Asquea un poco pasar por la puerta del concesionario de Maserati de la séptima en un día cualquiera, pero hoy, que leo que Colombia es el tercer país más desigual del mundo, la aversión es insoportable.
Siempre supimos que vivíamos en un país de mierda, que somos flojos, brutos y torcidos, pero lo aguantábamos. Ya no. Después de la noticia de hoy, la media docena de pordioseros que se paran en el semáforo del local de Maserati ya no me dan indiferencia sino lástima. (Lástima, pero no voy a mover un dedo por mejorar su situación).
El tercer país más desigual del mundo, por debajo de Haití y de Angola. Nosotros, que construimos casas como los ingleses, tenemos televisión HD como los gringos, compramos perfumes franceses y mantenemos nuestras costumbres españolas, estábamos rozándonos con los que no tocaba. Ni Londres, ni París, ni Nueva York, lo nuestro es Luanda y Puerto Príncipe. Gente negra, para que le duela más a este país racista.
Y conste que no me resulta fácil hablar de esto porque nací en las medianías. No me alcanza para la acción del Country, pero sí para comprarme un iPhone a cuotas; conocí Europa quedándome en hostales. Clase media como soy, odio a los ricos y me dan asco los pobres.
Fieles a nuestra estirpe, no podemos ser primeros ni en eso. Virreinas en Miss Universo, el segundo himno más bonito, terceros en el Tour de Francia, nos creíamos la clase media del mundo y la realidad es que vivimos en el solar. Terceros del mundo en desigualdad, lo dice la ONU, que no es que sea confiable, pero es lo que tenemos.
Ser tercero del mundo en algo tiene su merito, no es como un Grammy de Shakira, que un Grammy se lo gana cualquiera, y más si es un Grammy Latino. Se necesita que muchos hijos de puta nazcan al mismo tiempo en un mismo lugar. Se requiere mucha botella de aguardiente a $130.000 en Andrés carne de res, mucho salero de medio millón de pesos en Eurolink, mucho desayuno de $80.000 en Club Colombia, mucho mango de $6.000 en Carulla, mucha mensualidad de colegio de dos millones.
Somos la nación más desigual del Suramérica. Le ganamos a Brasil, que tiene favelas, y a Perú, que cuenta con carritos sangucheros y Tigresas del Oriente. Vencimos hasta a Ecuador, donde nos admiran como si fuéramos alemanes.
Y es una labor mancomunada donde se evidencia que en este país la lucha de clases es más bien un trabajo en equipo. No habría desigualdad si los pobres no pusieran lo suyo, que ya es hora de que les demos el crédito que se merecen. Si no les pagáramos $20.000 pesos el día de trabajo a las empleadas de servicio, ni menos del mínimo a los practicantes, este honroso tercer lugar no sería posible. ¿En qué puesto estaríamos si hiciéramos una justa repartición de tierras y mejoráramos el transporte público?
Tercer lugar, bronce mediocre. Desde ya nuestros bancos, nuestros empresarios, nuestro Gobierno, trabajan por el oro. No será fácil, la liga española apunta a lo mismo.
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viernes, 4 de noviembre de 2011
domingo, 7 de agosto de 2011
Un mundo reservado
No he podido ver la última película de Woody Allen luego de tres intentos. Parece que se reivindicó luego de esa porquería llamada 'Vicky Cristina Barcelona' y su 'Medianoche en París' tiene los teatros llenos.
El hecho es que cuando llego a la taquilla del cine me dicen que no hay boletas para las tres próximas funciones. De regreso a mi casa me siento poca cosa porque tengo el ego por el suelo: el otro día no pude tener sexo con una mujer porque no tenia condón. No lo entiendo, ¿quién sale de la casa lleno de preservativos pensando que se va a acostar con alguien?
La otra noche logré entrar a un bar llamado El Coq tras cuatro intentos. Me daba mal genio cuando me negaban la entrada, pero me odié montones cuando pude conocerlo: adentro, mujeres histéricas (en la terminología del sicoanálisis) y caras de verga (en el leguaje callejero) departían mientras en los baños la gente hacía fila para aspirar cocaína.
Tanto poner cara de digno, tanto decirle al de la puerta que era amigo del dueño para terminar pagando por cerveza como si fuera petróleo, rodeado de lo peor que tiene la sociedad colombiana, porque suele pasar que la gente bien es en realidad la gente mal.
Mis amigos me recomiendan Medianoche en París y me aconsejan que reserve una silla por teléfono. Yo me niego porque me crié en un mundo donde bastaba ir a la taquilla del cine para entrar. Era el mismo mundo de mierda de hoy, pero se respetaba el orden de llegada y una vez adentro uno se podía sentar en la silla que se le diera la gana.
Pero llegaron las reservas para cambiarlo todo. La sola idea de reservar es violenta, vende el concepto de que las cosas buenas están prohibidas para la gente del común, pero que hay personas privilegiadas que sí las merecen. Crearon jerarquías, castas, desigualdad; se convirtieron en las culpables de las guerras del mundo. Cada vez que alguien llama a Cine Colombia a reservar, un niño muere de hambre en Somalia.
Uno debería poder comprar un tiquete a Tokio en el siguiente vuelo sin que le contestaran que el avión está lleno y que el próximo cupo está para dentro de dos semanas.
Reservas en los hoteles, en los restaurantes, en el cine, en las aerolíneas, cupos apartados por personas que no sé si se crean mejores que uno, pero que nos hacen sentir inferiores a ellos. La gente que reserva es una señora que llega a ocupar todo un piso del Ritz de París con un ejército de sirvientes, diez maletas Louis Vuitton y tres French Poodles.
Por eso me niego a reservar para ver Medianoche en París. Un amigo se ofreció a prestarme su tarjeta Elite Gold de Cinemark, que da quién sabe qué facilidades. 'Tarjeta Elite Gold', vaya nombre para un pedazo de plástico que en vez de abrirte las puertas del cielo te abre las de una sala de cine cualquiera.
Ignoro si la película es la obra maestra de Allen, pero no importa, uno no se aflige por las cosas que no conoce. Dicen que los amaneceres de las playas de Croacia son los mejores y que hacer un trío con dos mujeres es una experiencia inolvidable. Yo veo el edificio de al frente cuando abro las cortinas de mi cuarto cada mañana y consulto porno cuando estoy arrecho; no me lamento por nada.
Somos una raza de porquería que nos inventamos las reservas y la bomba atómica. Lo dicho, la gente bien es la gente mal.
El hecho es que cuando llego a la taquilla del cine me dicen que no hay boletas para las tres próximas funciones. De regreso a mi casa me siento poca cosa porque tengo el ego por el suelo: el otro día no pude tener sexo con una mujer porque no tenia condón. No lo entiendo, ¿quién sale de la casa lleno de preservativos pensando que se va a acostar con alguien?
La otra noche logré entrar a un bar llamado El Coq tras cuatro intentos. Me daba mal genio cuando me negaban la entrada, pero me odié montones cuando pude conocerlo: adentro, mujeres histéricas (en la terminología del sicoanálisis) y caras de verga (en el leguaje callejero) departían mientras en los baños la gente hacía fila para aspirar cocaína.
Tanto poner cara de digno, tanto decirle al de la puerta que era amigo del dueño para terminar pagando por cerveza como si fuera petróleo, rodeado de lo peor que tiene la sociedad colombiana, porque suele pasar que la gente bien es en realidad la gente mal.
Mis amigos me recomiendan Medianoche en París y me aconsejan que reserve una silla por teléfono. Yo me niego porque me crié en un mundo donde bastaba ir a la taquilla del cine para entrar. Era el mismo mundo de mierda de hoy, pero se respetaba el orden de llegada y una vez adentro uno se podía sentar en la silla que se le diera la gana.
Pero llegaron las reservas para cambiarlo todo. La sola idea de reservar es violenta, vende el concepto de que las cosas buenas están prohibidas para la gente del común, pero que hay personas privilegiadas que sí las merecen. Crearon jerarquías, castas, desigualdad; se convirtieron en las culpables de las guerras del mundo. Cada vez que alguien llama a Cine Colombia a reservar, un niño muere de hambre en Somalia.
Uno debería poder comprar un tiquete a Tokio en el siguiente vuelo sin que le contestaran que el avión está lleno y que el próximo cupo está para dentro de dos semanas.
Reservas en los hoteles, en los restaurantes, en el cine, en las aerolíneas, cupos apartados por personas que no sé si se crean mejores que uno, pero que nos hacen sentir inferiores a ellos. La gente que reserva es una señora que llega a ocupar todo un piso del Ritz de París con un ejército de sirvientes, diez maletas Louis Vuitton y tres French Poodles.
Por eso me niego a reservar para ver Medianoche en París. Un amigo se ofreció a prestarme su tarjeta Elite Gold de Cinemark, que da quién sabe qué facilidades. 'Tarjeta Elite Gold', vaya nombre para un pedazo de plástico que en vez de abrirte las puertas del cielo te abre las de una sala de cine cualquiera.
Ignoro si la película es la obra maestra de Allen, pero no importa, uno no se aflige por las cosas que no conoce. Dicen que los amaneceres de las playas de Croacia son los mejores y que hacer un trío con dos mujeres es una experiencia inolvidable. Yo veo el edificio de al frente cuando abro las cortinas de mi cuarto cada mañana y consulto porno cuando estoy arrecho; no me lamento por nada.
Somos una raza de porquería que nos inventamos las reservas y la bomba atómica. Lo dicho, la gente bien es la gente mal.
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