Y no me refiero a que tengamos chivas rumberas, ni políticos corruptos, ni las calles rotas, ni que la ONU diga que somos unos de los países más desiguales del mundo, que esas son obviedades. Nuestra vida cotidiana está llena de pequeños detalles que, si los miramos bien, nos indica que somos una nación de cavernícolas y que es mucho el camino que nos falta por recorrer.
* El cliente nunca tiene la razón. ¿Alguna vez se le ha dañado algo (lo que sea: un par de zapatos, una nevera, el carro) a la semana de haberlo comprado? ¿Ha tratado de devolverlo? Si no, el día que le toque esta lotería descubrirá que quien se lo vendió hará hasta lo imposible para no responderle.
* Se puede pedir descuento. En el mundo desarrollado los precios son fijos y están exhibidos en todos lados para que el consumidor sepa cuánto debe pagar. Acá todavía se cobra según la cara de marrano que tenga el comprador.
* Los bancos siempre están llenos. En países desarrollados, todo se hace por internet, teléfono, o en esas casetas para carros donde uno manda la plata o el recibo por un tubo. Todo se demora minutos. Acá parece que regalaran cosas en los bancos porque siempre están llenos, especialmente en quincena.
* No hay semáforos peatonales, porque en los países atrasados el peatón es poca cosa y no alcanza el nivel del carro. Por eso acá vemos a la gente cruzar la calle a la de Dios: rápido, cogida de la mano y riéndose.
* El stand up comedy es el viejo y querido cuentachistes, pero maquillado, por eso los humoristas de vieja guardia han podido adaptarse y Alejandra Azcárate e Isabella Santodomingo han podido dedicarse a eso. El stand up comedy es una persona hablando mierda, con un micrófono en una mano y la otra metida en el bolsillo.
* Hace un par de años la licencia de maternidad pasó de doce a catorce semanas y se celebró como si fuera un triunfo. En Suecia, donde en lugar de animales viven personas, la licencia es de hasta 96 semanas. Lo siguen reino Unido con un año entero y Noruega, con 46.
* No sabemos usar las escaleras eléctricas ni el roundpoint (rotonda o glorieta, se llama). Del primero ignoramos que los que se quedan quietos se deben parar a la derecha y dejar el carril de la izquierda libre para que el quiera subir los escalones. A lo segundo, en la costa le dicen romboy, o ronvoy, porque ni idea cómo se imaginan los costeños que se escribe eso.
* Los supermercados tienen empacadores, y eso tiene que ver con dos cosas: acá, cualquier forma de subempleo es tomado como empleo para maquillar las cifras, y además el colombiano es flojo, malcriado, le gusta que lo atiendan (como si lo mereciera). De hecho, si no hay empacador, el cliente espera que la misma cajera que registró los productos los empaque. Eso es ser muy poca cosa.
* Acá le ponen sobrenombre a todos los jugadores de fútbol, no puede haber un solo futbolista al que llamen por su nombre de pila. Suelen relacionarlo con un animal, el lugar donde nació, el barrio donde vive, la música que oye, la comida que come, lo que sea. Y a la gente le encanta. Entre más apodos ponga un comentarista, más sintonía tiene y mejor le pagan.
Publicada en la edición de septiembre de Cartel Urbano. www.cartelurbano.com
lunes, 30 de septiembre de 2013
jueves, 26 de septiembre de 2013
Qué milonga
Se murió Álvaro Mutis y empezó el llanto. Amigos de toda la vida, gente que nunca lo conoció, fanáticos de su obra, lectores ocasionales, personas que solo vieron ‘Ilona llega con la lluvia’, otros que apenas habían oído el nombre.
En los medios de comunicación le dedicaron lunes y martes a su muerte, y ya saben lo que vale un minuto en televisión. En los noticieros entrevistaron a escritores que lo único que dijeron ante la cámara fue que justamente la noche anterior habían estado leyendo un libro del autor, como si eso fuera una señal divina. En redes sociales fue peor porque hablar mierda en internet no cuesta, entonces se llenó de lamentaciones y lugares comunes. “Gracias por todo, Álvaro”, “Las letras colombianas están de luto” y cosas por el estilo.
Nunca he entendido esa costumbre de hablar bellezas de los muertos. Digo, el mundo es una cloaca por culpa de personas que alguna vez estuvieron vivas, así que tan maravillosas no debían ser. Alguien debería montar un cementerio llamado 'Jardines de los que en vida fueron unos completos hijos de puta', no cabrían los cuerpos.
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En los medios de comunicación le dedicaron lunes y martes a su muerte, y ya saben lo que vale un minuto en televisión. En los noticieros entrevistaron a escritores que lo único que dijeron ante la cámara fue que justamente la noche anterior habían estado leyendo un libro del autor, como si eso fuera una señal divina. En redes sociales fue peor porque hablar mierda en internet no cuesta, entonces se llenó de lamentaciones y lugares comunes. “Gracias por todo, Álvaro”, “Las letras colombianas están de luto” y cosas por el estilo.
Nunca he entendido esa costumbre de hablar bellezas de los muertos. Digo, el mundo es una cloaca por culpa de personas que alguna vez estuvieron vivas, así que tan maravillosas no debían ser. Alguien debería montar un cementerio llamado 'Jardines de los que en vida fueron unos completos hijos de puta', no cabrían los cuerpos.
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jueves, 19 de septiembre de 2013
¿Ya pa qué?
El otro día la amiga de una amiga me dijo que yo era un bien escaso. Quería decir, supongo, que a nuestra edad (segunda mitad de los 30) las cosas se han puesto tan difíciles para las mujeres que cualquier hombre soltero y heterosexual es un buen partido.
Ambas tienen 35 años y un hijo, y a esa edad las mujeres lucen desesperadas. No necesariamente porque quieran casarse; de hecho, ya no creen en el príncipe azul ni en el te amaré toda la vida. Lo que buscan es una salida diplomática: una compañía que no las joda y les dé buen sexo. Es así porque son independientes y ya no cargan con ese sentimiento de culpa de la adolescencia, cuando se sentían como unas zorras cada vez que se acostaban con alguien que no fuera el novio.
Entonces la amiga de mi amiga, hijo en brazos, me dijo que, si estaba soltero, tenía muchas amigas que podría sacarme. Yo me quedé callado y luego de un rato le respondí lo único que a esta edad se le puede responder a una mujer que propone tal cosa: ¿ya pa qué?
Ojalá me hubiera dicho eso a los 20. Yo era buen partido a los 20, cuando las mujeres quieren pasarla bien y explorar con el sexo (así se sientan mal después). Me le hubiera medido de una porque eso sí puedo ofrecerlo. Las de ahora, que esperan seguridad, estabilidad, un hogar, una familia, no son para mí; proporcionar todo eso está fuera de mi alcance.
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Ambas tienen 35 años y un hijo, y a esa edad las mujeres lucen desesperadas. No necesariamente porque quieran casarse; de hecho, ya no creen en el príncipe azul ni en el te amaré toda la vida. Lo que buscan es una salida diplomática: una compañía que no las joda y les dé buen sexo. Es así porque son independientes y ya no cargan con ese sentimiento de culpa de la adolescencia, cuando se sentían como unas zorras cada vez que se acostaban con alguien que no fuera el novio.
Entonces la amiga de mi amiga, hijo en brazos, me dijo que, si estaba soltero, tenía muchas amigas que podría sacarme. Yo me quedé callado y luego de un rato le respondí lo único que a esta edad se le puede responder a una mujer que propone tal cosa: ¿ya pa qué?
Ojalá me hubiera dicho eso a los 20. Yo era buen partido a los 20, cuando las mujeres quieren pasarla bien y explorar con el sexo (así se sientan mal después). Me le hubiera medido de una porque eso sí puedo ofrecerlo. Las de ahora, que esperan seguridad, estabilidad, un hogar, una familia, no son para mí; proporcionar todo eso está fuera de mi alcance.
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lunes, 16 de septiembre de 2013
El circo
Creo que ya había dicho que Twitter es una red de subnormales, así la veo y así me comporto. No tengo lío con el que se la toma en serio, solo que me parece que la vida ya es demasiado solemne como para asumir Twitter de la misma manera. Yo abrí cuenta para decir bobadas, y en vez de ponerme un seudónimo y una foto cualquiera, me inscribí con mi identidad y cara verdaderas. En parte porque creo que hay que poner la cara, en parte porque es bueno para el negocio. Por mis tuits me han insultado y descalificado, pero también me han contratado para que escriba artículos, que es de lo que vivo.
El hecho es que hace poco puse una de mis pesadeces características, algo así como que iba a montarme a Transmilenio a coger culos (un medio que la gente usa también para colarse sin pagar y robar celulares), y una mujer se lo tomó en serio, muy. Empezó entonces una serie de críticas donde me denunció públicamente y me acusaba con el Alcalde de Bogotá, a quien le preguntó si era posible evitar que yo cometiera tal delito.
Poco le importó a esa persona que yo haya publicado casi 40.000 tuits, cada uno más idiota que el anterior, que le explicara que llevo ocho años sin coger un Transmilenio, que nunca haya tenido problemas con la justicia, y que en realidad ese día hubiera trabajado en una oficina hasta la una de la mañana. Ella siguió, y además de acusarme con Petro, me trató de acosador sexual y me denunció también con la cuenta de Twitter de El Tiempo, diario para el que trabajé.
Hay que ser muy idiota para tomarse una barbaridad de esas en serio y muy mala leche para sapear a alguien con un empleador para que lo despidan o dejen de contratarlo para escribir artículos ocasionalmente. Nunca he entendido a los creen que Twitter es la vida real, y se indignan, y convocan marchas, y piden la renuncia de un Senador, la revocatoria de un mandato o la cancelación del TLC. Si lo que quieren es cambiar el mundo, ¿por qué no dejan de joder a personas como yo (imbéciles, pero inofensivas), levantan el jopo de la silla y van detrás de los malos?
Es que se toman todo en serio, literal. Una vez escribí que Roberto Gómez Bolaños había muerto mientras veía un reality show donde concursantes encarnaban a sus personajes más famosos (una forma de decir que el programa era malo y las interpretaciones destrozaban a los personajes) y la gente lo entendió al pie de la letra. Salí en las noticias de por lo menos cinco países, en la edición digital de la revista People, me entrevistaron por radio y el mismo Gómez Bolaños tuvo que salir a desmentir que había fallecido. Y aún así, todavía hay quien me conoce como el hombre que mató a Chespirito. Yo sigo creyendo que lo mataron aquellos que no saben interpretar las cosas.
Si a esta altura usted no se ha dado cuenta de que yo soy una especie de Silvestre Dangond de las redes sociales, un chabacán, un irresponsable, pero que eso no es más que una postura, un personaje, está jodido. Ustedes de mí pueden decir las cosas malas que quieran, menos que uso de a dos y tres hashtags y lleno los tuits de hipervinculitos azules. Soy un idiota del promedio, pero no tanto como para unirme a un TT tipo #iSad, que fue el que usaron cuando murió Steve Jobs.
Soy periodista, vivo de escribir, pero usted nunca verá en mi perfil nada de eso. En Twitter soy Adolfo Zableh, a secas, respondo por mí, no por los medios para los que trabajo. No entiendo por qué despiden a periodistas que han puesto tuits considerados inadecuados si, no importa lo que digan los expertos de redes sociales, una cosa no tiene que ver con la otra. Es como la creencia esa de que una persona adúltera no puede ser buen Presidente de un país.
El otro día vi una valla que promocionaba ‘El Alquimista’, de Paulo Coelho, y anunciaba que el libro ya había vendido 65 millones de copias. Me parece una cifra insignificante, la verdad. En el mundo hay muchos más imbéciles, y casi todos estamos en Twitter.
Publicada en la edición de septiembre de la revista Enter. www.enter.co
El hecho es que hace poco puse una de mis pesadeces características, algo así como que iba a montarme a Transmilenio a coger culos (un medio que la gente usa también para colarse sin pagar y robar celulares), y una mujer se lo tomó en serio, muy. Empezó entonces una serie de críticas donde me denunció públicamente y me acusaba con el Alcalde de Bogotá, a quien le preguntó si era posible evitar que yo cometiera tal delito.
Poco le importó a esa persona que yo haya publicado casi 40.000 tuits, cada uno más idiota que el anterior, que le explicara que llevo ocho años sin coger un Transmilenio, que nunca haya tenido problemas con la justicia, y que en realidad ese día hubiera trabajado en una oficina hasta la una de la mañana. Ella siguió, y además de acusarme con Petro, me trató de acosador sexual y me denunció también con la cuenta de Twitter de El Tiempo, diario para el que trabajé.
Hay que ser muy idiota para tomarse una barbaridad de esas en serio y muy mala leche para sapear a alguien con un empleador para que lo despidan o dejen de contratarlo para escribir artículos ocasionalmente. Nunca he entendido a los creen que Twitter es la vida real, y se indignan, y convocan marchas, y piden la renuncia de un Senador, la revocatoria de un mandato o la cancelación del TLC. Si lo que quieren es cambiar el mundo, ¿por qué no dejan de joder a personas como yo (imbéciles, pero inofensivas), levantan el jopo de la silla y van detrás de los malos?
Es que se toman todo en serio, literal. Una vez escribí que Roberto Gómez Bolaños había muerto mientras veía un reality show donde concursantes encarnaban a sus personajes más famosos (una forma de decir que el programa era malo y las interpretaciones destrozaban a los personajes) y la gente lo entendió al pie de la letra. Salí en las noticias de por lo menos cinco países, en la edición digital de la revista People, me entrevistaron por radio y el mismo Gómez Bolaños tuvo que salir a desmentir que había fallecido. Y aún así, todavía hay quien me conoce como el hombre que mató a Chespirito. Yo sigo creyendo que lo mataron aquellos que no saben interpretar las cosas.
Si a esta altura usted no se ha dado cuenta de que yo soy una especie de Silvestre Dangond de las redes sociales, un chabacán, un irresponsable, pero que eso no es más que una postura, un personaje, está jodido. Ustedes de mí pueden decir las cosas malas que quieran, menos que uso de a dos y tres hashtags y lleno los tuits de hipervinculitos azules. Soy un idiota del promedio, pero no tanto como para unirme a un TT tipo #iSad, que fue el que usaron cuando murió Steve Jobs.
Soy periodista, vivo de escribir, pero usted nunca verá en mi perfil nada de eso. En Twitter soy Adolfo Zableh, a secas, respondo por mí, no por los medios para los que trabajo. No entiendo por qué despiden a periodistas que han puesto tuits considerados inadecuados si, no importa lo que digan los expertos de redes sociales, una cosa no tiene que ver con la otra. Es como la creencia esa de que una persona adúltera no puede ser buen Presidente de un país.
El otro día vi una valla que promocionaba ‘El Alquimista’, de Paulo Coelho, y anunciaba que el libro ya había vendido 65 millones de copias. Me parece una cifra insignificante, la verdad. En el mundo hay muchos más imbéciles, y casi todos estamos en Twitter.
Publicada en la edición de septiembre de la revista Enter. www.enter.co
jueves, 12 de septiembre de 2013
Billy
Yo estudié con David Manotas Char pero me tomó unos días caer en cuenta, porque en tiempos del colegio se llamaba Billy.
Recuerdo la primera vez que oí su nombre: Billy, Billy Manotas. No podía parar de reírme porque era un nombre chistoso, inusual para la Barranquilla de esa época (y para la de ahora también). Luego me vine para Bogotá y creí perderle el rastro, cuando la verdad era que él también se había mudado para acá con su familia y vivía a dos cuadras de mi casa. Una vez lo vi saliendo de la suya, a lo lejos, y nos alzamos la mano por cortesía, sin acercarnos ni cruzar palabra, porque la verdad es que nunca fuimos amigos. Esa fue la última vez que vi a Billy.
Al que vi la semana pasada en la prensa, David Emanuel, era otra cosa. Imposible saber cómo pasa uno de ser el Billy del colegio, noble en apariencia, incluso huevón, activo académicamente, amigo de los profesores, siempre listo para participar en cualquier actividad cultural del colegio de esas que son tan aburridas, a cambiarse el nombre, parecer un discípulo de Cristo, consumir droga y alcohol, acosar a vecinos y porteros y terminar apuñalando y tirando a alguien por el balcón de su apartamento.
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Recuerdo la primera vez que oí su nombre: Billy, Billy Manotas. No podía parar de reírme porque era un nombre chistoso, inusual para la Barranquilla de esa época (y para la de ahora también). Luego me vine para Bogotá y creí perderle el rastro, cuando la verdad era que él también se había mudado para acá con su familia y vivía a dos cuadras de mi casa. Una vez lo vi saliendo de la suya, a lo lejos, y nos alzamos la mano por cortesía, sin acercarnos ni cruzar palabra, porque la verdad es que nunca fuimos amigos. Esa fue la última vez que vi a Billy.
Al que vi la semana pasada en la prensa, David Emanuel, era otra cosa. Imposible saber cómo pasa uno de ser el Billy del colegio, noble en apariencia, incluso huevón, activo académicamente, amigo de los profesores, siempre listo para participar en cualquier actividad cultural del colegio de esas que son tan aburridas, a cambiarse el nombre, parecer un discípulo de Cristo, consumir droga y alcohol, acosar a vecinos y porteros y terminar apuñalando y tirando a alguien por el balcón de su apartamento.
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jueves, 5 de septiembre de 2013
Revoluciones a medias
El martes pasado hubo en Bogotá una marcha pacífica y no muy mediática. Salió de la 15 con 85 y luego recorrió la séptima hacia el sur. Sé de ella porque colgaron fotos en Facebook, Twitter e Instagram. Una mierda de marcha, la verdad, porque todo lo que salga en Instagram es una porquería.
Y muy bien que haya sido pacífica, pero había que verlos. Mucho hispster de bigote y gafa de marco grueso con la ruana puesta para “apoyar a nuestros campesinos”: ¿Dígame usted cómo ponerse una ruana un día al año y salir a caminar es apoyar un asunto que lleva siglos de conflicto?
Tarados, la verdad, gente buena y decente si se toma una a una (la foto de apertura me la prestó una buena amiga que participó en la marcha) pero unos Idiotas cuando decidieron juntarse a trancar la ciudad en ruana y bicicleta. Y no en cualquier bicicleta, muchas de ellas eran esas de panadero, pero plays, reformadas, azules, amarillas o rosadas, porque tener una bicicleta corriente es demasiado ‘mainstream’, y ya saben ustedes lo especiales, diferentes y originales que se sienten los hipsters y los jóvenes de ahora. Y esperen a que los de la llamada ‘Generación Z’ crezcan, para que vean lo que es un verdadero hijueputica.
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Y muy bien que haya sido pacífica, pero había que verlos. Mucho hispster de bigote y gafa de marco grueso con la ruana puesta para “apoyar a nuestros campesinos”: ¿Dígame usted cómo ponerse una ruana un día al año y salir a caminar es apoyar un asunto que lleva siglos de conflicto?
Tarados, la verdad, gente buena y decente si se toma una a una (la foto de apertura me la prestó una buena amiga que participó en la marcha) pero unos Idiotas cuando decidieron juntarse a trancar la ciudad en ruana y bicicleta. Y no en cualquier bicicleta, muchas de ellas eran esas de panadero, pero plays, reformadas, azules, amarillas o rosadas, porque tener una bicicleta corriente es demasiado ‘mainstream’, y ya saben ustedes lo especiales, diferentes y originales que se sienten los hipsters y los jóvenes de ahora. Y esperen a que los de la llamada ‘Generación Z’ crezcan, para que vean lo que es un verdadero hijueputica.
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jueves, 29 de agosto de 2013
Por Dios y los millones
Nada genera más violencia en el fútbol que lo que se paga por jugador. Ni los asesinatos de hinchas, ni las apedreadas a los buses. Siente uno que los 100 millones de euros que van a pagar por Gareth Bale tienen el mismo efecto que el tráfico masivo de armas hacia países subdesarrollados.
En un mundo hecho mierda, con 3.500 millones de pobres y 16.200 armas nucleares (solo entre Rusia y Estados Unidos), que un tipo que viva de patear una pelota valga lo mismo que cuesta mantener 1.600 comedores comunitarios resulta un insulto. Y ocurre en España, que vive una crisis de puta madre (para usar un término bien ibérico), mismo lugar donde pagaron 57 millones de euros por Neymar y a Messi le pagan 16 millones al año de sueldo base. Uno, que es bien fanático del fútbol, se odia un poquito cuando se entera de que Barcelona y Real Madrid se gastaron 2.000 millones de euros en futbolistas durante poco más de una década. Digo, uno está para ver partidos, no para soportar esa industria del terror.
Y entre torneo y torneo, los millonarios del fútbol hacen campañas en África con unos niños muertos de hambre, que no está mal, pero no alcanza. Se deben sentir la verga siendo condescendientes con los pobres, tirándoles las migajas del dinero que ganan por patrocinadores, partidos de exhibición y derechos de transmisión por televisión. El mundo, el fútbol, está mal cuando en vez de oportunidades da caridad.
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En un mundo hecho mierda, con 3.500 millones de pobres y 16.200 armas nucleares (solo entre Rusia y Estados Unidos), que un tipo que viva de patear una pelota valga lo mismo que cuesta mantener 1.600 comedores comunitarios resulta un insulto. Y ocurre en España, que vive una crisis de puta madre (para usar un término bien ibérico), mismo lugar donde pagaron 57 millones de euros por Neymar y a Messi le pagan 16 millones al año de sueldo base. Uno, que es bien fanático del fútbol, se odia un poquito cuando se entera de que Barcelona y Real Madrid se gastaron 2.000 millones de euros en futbolistas durante poco más de una década. Digo, uno está para ver partidos, no para soportar esa industria del terror.
Y entre torneo y torneo, los millonarios del fútbol hacen campañas en África con unos niños muertos de hambre, que no está mal, pero no alcanza. Se deben sentir la verga siendo condescendientes con los pobres, tirándoles las migajas del dinero que ganan por patrocinadores, partidos de exhibición y derechos de transmisión por televisión. El mundo, el fútbol, está mal cuando en vez de oportunidades da caridad.
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lunes, 26 de agosto de 2013
El gran morboso
El problema del internet es la posibilidad de conocimiento infinito que nos da. Así usted no tenga un espíritu inquisitivo, puede conocerlo todo, desde cómo funciona la bolsa de valores hasta el grado de salinidad del Egeo.
Y claro, pasa que entre más tenemos más queremos y más infelices somos, por eso nos la pasamos en internet, que da un placer que suele convertirse en vacío. Seguimos acá porque tenemos fe en que algo bueno va a pasar, cuando la verdad es que no va a pasar nada, internet es este montón de horas perdidas. Yo vivo conectado a la espera de que alguien interesante me hable y me invite a algo, así de perdedor soy.
Y prefiero el computador, no soporto navegar desde el celular: las teclas son insufribles y la pantalla da la vuelta cuando se le da la gana y no sabe uno cómo controlarla. Entonces he hecho del computador mi verdadera casa. Salvo por las necesidades fisiológicas, allí me la paso y hago de todo. Eso no está bien, me da una sensación de cultura que no es otra cosa que una gran ignorancia. Paso horas en todo tipo de páginas y al final siento que en lugar de cultura adquirí basura.
Pasa que cuando uno quiere saber todo termina como Estados Unidos, metiéndose en la vida de los demás. El otro día leí que Colombia era uno de los países que más espiaba y quedé frío. No creo que vayan a reparar en un ciudadano del montón como yo, pero igual, las cosas que hay en mi computador son impresentables, casi causal de cancelación de visa, diría.
Ocurre que escribo en el navegador una letra, cualquiera, y lo primero que sale en el autocompletado es la dirección de una página porno. Me aterra pensar que un tercero ve en silencio lo mismo que yo, pero por cuestiones legales, no morales; dejé de preocuparme por el qué dirán el día que entendí que uno puede ser depravado sexual y buena persona al mismo tiempo.
De hecho, criticamos a Estados Unidos porque espía por internet al resto del mundo, pero nosotros hacemos lo mismo, con nuestros modestos recursos, y nos metemos al celular, mail y perfil de Facebook de nuestra pareja cada vez que podemos.
Ni los gringos ni nosotros lo hacemos con mala intención, seguro. Ellos afirman que monitorean a la humanidad para entenderla mejor, mientras que nosotros lo hacemos con nuestra pareja de manera preventiva, para evitar infidelidades y otros deslices.
Pasó que por tener la contraseña del correo de una novia vi unas fotos de ella desnuda que no eran para mí. El asunto, después de destrozarme y de acabar con la relación, causó en mí un poco de excitación que a veces uso para tener fantasías.
Me calmé durante un tiempo porque la cosa en realidad me afectó, pero qué va, soy un sapo, un Gran Hermano del morbo. Cada tanto escribo la dirección de correo o el usuario de alguien en Facebook o Twitter y empiezo a escribir contraseñas al azar, a ver si doy. A veces atino, casi siempre porque la gente hace la fácil y escribe el número de su cédula (que es lo más sencillo de averiguar). Me tocó una que se llamaba Camila y la contraseña de todo lo digital que tenía en esta vida ere precisamente ese: Camila. Eso es ser muy flojo o tener muchas ganas de que lo espíen.
Dos preguntas me inquietan antes de cerrar: ¿qué cosas desagradables de sí mismo habrá encontrado Estados Unidos luego de revisar los computadores del mundo, y qué pensará el mío de mí después de todo el porno que le he metido?
Publicada en la edición de agosto de la reviste Enter. enter.co
Y claro, pasa que entre más tenemos más queremos y más infelices somos, por eso nos la pasamos en internet, que da un placer que suele convertirse en vacío. Seguimos acá porque tenemos fe en que algo bueno va a pasar, cuando la verdad es que no va a pasar nada, internet es este montón de horas perdidas. Yo vivo conectado a la espera de que alguien interesante me hable y me invite a algo, así de perdedor soy.
Y prefiero el computador, no soporto navegar desde el celular: las teclas son insufribles y la pantalla da la vuelta cuando se le da la gana y no sabe uno cómo controlarla. Entonces he hecho del computador mi verdadera casa. Salvo por las necesidades fisiológicas, allí me la paso y hago de todo. Eso no está bien, me da una sensación de cultura que no es otra cosa que una gran ignorancia. Paso horas en todo tipo de páginas y al final siento que en lugar de cultura adquirí basura.
Pasa que cuando uno quiere saber todo termina como Estados Unidos, metiéndose en la vida de los demás. El otro día leí que Colombia era uno de los países que más espiaba y quedé frío. No creo que vayan a reparar en un ciudadano del montón como yo, pero igual, las cosas que hay en mi computador son impresentables, casi causal de cancelación de visa, diría.
Ocurre que escribo en el navegador una letra, cualquiera, y lo primero que sale en el autocompletado es la dirección de una página porno. Me aterra pensar que un tercero ve en silencio lo mismo que yo, pero por cuestiones legales, no morales; dejé de preocuparme por el qué dirán el día que entendí que uno puede ser depravado sexual y buena persona al mismo tiempo.
De hecho, criticamos a Estados Unidos porque espía por internet al resto del mundo, pero nosotros hacemos lo mismo, con nuestros modestos recursos, y nos metemos al celular, mail y perfil de Facebook de nuestra pareja cada vez que podemos.
Ni los gringos ni nosotros lo hacemos con mala intención, seguro. Ellos afirman que monitorean a la humanidad para entenderla mejor, mientras que nosotros lo hacemos con nuestra pareja de manera preventiva, para evitar infidelidades y otros deslices.
Pasó que por tener la contraseña del correo de una novia vi unas fotos de ella desnuda que no eran para mí. El asunto, después de destrozarme y de acabar con la relación, causó en mí un poco de excitación que a veces uso para tener fantasías.
Me calmé durante un tiempo porque la cosa en realidad me afectó, pero qué va, soy un sapo, un Gran Hermano del morbo. Cada tanto escribo la dirección de correo o el usuario de alguien en Facebook o Twitter y empiezo a escribir contraseñas al azar, a ver si doy. A veces atino, casi siempre porque la gente hace la fácil y escribe el número de su cédula (que es lo más sencillo de averiguar). Me tocó una que se llamaba Camila y la contraseña de todo lo digital que tenía en esta vida ere precisamente ese: Camila. Eso es ser muy flojo o tener muchas ganas de que lo espíen.
Dos preguntas me inquietan antes de cerrar: ¿qué cosas desagradables de sí mismo habrá encontrado Estados Unidos luego de revisar los computadores del mundo, y qué pensará el mío de mí después de todo el porno que le he metido?
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jueves, 22 de agosto de 2013
Colombia no está lista para un tartamudo
El otro día le ofrecieron trabajo en radio a una amiga. Cuando le pidieron que recomendara a alguien para que fuera su dupla, sugirió mi nombre, a lo que le respondieron: “¿Pero él no es tartamudo?”.
Pues eso, que soy tartamudo y Colombia no está lista para uno en radio o televisión, porque somos un país retrógrado y de derecha, conservador y atrasado, por eso carecemos sentido del humor, no fabricamos carros, ni tenemos ferrocarril, ni estamos en la OTAN. No es que dándome un chance quedaríamos instalados automáticamente en el primer mundo, pero sería uno de esos gestos que llaman “De buena voluntad”.
Ser tartamudo en Colombia es como ser negro en Estados Unidos hace 60 años: tiene uno todas las de perder y nadie lo defiende. O mejor, como ser negro en Colombia hoy, víctima de una especie de segregación soterrada. ¿A cuántos negros habrán descalificado para presentar un noticiero o salir en un comercial solo por ser negros? “¿Pero él no es negro?”, habrán murmurado entre ellos, mientras al aspirante le daban mil razones, menos la real, de por qué no lo habían escogido. Recuerdo que una vez, cuando era el goleador del Bayern Munich, le preguntaron a Adolfo Valencia si había sentido racismo en Alemania, a lo que respondió que se había sentido más discriminado en Colombia.
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Pues eso, que soy tartamudo y Colombia no está lista para uno en radio o televisión, porque somos un país retrógrado y de derecha, conservador y atrasado, por eso carecemos sentido del humor, no fabricamos carros, ni tenemos ferrocarril, ni estamos en la OTAN. No es que dándome un chance quedaríamos instalados automáticamente en el primer mundo, pero sería uno de esos gestos que llaman “De buena voluntad”.
Ser tartamudo en Colombia es como ser negro en Estados Unidos hace 60 años: tiene uno todas las de perder y nadie lo defiende. O mejor, como ser negro en Colombia hoy, víctima de una especie de segregación soterrada. ¿A cuántos negros habrán descalificado para presentar un noticiero o salir en un comercial solo por ser negros? “¿Pero él no es negro?”, habrán murmurado entre ellos, mientras al aspirante le daban mil razones, menos la real, de por qué no lo habían escogido. Recuerdo que una vez, cuando era el goleador del Bayern Munich, le preguntaron a Adolfo Valencia si había sentido racismo en Alemania, a lo que respondió que se había sentido más discriminado en Colombia.
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