Es imposible estar seguros, seguros de verdad. Billones de dólares en armas y sistemas de control, en escáneres de aeropuerto y firewalls de computador, y de repente todo se viene al suelo porque el que cuida la puerta amaneció enfermo. Hoy estás, te dicen jefe, te llevan el tinto al escritorio; mañana caes junto a la señora de los tintos en un recorte de personal.
La seguridad es una sensación. En un día cualquiera se estrellan tres articulados de Transmilenio, destituyen al Ministro de Defensa, tumban las Torres Gemelas, matan a Kennedy, un hombre le echa ácido a una mujer en la cara. Otro día (mañana, tal vez) Messi se lesiona y todo el proyecto del Barcelona se va al carajo.
Lo que segundos antes era tranquilidad ahora es caos. El metro de Medellín casi colapsa semanas atrás porque lincharon a un tipo que restregó su pene contra una estudiante de colegio. El tipo murió a causa de los golpes y nunca sabremos si se trataba de un degenerado, o si los que se transportaban a esa hora armaron lío porque estaban aburridos de la vida.
Vivimos en un país inseguro. El otro día abrieron una bodega de la Aerocivil y notaron, como quien nota que le echó dos pizcas de sal de más a la sopa, que hacían falta 30 de las 64 armas que se usaban para cuidar los aeropuertos del país. Nadie sabe dónde están esas escopetas, esos revólveres que fueron comprados para brindarnos seguridad y con las que ahora podrían robarnos el celular.
Vivimos también en un mundo inseguro. El conflicto árabe – israelí es una lucha tan arcaica que se remonta a los tiempos de vikingos y gladiadores, pero aún así Francia propone acabarlo de aquí a un año. El mundo oye la propuesta y queda perdido porque entiende que se pretende solucionar de manera express un lío añejo.
Cada tres días sale una encuesta a la alcaldía de Bogotá que confunde a los votantes. Lo que ayer era un claro triunfo de Petro es hoy una victoria de Peñalosa. Mañana nos dirán que Dionisio Araújo barre, eso también es inseguridad.
Todo es frágil. El “bien cuidadito, mono” que le dicen cuando usted parquea su carro en la calle es la mayor sensación de seguridad a la que se puede aspirar. Es difícil lograr la paz con armas (como demuestra Medio Oriente), pero es más complejo conseguirla con ideas (nos lo acaba de demostrar Francia). En estas vida a veces es mejor matar a tiros a un presidente y suicidarse después.
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domingo, 2 de octubre de 2011
domingo, 11 de septiembre de 2011
Muertos de segunda
Yo no sé si quiera saber tanto sobre las Torres Gemelas. No sé si quiera oír a niños entonando el himno nacional donde antes quedaban los edificios, ni si esté listo para soportar la cara de dolor de los presentadores de televisión, que después sonríen para contar que un colombiano ganó el Tour de L´Avenir.
No creo que me interesen las historias humanas detrás de la tragedia, como la del pequeño banco que casi desaparece el día del atentado, o la del ciego salvado por su perro, o la del hombre que aun hoy, diez años después, no encuentran (dejen de buscarlo, no va a aparecer).
Porque los medios de comunicación nos hemos vuelto expertos en contar noticias que no importan, en responder a las preguntas equivocadas. Somos especialistas en despejar (y no siempre) dudas como el quién, el cómo y el dónde, pero se nos olvida el por qué, cuando el por qué es lo más importante.
Hay sobreinformación en todo, noticias de relleno que nosotros, los periodistas, hacemos para los consumidores de noticias porque alguien nos ha dicho que eso es lo que quieren. Por eso vemos por igual un informe sobre guerras en el mundo y otro sobre el apartamento de un actor de televisión en Chapinero Alto. Yo cumplo con mi trabajo porque recibo un sueldo por ello, pero me resisto a pensar que usted es ese imbécil para el que trabajo.
Estaría bien que los periodistas, que pese a nuestros sueldos de mierda nos creemos más que las personas del común, empezáramos a responder todas las preguntas que hemos guardado bajo el tapete como quien esconde partes de sus víctimas en el congelador.
Volviendo a lo del 11 de septiembre, en vez de tanto minuto de silencio y tanto homenaje lastimero, deberíamos dejar de ser tan hijueputas, tan egoístas, tan orgullosos, tan nacionalistas, tan creyentes. Pongamos al derecho nuestra escala de valores o suicidémonos en masa, lo que se nos dé más fácil.
En todo lado nos han vendido la idea de que hace 10 años cambió el mundo, pero a mí no me queda tan claro. Yo no siento que la caída de las Torres me haya afectado más allá de que para volar tenga que quitarme los zapatos, el reloj y no pueda cargar mas de 100 mililitros de líquido. A todos nos convirtieron en terroristas en potencia, de resto, los ricos son cada vez más ricos y las injusticias siguen existiendo.
De nada sirve decir que las vidas perdidas en Irak y Afganistán son tan valiosos como las de Nueva York si los que manejan el mundo creen que no (y lo creen, no lo dude). Llegada la hora de sacrificarse por el bien de los mercados, usted y yo tenemos toda la cara de ser muertos de segunda.
No creo que me interesen las historias humanas detrás de la tragedia, como la del pequeño banco que casi desaparece el día del atentado, o la del ciego salvado por su perro, o la del hombre que aun hoy, diez años después, no encuentran (dejen de buscarlo, no va a aparecer).
Porque los medios de comunicación nos hemos vuelto expertos en contar noticias que no importan, en responder a las preguntas equivocadas. Somos especialistas en despejar (y no siempre) dudas como el quién, el cómo y el dónde, pero se nos olvida el por qué, cuando el por qué es lo más importante.
Hay sobreinformación en todo, noticias de relleno que nosotros, los periodistas, hacemos para los consumidores de noticias porque alguien nos ha dicho que eso es lo que quieren. Por eso vemos por igual un informe sobre guerras en el mundo y otro sobre el apartamento de un actor de televisión en Chapinero Alto. Yo cumplo con mi trabajo porque recibo un sueldo por ello, pero me resisto a pensar que usted es ese imbécil para el que trabajo.
Estaría bien que los periodistas, que pese a nuestros sueldos de mierda nos creemos más que las personas del común, empezáramos a responder todas las preguntas que hemos guardado bajo el tapete como quien esconde partes de sus víctimas en el congelador.
Volviendo a lo del 11 de septiembre, en vez de tanto minuto de silencio y tanto homenaje lastimero, deberíamos dejar de ser tan hijueputas, tan egoístas, tan orgullosos, tan nacionalistas, tan creyentes. Pongamos al derecho nuestra escala de valores o suicidémonos en masa, lo que se nos dé más fácil.
En todo lado nos han vendido la idea de que hace 10 años cambió el mundo, pero a mí no me queda tan claro. Yo no siento que la caída de las Torres me haya afectado más allá de que para volar tenga que quitarme los zapatos, el reloj y no pueda cargar mas de 100 mililitros de líquido. A todos nos convirtieron en terroristas en potencia, de resto, los ricos son cada vez más ricos y las injusticias siguen existiendo.
De nada sirve decir que las vidas perdidas en Irak y Afganistán son tan valiosos como las de Nueva York si los que manejan el mundo creen que no (y lo creen, no lo dude). Llegada la hora de sacrificarse por el bien de los mercados, usted y yo tenemos toda la cara de ser muertos de segunda.
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