera y Uniautónoma?

También se compraron el Mundial y la Eurocopa, obligándonos a quienes no estamos suscritos a su servicio a ver los juegos por los canales nacionales, que bien malos que son. La Euro del 2008, por ejemplo, la transmitió FOX y fue una belleza, llena de comentarios acertados y medidos, mientras que la del 2012 se vio por Caracol y RCN, donde tuvimos que soportar a Hernández Bonnet, al ‘Cantante del gol’, a William Vinasco y a Adolfo Pérez, que después de Hitler y Zableh es el peor Adolfo que ha conocido el mundo.

Detrás de la operación hay una danza de millones que a los usuarios rasos de la televisión cerrada no nos cabe en la cabeza y la única opción es acatarla y quedarnos con el operador que tenemos ahora, o cambiarnos a DirecTV para dejar de llorar.

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jueves, 13 de marzo de 2014

No hay humor

Somos un país sin humor que creció viendo Sábados Felices. Muy bueno sí era porque hacía giras por los pueblos de Colombia con su equipo de fútbol y tenía una campaña llamada ‘Lleva una escuelita en tu corazón’, pero salvo ‘Los roquetas’ y la sección de Tontoniel, ese programa no le arrancaba una risa a nadie.

Crecimos con los cuentachistes, que era una cosa muy triste porque el chiste es el último recurso de la retórica: se echa uno cuando no se tiene nada más que decir. Acá seguimos creyendo que son chistosas las historias que empiezan con “Mamá, mamá, en el colegio me dicen…”. Un tipo que vivió del humor como Andy Kaufman decía que él nunca en su vida había contado un chiste, y esa es la clave: para ser chistoso hay que no echar chistes.

No tenemos humor. Para empezar, no sabemos reírnos de nosotros mismos. Acá todo es solemne, grave e importante. Cuando Alejandra Azcárate sacó un artículo sobre las gordas se le fueron encima y la tacharon de ofensiva. Claro, ofensiva contra el sentido del humor, no contra las gordas, que nada, ni la vida misma, es sagrado y todo es susceptible de ser chistoso si se le encuentra la curva. Alejandra Azcárate no es chistosa, pero eso usted ya lo sabía.

Vea usted una cosa como ‘La Tele’, que se acabó hace casi 20 años y todavía no ha salido nada de su calibre porque acá no damos. El otro día vi ‘Comediantes de la noche’ y lo quité cuando el tipo que se presentaba dijo que se sentía “como aguacate en ensalada de fruta" y el público se dobló de la risa. Eso somos.

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lunes, 6 de agosto de 2012

¿El evento deportivo más importante del mundo?

De niño leí un artículo que decía que los eventos deportivos más importantes eran, en su orden, los Juegos Olímpicos, el Mundial de Fútbol y el Tour de Francia. Y me pareció raro, porque a mí, que crecí obsesionado con los deportes, nunca me pareció que los Olímpicos fueran la gran cosa.

Puedo recitar de memoria los goleadores de los mundiales y los ganadores del Tour (los del Giro de Italia también), pero los Olímpicos no me interesan, me parecen dispersos; mucho deporte y mucho deportista para tan pocos días. Es un problema mío, pero por algo esta columna va con mi foto y mi firma. Si a usted los Olímpicos le parecen lo último en guarachas, respeto su opinión.

Yo no olvido los tres goles de Rossi a Brasil en el 82, o el recital que daba Armstrong cada vez que recorría Francia en bicicleta, pero me cuesta recordar cualquier hazaña olímpica. Una medalla solo le importa al que la ganó y a un puñado de sus compatriotas. Un tailandés no tiene idea de que Ximena Restrepo ganó bronce en Barcelona 92 o que María Isabel Urrutia es nuestra única medallista de oro. Y lo mismo que sabe el tailandés sabe un ecuatoriano, que vive aquí no más. 

En los Olímpicos de Beijing se entregaron 958 medallas, lo que dice que es más fácil volver de unos Olímpicos con una medalla que sin ella. Salvo Usain Bolt o Michael Phelps, ningún medallista olímpico actual está en el imaginario colectivo. ¿O sabe usted quién fue medalla de plata en piragüismo en Seúl 88?

Tan poca importancia tienen los Juegos que Argentina es bicampeona olímpica de fútbol y nadie le rinde pleitesía por eso. Bielsa la ganó en 2004 y luego renunció. Cualquier argentino empeñaría esas dos medallas a cambio de no llevar 22 años sin clasificar a la semifinal de un mundial. Los Olímpicos son tan mal negocio que Montreal tardó más de 30 años en pagar los que hizo a cambio de que nadie recuerde qué pasó en Montreal 76. 

No entiendo quién nace diciendo “Quiero ganar la de oro en nado sincronizado”, o “Todas las mujeres van a caer a mis pies cuando sea campeón olímpico de marcha”. ¿Cómo es posible que alguien sacrifique los mejores años de su vida entrenando para una competencia que se va en segundos apenas? ¿Vale la pena madrugar y coger cuatro buses todos los días para quedar de cuarto en la prueba de envión en levantamiento de pesas? 

¿Quién levanta pesas en estas épocas donde con espichar una tecla de computador se pueden trasladar millones de dólares de una cuenta a otra? Uno entiende que Bulgaria y China sean potencias en la materia, porque son países donde el trabajo pesado es aún necesario, y también que Colombia produzca tanto levantador de pesas: a muchos les toca hacer su propia casa gracias al poco apoyo que brinda el gobierno. El Comité Olímpico Colombiano se parece a un bar bogotano de hipsters que se escribe parecido y se pronuncia igual, El Coq: es muy difícil entrar, nadie sabe qué pasa adentro ni qué hacen con la plata que les damos. 

Por último, acto de patriotismo no es apoyar a los nuestros en Londres 2012, sino aguantar las transmisiones de nuestros canales. Digo, si un tipo con la experiencia de William Vinasco le dice Iniesta a Casillas (acaba de pasar en la Eurocopa), ¿qué barbaridades alcanzaría a decir para llenar los vacíos durante la transmisión de la prueba de tiro con arco?

Hace poco leí que Muhammad Alí tiró al río la medalla de oro que ganó en los Juegos Olímpicos de 1960. Ignoraba que el quizá mejor boxeador de todos los tiempos fuera un tipo tan inteligente. Era eso, o tenerla en el baño para cuando se acabara el papel higiénico.

Publicada en la edición de julio de la revista SoHo. www.soho.com.co 

sábado, 10 de diciembre de 2011

Yo marché

Yo marché el pasado 6 de diciembre. Lo hice por las injusticias de la vida, las grandes y las pequeñas. Caminé por los secuestrados y en contra de los grupos armados, que era la idea, pero no fue lo único.

Marché contra los precios de Gaira y de Aviatur, contra la dinastía Basile. Contra Tuti Mejía, que no sé quién es pero suena mucho entre la gente de la farándula, casi nunca por cosas buenas.


Marché igual, sabiendo que caminar no cambia nada. Marché contra los corredores de bolsa, el ego de los publicistas y la hora loca en los matrimonios; contra las señoras del reportaje de Hola, contra mi jefe y contra las sociales de la marcha que iba a publicar Jet Set horas después. Marché contra Ernesto Samper, a quien me encontré en la marcha, y contra Andrés Pastrana, a quien no vi pero me dijeron que estuvo.


Marché contra el oro que se robaron los españoles y que no van a devolver porque “fue hace mucho tiempo”. Marché en contra de Powerbalance, un artefacto hecho para buscar el equilibrio y que sirvió para que sus creadores se forraran en Dinero. Powerbalance es como Dios, pero mejor que Él porque tiene caucho y cuarzo; Dios es menos que aire.

Protesté contra los expertos, que no saben nada de nada, y contra la familia, que es lo más importante pero tiene la culpa de nuestras taras. Marché contra los que dicen “juernes” y “semana de resexo”, “Tirardot”, “Tabogo”, “Medallo” y “Nalgar”. Grité en contra de los que les gusta el reguetón pese a haber ido a una universidad.


Marché contra el regreso de William Vinasco a la televisión, porque William Vinasco es un indicador de subdesarrollo, igual que las inundaciones por el invierno y la corrupción del gobierno.


Yo salí a marchar contra los que dan un premio de literatura de 168.000 dólares a un señor de 97 años (en vez de dárselo a los 25, que es cuando se goza la plata). Marché contra un nuevo concierto de DJ Tiesto, para que AC/DC venga así sea una vez y para Steve Aoki muera de sobredosis antes de volver al país. Marché, y recé, para que el Hitler de los hipsters ya esté entre nosotros.


Marché contra la gente que lloró a Steve Jobs pero no dijo nada por Foxconn, una empresa que maquila productos para Apple las 24 horas del día y tiene una alta tasa de suicidios.

Ma
rché en contra del Holocauso y la colonización francesa en Haití. Contra el tamaño de los paquetes de Chokis y contra los que escriben con adjetivos, pero también contra los que se conmueven con la poesía de Neruda y el humor de Andrés López.

Marché por el fin de Twitter, de las marchas y del mundo. Me conformo con el del mundo.